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Óscar Urbina: “La paz sin alma no camina, y ese es el reto de la Iglesia colombiana”

Óscar Urbina, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia

El recuerdo llega vivo y revelador de los días de su adolescencia en la vereda El Peñón, en el municipio de Arboledas. En ese tiempo no había piscinas, sino algo mejor: los charcos de aguas transparentes y limpias del río. Junto a sus amigos, se zambullía y jugaba cuando uno de ellos gritó: “¡Un muerto! ¡Allá abajo hay un muerto!”. Lo habían decapitado…

En esta entrevista con Vida Nueva días antes de la visita papal a Colombia, el presidente de su Episcopado, Óscar Urbina, tiene bien claro que un desafío pastoral clave, para los obispos colombianos, pero también para unos líderes políticos movilizados por el odio que a su vez genera votos, es combatir la misma raíz envenenada de todas las violencias.

Estamos ante un pastor que se mueve en actividades propias de una Iglesia samaritana, como la mediación entre la guerrilla del ELN y las familias de los secuestrados; ayudó para el indulto a dos de los 502 guerrilleros del ELN presos. En esta ocasión reclamó por las condiciones en que los mantienen en la cárcel. Uno salió sin una pierna y el otro con las piernas infectadas; cuando le han dado las coordenadas, ha organizado el duelo y la exhumación de cadáveres para consuelo de los familiares. En estas últimas semanas, una de sus actividades pastorales ha sido la preparación de sus sacerdotes en Villavicencio, de donde es obispo, para que sirvan de intermediarios entre los guerrilleros concentrados en las zonas veredales de normalización y la población. Pero la gran tarea, a su entender, es la de crear el clima propicio para la reconciliación.

El reto de la reconciliación

P.- ¿Qué puede hacer la Iglesia ante este reto?

R.- Primero, animar mucho a la gente, que se ha arrinconado y desanimado. Un estado, este, que hace que brote la violencia, como defensa. Nos toca hacer un trabajo de esperanza. El país ha bajado mucho en la esperanza. Y esa es una realidad que tenemos que despertar, porque no hay ninguna situación que no pueda ser superable; y más para nosotros, también desde la fe. En el ejercicio de la paz hay una estrategia, con sus limitaciones, que le corresponde al aparato gubernamental. Pero una estrategia sin alma no camina. Y ahí es donde yo veo el papel de la Iglesia: es casi como la concha y la perla, que solo la unidad les da la riqueza a ambas; el servicio que ambas prestan. El aparato gubernamental tiene su tarea, pero nosotros tenemos que ponerle esa alma espiritual, y tenemos los elementos del Evangelio, de la Doctrina Social de la Iglesia y de los rituales, de la auténtica reconciliación.

P.- Como al pueblo colombiano, a los obispos el tema de la paz les ha dividido…

R.- Yo siento que ya se ha superado. Por un lado, veo que nosotros somos parte del pueblo colombiano, estamos también en medio de todos los territorios; y, entonces, uno no puede ser aséptico; alguna cosa se le pega. La parte humana se contagia. Ahora que se ha emprendido este camino de reconciliación, veo también en los obispos una gran disponibilidad para que trabajemos juntos; la armonía también; aunque pudo haber, más que enfrentamientos, maneras de ver, de pensar, pero no una ruptura. No podemos decirnos mentiras. Sí hubo momentos de tensiones, pero nunca una ruptura de una unidad, que ha caracterizado mucho también a la Conferencia Episcopal de Colombia desde el inicio, hace ya 108 años. Me gusta mucho lo que presenta este Papa: que la unidad no es tanto un círculo donde todos están equidistantes del centro y guardan la misma medida, sino la figura del poliedro, donde en la diversidad no se daña la unidad. Yo creo que esa es la mejor imagen. (…)

P.- Entonces, ¿cómo se puede acompañar la reconciliación?

R.- La reconciliación está como atada al pasado, que es la memoria. Al perdón tenemos también que acompañarlo, porque no se puede imponer desde ninguna vía, sino que tiene que brotar del corazón. Y que sea capaz de leer esa memoria sin renunciar nunca a ella, pero leerla con esos nuevos ojos. De cara al futuro, hay que desatar todos los procesos que, sin duda, van a ser largos y van a implicar un acompañamiento pedagógico. Yo creo que la Iglesia tiene ahí un elemento muy importante. En el Meta, donde estoy, los que entregaron las armas se quieren quedar en algunos de esos territorios a vivir ahí; eso significa un acompañamiento para interactuar con las comunidades, donde hay muchas víctimas. Se trata de convivir en procesos que ayuden a mejorar la calidad de vida de todos. Aquí se hizo un trabajo desde el año pasado, y este año lo asumen los párrocos de todos esos territorios, porque ellos son los que más tienen que ayudar a ese aspecto de la reconciliación. (…)

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