Más de 300 hermanas y miembros de la Familia Teresiana se reunieron este martes en Zaragoza para celebrar la eucaristía de apertura del 150 aniversario de la Compañía de Santa Teresa en la Basílica del Pilar. Allí, tal como afirman dese la congregación, resonó con fuerza una invitación compartida: volver al “amor primero” para seguir transformando el mundo desde la educación y la fe.
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La misa, celebrada en el altar mayor, estuvo presidida por el arzobispo de Zaragoza, Carlos Escribano. Junto a las hermanas del Gobierno General y las comunidades teresianas de Zaragoza, participaron también directoras, personal educativo y alumnado de los colegios Enrique de Ossó y Teresiano del Pilar, subrayando así el fuerte vínculo entre carisma, educación y misión.
“Desde Zaragoza, nos sabemos entrañablemente unidas a todas las hermanas, comunidades y familia teresiana de los 21 países donde la Compañía está presente”, celebrando “una historia tejida por el Espíritu con la diversidad de tantos hilos de entrega, servicio, audacia evangélica y fidelidad”. Así lo afirmó al inicio de la celebración la coordinadora general, Ángela Cuadra
Y añadió un deseo que marcó el tono de todo el acto: que este año jubilar sea “un nuevo comienzo, un volver al ‘amor primero’, una invitación a recrear el sueño de Enrique de Ossó y a seguir ‘enteresianando’ el mundo allí donde la vida está más amenazada”.
“Sois la sal de la tierra, la luz del mundo”
El Evangelio —“Vosotros sois la sal de la tierra… la luz del mundo” (Mt 5,13-16)— sirvió de hilo conductor para actualizar hoy el carisma teresiano: “conocer y amar a Jesús para hacerle conocer y amar”. En su homilía, el arzobispo Carlos Escribano evocó la noche decisiva del fundador: “Fue una noche de insomnio que despertó al mundo. San Enrique comprendió que la verdadera transformación viene del Espíritu de la sabiduría”.
Una sabiduría que —subrayó— le permitió reconocer “en la mujer una fuerza transformadora” y que hoy sigue interpelando a la Familia Teresiana: “No permitáis que la sal se desvirtúe. Vuestro camino sigue vivo siglo y medio después”.
“Este tiempo es un nuevo impulso para que vuestra luz brille más fuerte que nunca y vuestra sal siga curando las heridas del mundo”, concluyó el arzobispo.
