Elisa Kidanè, de 69 años, se define como “eritrea de nacimiento, misionera comboniana por vocación y ciudadana del mundo por elección”. Religiosa, escritora, poetisa y periodista, ha dirigido “Combonifem”, la publicación mensual de las Misioneras Pías Madres de la Nigricia.
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PREGUNTA.- Sor Elisa, ¿de dónde viene su vocación misionera?
RESPUESTA.- De una revista, concretamente la de los Misioneros Combonianos. Leerla me conmovió profundamente. Las historias de las misiones y las narraciones de la vida de los misioneros influyeron silenciosamente en mi crecimiento personal. Una profesora comboniana, la hermana Irene Bersani, una mujer extraordinaria, al ver mi pasión por la lectura, me regaló la revista Raggio. Leyéndola me descubrí deseando poder vivir también esa vocación. La decisión no fue fácil. La idea de una familia, el deseo de hacer algo por la patria en una época en la que tantos jóvenes optaban por unirse a los patriotas para luchar por la independencia, eran opciones atractivas para el corazón de una veinteañera… Pero al final, la misión y la colaboración para construir el Reino, un mundo según el sueño de Dios, prevalecieron.
P.-¿Qué motivaciones espirituales y personales la han llevado a partir como misionera?
R.-El ejemplo de las misioneras presentes en Eritrea. Su dedicación, su entrega sin límites y su capacidad de convertirse en madres. Lo que leí en “Raggio” lo vi concretamente en las monjas que conocía. Anhelaba ser como ellas, anhelaba ser capaz de entregarme con alegría. Si cierro los ojos y observo a todas las Hermanas Combonianas que conocí en mi infancia y juventud, emergen rostros severos, sí, pero también serenos. Siempre me impresionó su constante cercanía, su ser decididas, trabajadoras… eran capaces de atraer a otros solo con su ejemplo.
P.-¿Dónde ha trabajado?
R.-En Ecuador, Perú, Costa Rica, Italia y ahora, tras 42 años por el mundo, he vuelto donde todo empezó. He vuelto a Eritrea, mi particular Galilea.
P.-Culturas, tradiciones, dificultades y también belleza…
R.-Mi primer viaje fuera de Eritrea fue a Italia… y me encontré viviendo en un país que ya conocía. Mi infancia está llena de recuerdos italianos. Eritrea era una colonia italiana y en la década de los 60 aún había miles de italianos. El idioma más hablado en Asmara era el italiano. Así que apenas sentí el cambio cultural. Latinoamérica, en cambio, fue el campo de pruebas para mi determinación misionera. Idioma, cultura… todo era completamente nuevo. Pero en estas circunstancias, una comprende si está hecha para vivir este tipo de experiencias. Hubo desafíos, pero la cercanía y la confianza de la gente que me rodeaba me dieron una energía que nunca antes había sentido.
Una gran lección
P.-¿Cómo ha sido acogida y cómo ha aprendido a servir desde el respeto?
R.-El mejor cumplido que recibí al llegar a Esmeraldas, Ecuador, donde la población es afrodescendiente, fue que me sintieran “parte de ellos”. Claro que, sobre todo al principio de una misión, la tentación de ser el centro de atención siempre está ahí. Pero la vida te enseña a bajar el ritmo, a bajar del pedestal y a escuchar. He visto que exponer tu lado vulnerable te acerca a las personas de una manera extraordinaria.
P.-¿Nos relata algún episodio?
R.-En Esmeraldas, es costumbre dirigirse a las personas de forma formal, usando el “usted”. Incluso las madres tratan a sus hijos de forma formal, desde la infancia. Un día, conocí a un niño de apenas seis o siete años que salía de su aula llorando desesperadamente. Intenté consolarlo y le pregunté por qué. Entre sollozos y ríos de lágrimas, me dijo: “La Madrecita me tuteó”. Quedé impresionada. Aprendí una gran lección y las coordenadas necesarias para la vida: las personas no toleran ser tratadas con indiferencia. Todos tienen derecho a ser respetados y el lenguaje correcto que usamos al dirigirnos a otra persona es una señal de respeto.
P.-¿Ha habido momentos de conflicto o incomprensión y, de ser así, cómo los ha superado?
R.-Al principio, tuve algunos contratiempos, pero incluso después las cosas no fueron precisamente fáciles. Las diferencias más significativas se centraron en el estilo de evangelización. En mi primera misión, tuve la suerte de trabajar junto a dos jóvenes misioneros combonianos que habían iniciado un camino de concienciación y creado pequeñas comunidades de base centradas en el estudio bíblico y en su aplicación práctica. No todos veían bien esta idea de “abrir los ojos de la gente” a las realidades de la vida, así que… Fueron años intensos que marcaron para siempre mi acercamiento a la Palabra de Dios, que hasta entonces solo había sido escuchada y quizás espiritualizada. Las tensiones eran especialmente palpables durante las Asambleas Pastorales organizadas por el Vicariato de Esmeraldas. Doy gracias a Dios por esos años.
P.-Vivió experiencias de colaboración con laicos, religiosos, organizaciones no gubernamentales e Iglesia local.
R.-Si en Latinoamérica aprendí a acercarme a la Palabra desde la realidad de las comunidades de base, en Italia, en Verona, aprendí a interactuar con los laicos, con la diócesis y con las ONG activas en la zona. La paz, la no violencia, la inmigración, la igualdad de oportunidades y, obviamente, una nueva percepción de la misión “ad gentes”, fueron los temas que fortalecieron mi corazón y mi mente. Recuerdo con cariño las grandes asambleas de la Arena di Pace que ayudaron a miles de jóvenes a convertirse en protagonistas activos de la solidaridad, o los Festivales de la Misión. Tuvieron el mérito de despertar a los laicos, a la Iglesia y a los jóvenes de su apatía. Me permitieron enriquecer mi experiencia.
Crecimiento humano y espiritual
P.-¿Cómo ha transformado su fe la misión?
R.-Me convertí en misionera comboniana a los 24 años. La pasión y el entusiasmo alimentaron mi fe. El deseo de trabajar por la gente y el sueño de hacer grandes cosas acompañaron mi crecimiento humano y espiritual. Pero mi encuentro con la vida de la gente, las condiciones reales de vida de sus pueblos, me ha abierto los ojos y ha forjado mi vida entera. La Palabra de Dios, especialmente durante mis años en Latinoamérica, nunca me dejó apática. Siempre me conmovió, me desafió… Luego, al empezar a trabajar para la revista Raggio/Combonifem, amplié mis horizontes sobre el mundo, en particular sobre la condición de la mujer.
P.-¿Momentos de duda, cansancio o crisis?, ¿qué fuerza le venía de Dios?
R.-Crisis y no solo pequeñas. Crisis difíciles. Pero siempre, repito, siempre, Dios se ha hecho presente de manera extraordinaria a través de personas capaces de acompañarnos en el camino, en silencio, y otras veces con ayuda concreta.
P.-¿Y de las personas?
R.-Recuerdo con gratitud, durante una de esas crisis que dejan huella, la cercanía de la hermana Adele Brambilla, entonces superiora general de las Combonianas. Con mil preocupaciones y otros tantos problemas por resolver, tenía tiempo para llamarme casi a diario para ver cómo estaba, incluso invitándome a Roma y recomendándome a alguien que pudiera apoyarme de cerca. En buena parte, lo superé porque no me sentí juzgada. Al contrario, me sentí apoyada, acompañada y querida. Son experiencias inolvidables que supusieron un aprendizaje para mí.
P.-Ha dado, ¿y ha recibido?
R.-Mucho. He recibido realmente el ciento por uno. Mucho más de lo que haya podido dar.
Desafiante vocación
P.-¿Tiene mucho que agradecer?
R.-Obviamente, doy las gracias a Dios por haber confiado en mí y haberme llamado a esta desafiante vocación. Y gracias también a mi cngregación por permitirme vivir esta decisión plenamente, dándome espacio y oportunidades, ayudándome a crecer y a creer en mí misma, incluso cuando no estaba en mi mejor momento. ¡Estoy verdaderamente agradecida! He conocido gente extraordinaria y he tenido experiencias de vida profundas. He aprendido a vivir en comunidad, a valorar a mis hermanas y a crear lazos de verdadera sororidad.
P.-¿Tiene algún mensaje para las nuevas generaciones sobre la belleza y el desafío de la misión?
R.-Que no tengan miedo de entregarse, que no se conformen con trabajos a tiempo parcial y que no se dejen enredar por la red digital. Más allá de ese mundo que, por interesante que sea corre el riesgo de asfixiarlos, hay una humanidad desprovista de ternura. Que levanten la mirada y encuentren ojos y corazones para amar. La proclamación del Reino requiere piernas dispuestas a caminar kilómetros, manos capaces de ensuciarse y corazones capaces de sangrar por amor. El oscuro mal de la apatía, del “me gusta” perezoso, puede devorar la energía vital que habita en cada joven. ¡Levantaos como peregrinos de la esperanza y caminad! Hay un mundo ahí afuera esperándoos.
P.-Un sueño para el futuro de la misión o de la Iglesia.
R.-Un sueño para la misión, antiguo y siempre nuevo: que los obreros del Reino encuentren siempre el valor de hacerse discípulos. Porque la mies es abundante y los obreros son pocos. Para la Iglesia desearía que siga siendo madre y maestra de ternura y misericordia. Que tenga el valor de inclinarse ante la humanidad herida y sepa siempre de qué lado está. Como Cristo, que supo ponerse de la parte del más necesitado.