Como ocurría hace poco más de un año, la celebración de la Solemnidad de la Epifanía del Señor con la clausura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro comenzaba en el atrio de la basílica con el papa León XIV y un grupo de cardenales, obispos, sacerdotes y autoridades –con el presidente de la república italiana, Sergio Matarella, a la cabeza– junto a los canónigos y penitenciarios del templo. El Papa agradeció los dones del año jubilar antes de cerrar finalmente la puerta que, en unos 10 días, permanecerá tapiada, en principio, hasta el próximo Jubileo en el año 2033.
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Alegría y turbación
Tras el rito de la clausura de la Puerta Santa, el pontífice presidió la misa desde el altar de la Confesión. En su homilía, a partir del evangelio de los magos de oriente (cf. Mt 2,1-12), destacó la “alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo” que se da en el evangelio entre las actitudes de los sabios y de Herodes. Para León XIV, “celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático”.
Recordando el Jubileo, destacó que “la Puerta Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén”. Una muestra, la de esos casi 34 millones de peregrinos, de “la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia” y, añadió, como los magos, “son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda”.
Peregrinos en camino
“Somos vidas en camino. El evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron. Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado”, reclamó el pontífice.
A partir de la figura de Herodes, constató que “el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos”. Permite descubrir que en la iglesia “se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida”. Y por ello, “se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores. Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo”.
Dios que sorprende
Ante esta celebración, el Papa ha recordado “los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos. Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño”. Por ello denunció, que “a nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar”. “El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer”, añadió.
“Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo! Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir”, apeló el pontífice que invitó a “convertirse en peregrinos de esperanza”. “Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora”, concluyó a partir del ejemplo humilde de María.