La Comisión Nacional de Justicia y Paz ha lanzado una advertencia ante el actual contexto político portugués: los valores cristianos no pueden ser utilizados como herramientas electorales sin traicionar su sentido más profundo. En una nota hecha pública este 27 de enero de 2026, el organismo eclesial denuncia los peligros de una estrategia que, bajo apariencia de defensa de la fe, acaba legitimando discursos de odio y prácticas discriminatorias.
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La Comisión constata que esta dinámica no es nueva, pero sí cada vez más visible. En los últimos tiempos —señala el comunicado— partidos y movimientos políticos han buscado alinearse con valores y símbolos cristianos, apoyándose en causas sensibles para muchos creyentes, como la defensa de la vida intrauterina o la presencia del belén en espacios públicos, mientras “promueven al mismo tiempo la discriminación y los discursos de odio”.
El objetivo de esta estrategia sería claro: captar el voto de personas creyentes que priorizan estas cuestiones y que, por ello, “tienden a relativizar otras posiciones políticas, incluso cuando estas contradicen las verdades del Evangelio”.
Una llamada a la responsabilidad
Ante esta situación, la Comisión Nacional de Justicia y Paz subraya el papel irrenunciable de las Iglesias y de los fieles: “Las Iglesias cristianas y sus fieles deben tomar conciencia de su importante papel en la denuncia valiente y el alejamiento claro de todo lo que pervierte el valor fundamental del amor al prójimo”.
No se trata, insiste el texto, de retirarse del espacio público, sino de purificar el compromiso político desde el Evangelio, evitando que la fe sea utilizada como coartada ideológica.
El comunicado recuerda, además, una idea central de la doctrina social cristiana: la política es una forma elevada de caridad cuando está al servicio del bien común. Por eso, advierte que “la política no debe promover el odio ni la división”.
En este sentido, la organización subraya que ni siquiera causas consideradas irrenunciables para muchos cristianos —como la defensa de la vida o de la identidad cristiana— pueden justificar la renuncia a las verdades del Evangelio ni a los principios que de él brotan.
“La fe cristiana se basa en la dignidad inviolable de la persona y en la fraternidad universal”, aseveran, y por ello no puede desligarse de valores como la solidaridad, la verdad, la justicia y la paz sin corromperse.
La radicalidad cristiana hoy
En este horizonte, la Comisión sitúa el auténtico compromiso cristiano en la vida pública: un compromiso que exige espíritu crítico, rechazo de políticas que rompen la cohesión social y una apuesta decidida por los derechos humanos.
“Es imperativo mantener un espíritu crítico y rechazar las políticas que destruyen los lazos sociales y generan injusticias”, concluye el texto, señalando dónde debería estar la verdadera radicalidad cristiana hoy: en la defensa intransigente de los derechos humanos, la protección de los más pobres, la cohesión social, la cooperación entre los pueblos y políticas orientadas al desarrollo integral de todos.

