Tribuna

Urge Dios en la educación

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El panorama nacional y latinoamericano es bastante conocido: deuda externa impagable; miseria; hambre; condiciones de higiene, de vivienda y de salud miserables para más de la mitad de la población; analfabetismo, desempleo, subempleo… Todo lo cual reviste mayor gravedad aun cuando nos percatamos de que es la situación resultante de unos mecanismos deshumanizantes de índole económico, social, cultural y político permanentes y articulados a lo largo de la historia.



Además se descubre con tristeza la coincidencia entre dichas estructuras institucionalizadas de opresión deshumanizadora y la religión, cuando se convierte en otra institución más, resultando de aceptar que tales desigualdades y opresión se den en nuestros países. A pesar de reconocer y confesar estos pecados aposentados en lo más profundo del corazón humano, crecen las injusticias, la opresión, las discriminaciones, la marginalización y la violación sistemática de los derechos humanos.

Menores y educación

Menores y educación

La educación y la formación se convierten en prioridades, porque en un contexto desgarrado por los contrastes sociales y carente de una visión común se vuelve urgente la necesidad de un cambio a través de una educación integral e inclusiva. Cada cambio requiere un camino educativo que haga madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad capaz de una escucha paciente y un diálogo constructivo ayudando a ser protagonistas directos y co-constructores del bien común y de la paz.

¿Cómo comunicar el Evangelio para abrir caminos a su mensaje tanto en los corazones de nuestros contemporáneos, a menudo cerrados, así como en sus mentes? ¿Cómo este anuncio construye toda clase de relaciones positivas y constructivas con individuos y comunidades que se dirigen al entendimiento y al enriquecimiento mutuo, en obediencia a la verdad y respeto por la libertad?

Educación para el Reino de Dios

Jesús no habla del Padre sin más, sino anuncia su Reino de paz, compasión y justicia mirando hacia los últimos y empezando por los más olvidados, sembrando gestos de bondad para aliviar el sufrimiento. Todo esto de manera tal que el Evangelio da testimonio de la certeza que invade a los testigos de su vida: si Dios existe, se parece a Jesús. Se trata de decir menos y hacer más, los unos para con los otros, como respuesta a la pregunta de cómo sería la vida si todos, en cada momento de la existencia, nos pareciéramos más a Dios.

Pero cómo se puede estar medianamente instruido en este sentido si apenas se ha tenido la suerte de oírlo expuesto de este modo; ¿cómo creer en aquel de quien no han oído hablar?, ¿ cómo oirán hablar, si no tienen a nadie que así se lo anuncie?, ¿y cómo se conducirán si no tienen a nadie que los inspire con el ejemplo a imitarlo? Por ese motivo, Dios que no solo quiere que todos los hombres y mujeres lleguen al conocimiento de la verdad, además quiere que todos se salven, no puede quererlo verdaderamente si no les da los medios para ello y, en consecuencia, si no proporciona a niños, jóvenes y adultos los ámbitos, los recursos y los maestros de los procesos educativos que contribuyan a la realización de tal designio para con ellos.

Educación para la esperanza

La esperanza es la respuesta del ser humano a la situación de prueba que supone la vida y al estado de alienación en que a veces nos encontramos. Ella es la virtud del optimismo crítico y realista consciente de las dificultades del camino sin dejarse vencer por ellas. Sabe que la acción puede desembocar en el fracaso y no lograr su objetivo. Más aún, asume el fracaso como momento necesario del itinerario del ser humano, pero no se queda instalada allí, cree que puede superarlo.

Esto es maravilloso: la esperanza existe. Esperanza en una humanidad más humana, en un estado perfecto o simplemente en un futuro mejor. Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó ni el corazón humano imaginó, eso preparó Dios para los que le aman (1 Co 2,9). Estas palabras hablan en primer término de la vida aquí y ahora: la fe, la paz, el perdón, la unión y la justicia son el comienzo del cielo; algo de esta eterna alegría ya brilla en medio de los cuidados y angustias cotidianas.

En una época en la cual se defiende a menudo la noción de la división entre la materia y el espíritu, lo profano y lo espiritual, la fe y la ciencia, es preciso redescubrir un principio de integración que debemos explorar y luego ofrecer a los miembros de nuestras comunidades eclesiales y educativas como buena regla de conducta: no hacer distinción entre los asuntos propios del oficio y los de la consagración, con la seguridad de que jamás obtendrá uno mejor su dignificación que desempeñando los deberes de su cargo que con la certeza de cumplir la voluntad de Dios, hacer posible el Reino.

No hay divisiones entre la espiritualidad y la santidad, ni entre el trabajo de fundar y administrar escuelas, de crear y mantener las comunidades, de formar a sus maestros, de responder a las peticiones de ciudades, de párrocos y obispos para establecer y mantener nuevas fundaciones.

El significado de ‘salvación’ es, entonces, la misión educativa de los niños, jóvenes y adultos; donde esta relectura de la experiencia educativa permita a quienes hacen parte de estos procesos, abrirse a la  posibilidad de la presencia y la acción de Jesús en su vida y su quehacer.

Educación para la realización humana

Desde siempre la educación ha sido un factor decisivo para el desarrollo humano y la transformación de las sociedades; desarrollo humano de las libertades humanas, no solo de unos pocos, sino de todas las personas. Busca, por igual, ampliar las opciones que potencian al máximo las capacidades de las personas para llevar una vida productiva y creativa de acuerdo con sus necesidades e intereses, esto implica ampliar las oportunidades para que cada persona pueda vivir la vida que decida, incluyendo la opción por una vida larga y saludable, educarse y acceder al conocimiento y tener un digno nivel de vida.

Ahora más que antes, todo sistema educativo debería orientar sus prácticas pedagógicas, las articulaciones de sus currículos y sus didácticas para aprender dentro y fuera de las aulas, y así dar prioridad al desarrollo de capacidades básicas generales, a la capacidad de aprender a aprender, de controlar el transcurso del aprendizaje y de evaluar los logros obtenidos. Todo lo cual debe ir de la mano con un renovado interés por la incorporación de las habilidades agrupadas, esto último en el sentido de su permanencia ante los cambios tecnológicos.

Los procesos y las instituciones educativas no solo son resultado de un proyecto humano de alfabetización, de instrucción, de formación y de investigación, son también la progresiva certeza de que han sido suscitadas por Dios como un instrumento del acontecimiento del Reino a medida que convergen el estudio y la vida, los docentes y los estudiantes, las familias y la sociedad civil con sus expresiones intelectuales, científicas, artísticas, deportivas, políticas, económicas y solidarias; una alianza que suscita paz, justicia y acogida entre todos los pueblos de la familia humana, como también de diálogo entre las religiones.

En tal sentido se entiende perfectamente por qué estas apuestas parecen ser de gran necesidad “hoy más que nunca”. Nuestras palabras y nuestros actos hacen presente el anuncio del Reino de Dios. Dicho testimonio abre la posibilidad a otros de interrogarse por las razones y el sentido de su misión.

Educación para el cambio

Si aprender, cambiar, tiene lugar a partir de la necesidad de sobrevivir y adaptarse, entonces educar debe satisfacer esa necesidad en los estudiantes, para formar personas abiertas, responsables, disponibles para encontrar el tiempo para la escucha, el diálogo y la reflexión, y capaces de construir un tejido de relaciones entre las generaciones y con las diversas expresiones de la sociedad civil.

No es el profesor quien educa al alumno en una transmisión unidireccional, ni tampoco es el alumno quien se construye por su conocimiento. Para que las instituciones educativas se conviertan en espacios de desarrollo del conocimiento y el pensamiento, se hace indispensable redimensionar el rol del maestro: recuperar la confianza de los docentes, dignificar su trabajo, potenciar socioeconómicamente su posición ante la sociedad y recobrar el espíritu de aprendizaje en sus propios procesos, para convertirlo en un ejemplo vivo de lo que significa ser un aprendiz en el siglo XXI a la luz de los más avanzados conocimientos científicos sin prescindir de la rigurosidad inherente a la actividad científica y educativa, utilizando las tecnologías emergentes.

Por otra parte, los estudiantes deben construir su libertad a partir de una educación diversa con las bases científicas y culturales necesarias para la comprensión de sus contextos local y global, de la cultura y las tradiciones de sus comunidades, con la libertad de escoger los destinos a los que aspiran para enfrentar los cambios que les esperan por cuenta de los avances de la ciencia y de la tecnología, para asumir la tarea urgente de construir el país que se propone derrotar la violencia, la inseguridad, la frustración y la cultura del descarte.

Comprendida de esta manera, la educación es un lugar teológico, es decir una determinada realidad histórica, un lugar tanto físico como cultural donde Dios se manifiesta de un modo original, convirtiendo toda acción educativa en experiencia de Dios, suministrando a la educación una identidad ministerial, esto es, la conciencia de prestar este servicio en Su nombre, como lo haría Jesús, inspirados y fortalecidos por el Espíritu Santo, donde la escuela (en toda la extensión de la palabra) se convierte en lugar de salvación.

* Religioso lasallista, teólogo y educador. Miembro del equipo teológico de la Conferencia de Religiosos de Colombia.