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Cardenal Parolin: “El cristianismo no ofrece soluciones técnicas, sino que propone valores humanos esenciales”

“La Iglesia no vive de la perfección, sino de la gracia”, ha dicho el Secretario de Estado de la Ciudad del Vaticano en Bruselas

Cardenal Parolin: “El cristianismo no ofrece soluciones técnicas, sino que propone valores

El cardenal Pietro Parolin ha trasladado a Bruselas el abrazo del Papa. “Os transmito el cordial saludo y la cercanía espiritual de Su Santidad el papa León, que ha querido expresar de modo especial su comunión con esta Iglesia y con este país al nombrarme legado pontificio”, proclamó el secretario de Estado desde el ambón de la catedral de San Miguel y Santa Gúdula.



Fue durante la Misa con la que ayer, 11 de enero, comenzaron las celebraciones por los 800 años del principal templo católico de Bélgica en la que Parolin recordó que aquella catedral nació como humilde capilla dedicada a san Miguel, que luego fue románica y, ya en el siglo XIII, se convirtió en templo gótico.

Tal como recoge Vatican News, más allá de su historia arquitectónica, destacó que “la Iglesia no nace de un acto aislado ni de un proyecto cerrado en un instante, sino de una fidelidad que atraviesa las generaciones”. En estos ocho siglos, dijo, la catedral “ha testimoniado y acompañado la vida cristiana” de Bruselas y de todo el país, “a través de épocas profundamente distintas”.

Por eso, “San Miguel nos llama hoy a la vigilancia y al discernimiento”, mientras “Santa Gúdula nos recuerda que la fe crece con la fidelidad cotidiana”. Una doble escuela para la Iglesia: “vivir juntos verdad y servicio, firmeza y dulzura”.

Europa: entre el desconcierto y la vocación

Desde ese púlpito belga, Parolin levantó la mirada hacia la ciudad y el continente. Bruselas —afirmó— es “uno de los lugares donde Europa trata de repensarse y rehacerse: un cruce de pueblos, lenguas y culturas marcado por la tradición del diálogo”. Una capital que recuerda que “Europa nace del encuentro y de la capacidad de mantener unidas las diferencias”.

Pero también advirtió de la fragilidad del momento: “una época marcada por miedos y divisiones, no solo sociales o políticas, sino también internas y culturales, que la erosionan desde dentro”. En ese escenario, dijo, el cristianismo no viene con recetas técnicas, sino con “valores humanos esenciales”, que propone “de forma sobria pero firme”, sin imponer, pero queriendo “iluminar las conciencias”.

Asimismo, señaló una certeza: “la dignidad de la persona precede a cualquier cálculo, la justicia crece cuando incluye y no cuando separa, y la paz nace del reconocimiento del otro, no del equilibrio de los temores”.

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Que Europa vuelva a abrir las puertas a Cristo

“Si Europa vuelve a abrir las puertas a Cristo, si no teme abrirle sus fronteras, sus sistemas políticos y económicos, sus campos de cultura, civilización y desarrollo, entonces su futuro no estará dominado por la incertidumbre, sino que se abrirá a una nueva etapa de vida, fecunda y decisiva para el mundo”, dijo el cardenal, evocando la advertencia que lanzaba Juan Pablo II en Santiago de Compostela hace cuatro décadas.

Una visión que —recordó— tomó forma con figuras como Schuman, Adenauer y De Gasperi: “no vieron el continente como una alianza de intereses, sino como una comunidad nacida de la reconciliación y fundada en el bien común”. Supieron que, después de las rupturas de la historia, no basta con reconstruir estructuras: hay que restaurar la confianza.

Audacia evangélica, no autorreferencialidad

La Iglesia, señaló Parolin, en esta Europa que duda de sí misma, “se juega uno de sus desafíos más decisivos: no perder su audacia evangelizadora”. Se debilita, dijo Parolin, “cuando deja de ser sal que da sabor, luz que alumbra y levadura que fermenta”. Y explicó: “La Iglesia no se impone sobre la historia ni se funde con ella; la atraviesa como una presencia que acompaña, discierne y sirve”.

“La Iglesia es santa por el don que recibe, pero frágil por los límites de sus miembros”, continuó el cardenal. “Por eso, no vive de perfección, sino de gracia; no de autosuficiencia, sino de comunión”. Y en ese caminar, sigue hablando la Palabra de Dios, “una voz que entra en la vida, la orienta y plantea nuestras preguntas más hondas, sin evitarlas”.

El cardenal cerró con una imagen mariana: “La fecundidad no nace de la solidez de las estructuras, sino de la apertura a la acción de Dios; no de la visibilidad inmediata, sino de la fidelidad paciente”. Y con una invitación a dejarse usar por Dios: “Hemos sido sumergidos en Cristo e incorporados a una realidad más grande que nosotros. Somos las piedras con las que Él quiere seguir edificando su Iglesia. Y esa Iglesia crece cuando las diferencias se vuelven riqueza, y el amor, el vínculo que la mantiene unida”.

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