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Hosffman Ospino: “Para Puebla la voz de la viejita o del joven de la ciudad son tan importantes como las de la misma jerarquía”

Han pasado 40 años de la 3ª Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla con la visita de Juan Pablo II. Ahora el Grupo Iberoamericano de Teología ha vuelto a la ciudad mexicana para reflexionar sobre ‘La Sinodalidad en la vida de la Iglesia’. Uno de los participantes es Hosffman Ospino, profesor de teología pastoral y catequesis en la Escuela de Teología y Ministerio en el Boston College. De orígenes colombianos, ha estudiado ampliamente las relaciones entre cultura y religión y, en los últimos años, se ha especializado en estudiar la evolución del ministerio hispano en las comunidades cristianas de los Estados Unidos. 

PREGUNTA.- ¿Qué supone estar en Puebla, 40 años después?

RESPUESTA.- Para la gran mayoría es la primera vez que venimos a Puebla y es una experiencia bonita, la reunión de distintos teólogos de América, Caribe, España… y estamos explorando no solamente conceptos actuales que están en la discusión teológica como la sinodalidad, sino también el impacto de Puebla.

P.- ¿Qué nos puede enseñar la experiencia latinoamericana para redescubrir esa sinodalidad?

R.- En nuestra reflexión hemos descubierto una especie de hilo conductor entre lo que está sucediendo desde el Vaticano II, Medellín como acogida del concilio en América Latina, siguiendo las líneas de acción hacia Puebla y Santo Domingo, donde en parte se debilitaron un poco las conexiones que se retoman nuevamente en Aparecida. En este recorrido, la sinodalidad se concentra sobre todo en la experiencia del pueblo de las bases, con una jerarquía que camina con el pueblo, que trata de identificar la realidades que más afectan al pueblo (la pobreza, la vida rural, la pastoral urbana…). Es una Iglesia participativa de la que Puebla ya hablaba mencionando a la viejita que estaba en la casa o el joven que está en las calles de la ciudad como voces que son tan importantes como las de la misma jerarquía. El gran desafío es cómo levantamos esas voces en medio de unas estructuras clericalistas que todavía existen y que hemos heredado de la Edad Media.

Nuevas estructuras pastorales

P.- Tras contemplar este pasado, ¿hacia dónde se orienta la reforma necesaria de la Iglesia?

R.- Aunque contamos en este encuentro con muchos testigos e historiadores que han explicado el pasado, también hay un grupo –yo les llamaría la “resistencia”– que se están haciendo preguntas sobre cómo incorporar la voz de las mujeres en esa sinodalidad. Por ejemplo, cuando en la Iglesia católica el hecho de que la mujer no pueda recibir la ordenación sacerdotal implica que no habrá mujeres obispos o papas. También se hablan de los grupos que viven en las periferias, ya que la mayoría de los católicos en América Latina –y el continente en general– no participan activamente en la vida sacramental y diaria de la Iglesia. Esto implica que la sinodalidad no es solo que la gente venga a nuestros centros, sino que necesitamos un nuevo sistema de evangelización lleno de escucha y participación de estos.

El gran desafío siempre van a ser las estructuras canónicas, clericales, que definen cómo es la vida católica. Sobre esto se ha insistido en el grupo y uno de los teólogos ha pedido prestar la suficiente atención al conjunto de personas que están siendo asesinadas, como los casos de feminicidios en la frontera en Tijuana, entre los Estados Unidos y México; o las migraciones masivas que hay en América Latina… ¿cuál es la respuesta de la Iglesia? Esto exige una reflexión que implica la participación de los agentes y protagonistas de estas experiencias.

Santuarios de acogida

P.- Una forma de presencia de la Iglesia de América latina es el ministerio hispano en los Estados Unidos, ¿en qué sentido es presencia significativa en los tiempos que corren?

R.- La presencia hispana en los EE.UU. antecede toda forma de catolicismo –hace 5 siglos–, aunque durante muchos tiempo no se ha tenido muy en cuenta porque el énfasis se ha puesto en la migración de Europa occidental; aunque en los últimos 50 años ha cambiado. Hoy en día el 43% de la población católica en EE.UU. es hispana y en los jóvenes menores de 18 años es el 60%. Es una Iglesia que está siendo literalmente transformada a nivel cultural, demográfico y lingüístico; pero también eclesial, con nuevas formas de practicar la fe. Una de mis metáforas favoritas en este sentido es que hace 30 años, la advocación mariana más difundida era la Inmaculada, hoy es Nuestra Señora de Guadalupe. También la religiosidad popular es muy fuerte, frente a la tradición de los católicos estadounidenses que la habían abandonado. También los cristianos asiáticos han recuperado estos signos por la forma de evangelización recibida.

Este catolicismo está creciendo y también creando fricciones, porque la Iglesia en el país había dejado de ser migrante y actualmente la cuarta parte de los católicos lo son. Esto tiene sus desafíos, la pobreza, la falta de documentación… lo que general presiones por parte de las estructuras eclesiales. A lo que se suma que hay mucho racismo entre los cristianos de cultura euroamericana, a los que no les gusta la ‘morenización del catolicismo’. Pero merece la pena trabajar en este campo, como dice el refrán español “mientras más bravo el toro, más buena es la corrida”.

En este sentido vale la pena recordar la campaña de las iglesias como santuario de acogida para los migrantes, en las que las comunidades, más las evangélicas que las católicas, acogían y se comprometían a acoger y proteger familias en el propio templo. Se comenzó en tiempos de Reagan y ahora ha vuelto, muy poco a poco, con Trump ante movimientos masivos de migrantes. Lamentablemente dentro de la Iglesia católica muchos se han resistido a implicarse de nuevo porque tienen miedo a meterse con el sistema político y es también una gente acomodada e incluso rica y nadie quiere perder esa línea de poder.

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