“Donald Trump no juega a carritos”. Se escucha en los corrillos de cualquier barrio de Venezuela. Una expresión popular que se ha acuñado bajo la alegría contenida de millones de venezolanos, tanto dentro como fuera, pero con la discreción de rigor para evitar caer en manos de sus vecinos chavistas, que pudieran acusarlos de conspiradores y traidores a la patria por un simple estado de WhatsApp.
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No es realismo mágico, es la cruda realidad de un pueblo sometido al más férreo control en estos últimos doce años, bajo el mando de Nicolás Maduro; entre estos mecanismos, la operación ‘Tun Tun’ –dispositivo de persecusión a la disidencia con nombre de villancico navideño– se ha activado a sus máximos niveles, luego de que tropas norteamericanas ingresaran en territorio venezolano, la madrugada del 3 de enero, neutralizando puntos estratégicos, entre ellos, el complejo militar Fuerte Tiuna, donde murieron en combate 32 efectivos cubanos del primer anillo de seguridad de Maduro y 23 militares venezolanos de la Guardia de honor presidencial –en su mayoría cadetes de la Academia militar– más tres civiles en otros puntos de bombardeos.
Bajo el nombre Operación Resolución Absoluta, Trump ha cumplido su promesa de atrapar al líder chavista, esta vez junto a su esposa, Cilia Flores. Ambos enfrentan cargos de narcoterrorismo y están siendo juzgados en una corte federal de Nueva York. Por ello, el periodista venezolano Vladimir Villegas, en referencia a este tema, afirmó que “una cosa es llamar al diablo y otra es verlo venir. Durante años se habló de la posibilidad de una intervención, se usó como retórica política de lado y lado, pero el hecho real de ver helicópteros y aviones extranjeros sobre Caracas ha transformado el escenario nacional de una forma dramática y ha puesto a la gente en una actitud de mucha cautela”.
Pragmatismo mutuo
Mientras que Maduro se burlaba bailando al son de una eurodance hecha con su inglés ‘tarzaniado’, en tono desafiante cantaba ‘No crazy war, yes peace’, la administración Trump tomó esto como una afrenta, según funcionarios consultados por el diario ‘The New York Times’. De ahí que muchos venezolanos pensaron que se trataba solo de amenazas y venta de humo, pero la realidad es otra. Imágenes del ‘indestructible’ heredero de Chávez con overol o ‘jumpsuit’ azul, atuendo típico de centros de detención federales de Brooklyn, marcan el principio del fin de una era para dar paso a lo que Villegas ha denominado “pragmatismo mutuo”.
Es decir, Estados Unidos necesita un interlocutor que tenga control del territorio para evitar que Venezuela caiga en un caos absoluto, y Delcy Rodríguez, quien ha asumido la presidencia interina –también considerada ilegítima por la oposición– “es quien tiene las llaves del Palacio en este momento. A Washington le interesa más el orden que quién lo imponga”. Por ello, tanto Trump como su secretario de Estado, Marco Rubio, de momento han descartado a María Corina Machado y Edmundo González, ganador de las elecciones de 2024, como los naturales sucesores para la transición, porque “no tienen hoy una fuerza orgánica, militar o institucional dentro de Venezuela para garantizar la gobernabilidad. Por eso Trump, que es un hombre de negocios, prefiere negociar con el chavismo que se quedó, porque ellos sí tienen el control del aparato del Estado”.
Pese a las especulaciones que rondan en el ambiente de una traición por parte de Rodríguez, Nicolás Ernesto, unigénito de Maduro, ha cerrado filas con la presidenta encargada y, en una muestra de aparente unidad, aseguró en el hemiciclo de la Asamblea Nacional que “confiamos en la capacidad de nuestra vicepresidenta Delcy Rodríguez para guiar el destino de la patria en este momento de dificultad. Mi padre regresará, estamos en manos de Dios y de la justicia que tarde o temprano prevalecerá”. Todo esto a pesar de que el propio Trump afirmó que ella está dispuesta a cooperar, de lo contrario, “pagará un precio muy alto, probablemente mayor que el de Maduro”.
¿Sin soberanía?
Lo cierto es que Venezuela ha quedado en un limbo jurídico, bajo la llamada figura del tutelaje de Estados Unidos. Sin ningún tipo de ambages, el presidente norteamericano ha dicho que “yo estoy al mando en Venezuela. Vamos a gestionarlo todo, vamos a arreglarlo. Celebraremos elecciones en el momento adecuado”. Aquí cabe preguntarse: ¿hasta qué punto se ha violado la soberanía de este país? ¿Han cambiado de carcelero? ¿Qué pasará con los resultados electorales del 28 de julio de 2024 y los presos políticos? El mundo se divide. Por un lado, aglomeraciones de venezolanos en la diáspora celebrando la caída de Maduro en las principales capitales del mundo. Por otra, grupos de activistas de izquierdas e intelectuales de otros países condenando la violación del derecho internacional.
Al respecto, Enrique Soros, laico argentino y vicepresidente del Consejo Nacional Católico para el Ministerio Hispano en Estados Unidos, señala que “algunos justifican moralmente una invasión ilegal a un país para evitar un mal peor, también basado en graves ilegalidades. Otros lo condenan”. Lo cierto es que en un mundo polarizado, “debemos hacer vida la Doctrina Social de la Iglesia, comprendiendo la complejidad de la realidad y aportando con un diálogo constructivo”.
Los temas complejos –asegura Soros– siempre deben abordarse con objetividad para evaluar situaciones similares con opuestos protagonistas, y no cambiar de discurso de acuerdo a la conveniencia ideológica. Para ello plantea dos hechos. Primero, Estados Unidos “no invade Venezuela por razones altruistas. Lo hace por razones geopolíticas y de recursos”. Segundo, Venezuela no es una democracia, sino una dictadura. “Maduro jamás mostró los resultados de las últimas elecciones presidenciales. Se erigió como ganador, negando la victoria de Edmundo González por un aproximado de 67%, habiendo además proscripto a la candidata María Corina Machado”.
Soros sostiene que la invasión a Venezuela deja un mensaje muy peligroso por parte de Estados Unidos al violar su soberanía: “No podemos aceptar livianamente que países invadan territorios autónomos y rapten a personas que no son de su agrado. Esto deja un alarmante precedente”, advierte. Sin embargo, hay un problema de origen que tanto Maduro como Trump han ignorado, los resultados del 28 de julio de 2024, cuando “el pueblo opinó en las urnas, y hoy lo hace con masivas manifestaciones en cientos de ciudades del mundo”, por lo que resulta clave “dejar de pensar todo en blanco y negro, derechas e izquierdas”. Estos claroscuros de la historia se ven reflejados en aquellos venezolanos que celebran el fin de la dictadura, el terror, la tortura y, en contraste, con aquellos que, sin ser venezolanos, condenan la invasión. De todo hay en la viña del Señor.
Voces en el desierto
En medio de la zozobra que vive el país al no tener claro un horizonte político, la respuesta de la Iglesia ha sido comedida. En un primer comunicado, los obispos –sin hacer mención a la operación militar ni a la captura de Maduro y Flores– invitaron a “vivir más intensamente la esperanza y la oración ferviente por la paz en nuestros corazones y en la sociedad”. Recomendaron a la población tres palabras: serenidad, sabiduría y fortaleza. Al igual que todos, los prelados no han salido del shock. “No se lo esperaban”, aseguró una fuente protegida a esta revista.
Han rechazado todo tipo de violencia para dirimir los conflictos, más bien acuden a la fraternidad para que “nuestras manos se abran para el encuentro y la ayuda mutua, y que las decisiones que se tomen, se hagan siempre por el bienestar de nuestro pueblo”. Mientras que Juan Yépez, presidente de la Conferencia Venezolana de Religiosos y Religiosas (CONVER), observa la actual coyuntura con gran preocupación. Hay mucha incertidumbre, pero “lo más objetivo y claro es que la realidad cambió, no sabemos si los siguientes pasos serán favorables para el pueblo de Venezuela o no. Estamos ante un nuevo escenario político y para cualquiera de los escenarios, nuestra tarea siempre será acompañar”.
La vida religiosa venezolana se encuentra en la primera línea haciendo presencia en las comunidades, parroquias, escuelas, dispuesta a escuchar a la gente, promover el diálogo, el encuentro, el crecimiento espiritual y, sobre todo, la paz. Considera que es “muy prematuro” hacer un balance integral de la situación, porque todo está “en pleno desarrollo”. Sobre si hay una transición o no, apunta que el papel de la Iglesia debe ser “el de facilitadora, insistiendo en el diálogo, el encuentro y el reconocimiento de unos y otros”.
Teme que las declaraciones del presidente Trump en torno a los resultados del 28 de julio de 2024 “no esclarecen la verdad electoral” que tantas veces el pueblo y la misma Iglesia han demandado, por lo que cree, “sin hacer grandes razonamientos, que lo visto durante estos días es una acción a la fuerza ante otra fuerza. Estamos ante una lucha de poderes”. Una guerra de tronos que necesita “más evangelio” para estrechar lazos de comunión, ya existentes en la Iglesia venezolana, como practicar la sinodalidad para “estar atentos a la voz de Dios”. Por supuesto, ha invitado a poner la mirada en los dos nuevos santos: José Gregorio Hernández y madre Carmen Rendiles, para seguir fortaleciendo “la fe y los principios cristianos”.