Misioneros en tiempos de coronavirus: Luis Carlos Fernández (Kenia)

Luis Carlos Fernández, misionero en Kenia

El colombiano Luis Carlos Fernández, misionero de Yarumal, comparte su vida con los samburu, “un pueblo que vive al norte de Kenia, en un territorio semidesértico, con poca lluvia. En su mayoría, se dedican a la ganadería, son pastores y cuidan principalmente cabras y ovejas”.



La realidad local es también áspera en muchos sentidos… “El 90% de la población es analfabeta y tiene costumbres muy difíciles de asimilar por el observador desprevenido: tienen matrimonios de niñas desde los 10 años con hombres de todas las edades. Hay negociaciones matrimoniales y la familia del novio paga la dote. Todavía practican la mutilación genital femenina. Antes era una clitorotomia y, ahora, en los sectores más avanzados es menos profunda. El derramar sangre es para ellos signo de madurez y capacidad para soportar el dolor”.

Profundo aislamiento

El lugar está dominado “por los elefantes y por la zebra gravy, un animal que está en peligro de extinción y que solo vive aquí”. Por ello y por el clima tan seco, la gente vive en pequeñas casas y muy distantes unas de otras. No hay electricidad, agua corriente y ni siquiera una letrina; menos aún, Internet o radio”.

Esa incomunicación ha sido clave “para que la gente haya continuado su vida ordinaria y no se haya llenado de miedo ante la pandemia. Todavía no nos ha llegado, pero se han tomado medidas como el cierre de escuelas e iglesias, así como el uso de mascarillas en los pueblos”. Con todo, esto último sí tiene un efecto devastador: “Al cerrarse la escuela, los niños se quedaron sin la alimentación que les ofrecía esta. En nuestra parroquia, con la ayuda de gente de buena voluntad, estamos ofreciendo desde marzo una comida diaria, de lunes a sábado, para todos los niños. Más de 400 se benefician de ella cada día”. Una comida más que necesaria aquí, pues, “normalmente, los niños van a cuidar del rebaño y no se llevan nada a la boca durante el día. A veces toman leche con sangre de sus animales y una colada de maíz o té en la noche”.

Comida para 400 niños

Además de este apoyo a las familias, “visitando constantemente las comunidades para detectar anomalías y poder actuar a tiempo”, el religioso colombiano detalla que, “desde que empezó la pandemia, hemos estado empeñados en el alimento de los niños y las personas necesitadas. Afortunadamente, cuando la comida se nos está acabando, aparece alguna persona generosa que nos ayuda para seguir apoyando a los más vulnerables”.

“La experiencia –valora Fernández– de compartir el alimento con los niños es una experiencia única. Compartir con el que tiene hambre llena el corazón de satisfacción. La pandemia ha expuesto nuestra limitación humana y nos ha permitido valorar la vida de una comunidad que vive con lo mínimo y que siempre está ‘ligera de equipaje’ para moverse kilómetros y kilómetros buscando pasto para sus animales”.

Desde el Evangelio

Tras llegar a Kenia en 1982 y trabajar con los kipsigis, el misionero volvió a Colombia durante unos años. Su regreso le condujo a los samburu en 2013. Desde entonces, vive “una experiencia maravillosa que me llena de alegría y me hace sentir feliz cada día que pasa. Compartir con el que no te puede dar cosas materiales a cambio me ayuda a ir entendiendo el verdadero sentido de la vida y del Evangelio”.

Una vivencia que ejemplifica con esta anécdota: “Un día perdí una lámpara solar que utilizaba por las noches. Pregunté en la iglesia si alguien la había visto y una señora, de nombre Verónica Lodopapit, apareció con otra lámpara como la mía, pero más vieja, y me dijo: ‘Úsala mientras aparece la tuya’. Yo tenía otras posibilidades, mientras que ella solo esa lámpara. En agradecimiento, le di el cargador solar que ella no tenía. Definitivamente, los pobres nos evangelizan”. Ni una pandemia mundial puede tumbar el coraje y la pasión de los misioneros.

Noticias relacionadas
Compartir