La Conferencia Episcopal Alemana, reunida en Würzburg para su asamblea plenaria de primavera, eligió ayer a su nuevo presidente tras la renuncia de Georg Bätzing. Se trata de Heiner Wilmer, dehoniano de 64 años que, desde 2018, es el obispo de Hildesheim. Si de él se destacaba en las últimas horas que puede ser un puente “entre los conservadores y los reformistas”, su influjo ha podido ser decisivo a la hora de concretar los obispos germanos otro paso decisivo en su encuentro: la aprobación de los estatutos de la Conferencia Sinodal.
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De este modo, se sigue avanzando en el Camino Sinodal, que ha marcado la vida eclesial alemana en los últimos años. Ya en la sesión que se celebró del 21 al 22 de noviembre en Fulda, se aprobaron los estatutos de la Conferencia Sinodal, el organismo clave por el que pasará todo en los próximos años. Constituidos estos, se avanzó que debían ser ratificados por el Episcopado, por el Comité de Laicos y por el Vaticano.
Primera cita en Stuttgart
Tras la primera ‘luz verde’, de los seglares, al poco de la asamblea de Fulda, ahora ha llegado la de los obispos. Por tanto, el tercer y definitivo ‘nihil obstat’ le corresponde a la Santa Sede. Teniendo en cuenta que se ha anunciado que la primera cumbre de la Conferencia Sinodal tendrá lugar en Stuttgart, los días 6 y 7 de noviembre, todo hace pensar que Roma debería dar una respuesta antes de esas fechas.
La Iglesia germana ha conseguido así atenuar tensiones internas y externas, reinando “el diálogo” en “un ambiente sincero, abierto y constructivo”. De este modo se valoró, el 12 de noviembre del pasado año, en un comunicado conjunto de la Santa Sede y la Conferencia Episcopal Alemana, tras la última visita a Roma de sus obispos, la primera con León XIV como papa.
En las cuatro anteriores, entre 2022 y 2024, hubo momentos de gran fricción, como cuando, en enero de 2023, los principales prefectos curiales recalcaron que “no se debe establecer el Consejo Sinodal en su forma prevista”. Lo que llevó a los pastores germanos a responder que no iban a “abandonar su reforma sin luchar”. En ese contexto, con un Francisco que pedía no llegar al abismo del “cisma”, la reforma parecía pasar por ese organismo que levantaba ampollas: el Consejo Sinodal. Un instrumento que para el Vaticano incurría en la “nulidad canónica” y carecía de “legitimidad”.
“Obligados” o “autorizados”
Semanas antes, los obispos más críticos (Woelki, Meier, Oster, Voderholzer y Hanke) remitieron a Roma una cuestión formal, preguntando si estaban “obligados” o “autorizados” a “participar en el Camino Sinodal”. Validada la respuesta por Bergoglio, los principales dicasterios vaticanos zanjaron que “ni el Camino Sinodal, ni un organismo establecido por él, ni una conferencia episcopal tienen competencia para establecer el Consejo Sinodal a nivel nacional, diocesano o parroquial”.
Después de ese portazo, el entonces presidente del Episcopado, Bätzing, argumentó que el órgano, “aprobado por la Asamblea Sinodal por amplia mayoría”, entraba dentro del “derecho canónico aplicable” y que era “infundada” la sospecha de que “pudiera situarse por encima de la Conferencia Episcopal o socavar la autoridad de los obispos”.
Como se había denunciado meses antes en otra declaración vaticana, se quería evitar un órgano de decisión basado en el sufragio asambleario y en el que tuvieran el mismo poder laicos, consagrados y obispos. Una situación que podía cuestionar la autoridad magisterial de los prelados designados por el Papa para pastorear sus diócesis, como si alguien pudiera forzarlos “a adoptar nuevas formas de gobierno y nuevos enfoques de la doctrina y la moral”. Lo que representaría “una amenaza a la unidad de la Iglesia”.
Una nueva estructura
Finalmente, el Consejo Sinodal dio paso a una nueva estructura, la Conferencia Sinodal, que al fin ha visto cómo se han aprobado sus estatutos y estos ya han sido ratificados por los laicos y los obispos. Como detalló en noviembre Katolisch, portal oficioso del Episcopado germano, en la asamblea de Fulda se dirimieron “su naturaleza, su composición y sus competencias”, aprobando los delegados sus 12 artículos. Eso sí, no fue fácil y al principio hubo “irritación y fricción entre obispos y laicos”.
Concretamente, en torno a una enmienda de los prelados que pedía eliminar una frase en la que se hablaba de “deliberar y decidir”. Tras un profundo debate, se matizó que la Conferencia Sinodal “delibera y toma decisiones de acuerdo con los ‘procesos sinodales’” relativos a “importantes asuntos interdiocesanos”. Como reconoció la presidenta del Comité de Laicos y del Comité Sinodal, Irme Stetter-Karp, “si no hubiéramos superado este obstáculo con la terminología, nuestra asamblea plenaria no lo habría ratificado”.
Aún queda mucho por avanzar y concretar, pero, al constatarse una sintonía sincera entre Roma y Berlín, no se espera un próximo bloqueo vaticano y, como concluye Katolisch, la Conferencia Sinodal, que “fue concebida para continuar el Camino Sinodal”, será una realidad. En una iniciativa sin parangón en la historia bimilenaria de la Iglesia, estamos ante un “órgano” en el que “obispos y laicos, a nivel nacional, deliberarán y decidirán sobre importantes asuntos”. Ninguno de ellos, se da por hecho, atañerá a la potestad magisterial de los obispos y del propio Papa.
