Tribuna

La Iglesia que se quedó esperando al cura

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Cada domingo, en cientos de pueblos españoles, un mismo sacerdote recorre tres, cuatro, a veces ocho iglesias para celebrar misas que se suceden como paradas de un tren que nadie sabe cuándo dejará de circular. La gente lo llama “crisis vocacional” y lo lamenta como quien lamenta un accidente imprevisto. Pero no lo es. Es la consecuencia lógica, casi matemática, de decisiones tomadas hace cincuenta, sesenta, cien años. Llevo diecisiete años trabajando en parroquias españolas, viniendo de un Brasil donde la escasez de clero nunca fue una crisis reciente sino la condición normal de la Iglesia desde siempre. Y esa doble mirada —la de quien viene de una Iglesia que nació pobre y la de quien hoy acompaña a una Iglesia que fue rica y no sabe serlo de otro modo— es la que quiero compartir aquí.



Mi tesis es incómoda pero necesaria: España no tiene hoy una simple crisis de vocaciones. Tiene una crisis estructural de modelo eclesial, y esa crisis tiene raíces muy concretas que se remontan al franquismo, y raíces aún más profundas que se hunden en siglos de ser una Iglesia de cristiandad, nunca obligada a inventar nada para sobrevivir.

I. La sociedad que fabricó el modelo: España antes de la democracia

Para entender la Iglesia española de hoy hay que entender la sociedad que la moldeó durante casi cuarenta años de dictadura. El franquismo (1939-1975) construyó un régimen autoritario cuyo pilar ideológico fue el nacionalcatolicismo: una alianza entre Estado y altar en la que la Iglesia no era solo compañera del poder, sino instrumento de gobierno moral de la población.

Esto se tradujo en una presencia clerical extraordinariamente densa. No existía pueblo, por pequeño que fuera, sin su cura. Y ese cura no era únicamente guía espiritual: era también vigilante social, gestor de la moral pública, responsable —a menudo— de la escuela local, mediador de conflictos vecinales y, en la práctica, una extensión discreta pero eficaz del control estatal. El Concordato de 1953 garantizaba financiación pública al clero, lo que permitió sostener esa red incluso en las zonas rurales más despobladas.

España tenía entonces una de las tasas de vocaciones religiosas más altas de Europa. Los seminarios estaban llenos. Y esa abundancia, lejos de ser solo un signo de vitalidad espiritual, era también funcional al régimen: una feligresía atendida individualmente por su propio cura, pueblo por pueblo, resultaba más fácil de administrar —y de controlar— que una red de comunidades articuladas entre sí. Como ha mostrado la historiografía sobre el periodo, el Concordato de 1953 no fue un simple acuerdo diplomático, sino la confirmación solemne de la catolicidad del Estado y de un sistema de privilegios mutuos entre Iglesia y régimen (Lannon, 1987).

II. El modelo que se construyó: clericalismo institucional y clericalismo pasivo

De esta arquitectura social nació un tipo muy particular de eclesiología: una Iglesia profundamente clerical, donde el protagonismo pertenecía casi en exclusiva al sacerdote, y el laico ocupaba, en el mejor de los casos, el lugar de colaborador obediente.

La Acción Católica, que en teoría debía ser el gran cauce de participación laical, estaba fuertemente tutelada por la jerarquía. Cuando en los años sesenta sectores como la HOAC o la JOC empezaron a ganar autonomía real y a acercarse a posiciones críticas con el régimen, la respuesta institucional fue frenarlos o reorientarlos, un proceso que Montero (2000) ha documentado en detalle como el tránsito de la colaboración a la disidencia dentro del catolicismo español. El Concilio Vaticano II, que en otros lugares del mundo supuso una revolución eclesiológica —Pueblo de Dios, corresponsabilidad, colegialidad—, llegó a España filtrado por un contexto político que no estaba preparado para recibirlo.

La propia ‘Lumen gentium’, constitución dogmática sobre la Iglesia aprobada en 1964, había definido a los laicos no como meros colaboradores del clero sino como sujetos activos de la misión eclesial, “incorporados a Cristo por el bautismo” y llamados a ejercer, cada uno según su condición, el apostolado de toda la Iglesia (Concilio Vaticano II, 1964). El Concilio impulsó incluso focos de renovación significativos en España —asambleas diocesanas comprometidas, comunidades que intentaron aplicar esa eclesiología de comunión—, pero esas experiencias quedaron pronto eclipsadas: la inercia de la estructura mayoritaria, sumada a un posterior repliegue conservador e identitario frente a la rápida secularización, terminó por neutralizar los impulsos renovadores (Pérez-Agote, 2012). Lo que faltó no fue la doctrina, sino el marco institucional y cultural para encarnarla.

El resultado fue una doble distorsión, no solo una. Por un lado, un clericalismo institucional: “lo propiamente eclesial” —presidir, decidir, interpretar— quedó reservado al sacerdote, y el laico se entendía a sí mismo, en el mejor de los casos, como voluntario de apoyo: catequista, encargado de Cáritas, responsable del mantenimiento del templo. Nunca como sujeto eclesial con autoridad propia.

Pero por otro lado se incubó también un clericalismo pasivo o por comodidad: para gran parte del laicado resultó, sencillamente, cómodo que el cura lo resolviera todo, reduciendo la pertenencia eclesial a la demanda puntual de servicios y sacramentos. Este “clericalismo desde abajo” es una resistencia cultural del fiel acostumbrado a ser receptor de servicios en lugar de sujeto activo de la misión, y conviene nombrarlo con honestidad: la jerarquía no es la única responsable de que el laicado español nunca asumiera un protagonismo real; buena parte del laicado tampoco lo quiso nunca, porque el modelo clerical también le resultaba cómodo.

III. El contraste que lo explica todo: el Nuevo Mundo aprendió por necesidad

Aquí es donde mi experiencia personal se cruza con el análisis histórico. En Brasil, y en general en América Latina y África, la Iglesia nunca tuvo el lujo de la abundancia clerical. Desde los primeros siglos de evangelización, territorios inmensos y escasez crónica de sacerdotes obligaron a que laicos asumieran funciones que en España eran monopolio exclusivo del clero.

Esa necesidad temprana se convirtió, con el tiempo, en cultura: catequistas con autoridad reconocida, ministros de la palabra, animadores de comunidad. Cuando llegaron Medellín (1968) y Puebla (1979), encontraron un terreno ya fértil, y de ahí nacieron las Comunidades Eclesiales de Base: comunidades que funcionaban —y siguen funcionando— con protagonismo laical real, muchas veces sin presencia sacerdotal permanente. Leonardo Boff llamó a este fenómeno “eclesiogénesis”: las comunidades de base, sostiene, no son una alternativa a la institución eclesial sino un modo en que la propia Iglesia vuelve a nacer desde abajo, desde los pobres organizados en comunidad (Boff, 1977). Gustavo Gutiérrez, por su parte, situó teológicamente ese protagonismo laical dentro de una opción preferencial por los pobres que exigía nuevas formas de ser Iglesia, no solo nuevas formas de asistencia social (Gutiérrez, 1971).

La diferencia no es solo de recursos. Es de disposición existencial ante el cambio. Donde España tenía certeza estructural —“así ha sido siempre y así seguirá siendo”—, América Latina y África tenían urgencia práctica. Y la urgencia obliga a inventar de un modo que la certeza jamás incentiva. Resulta casi una ironía histórica que España, matriz colonial y misionera de buena parte de América Latina, haya terminado con un modelo eclesial más rígido que el de sus “hijas” americanas.

IV. La parroquia-isla: cuando la cercanía geográfica no significaba comunión

Hay un elemento que rara vez se menciona y que, sin embargo, resulta decisivo: la propia capilaridad parroquial española generó un modelo de parroquia-isla. Cada pueblo, con su cura, su patrón, su cofradía, construyó una identidad tan local que a menudo funcionaba casi en competencia con el pueblo vecino, aunque estuviera a tres o cuatro kilómetros de distancia.

Esta fragmentación encajaba perfectamente con la lógica de control del régimen: comunidades pequeñas y autocontenidas, cada una respondiendo directamente a la diócesis, sin necesidad —ni costumbre— de coordinación horizontal entre sí. El santo patrón de un pueblo funcionaba como frontera simbólica frente al pueblo de al lado, más que como puente.

Cuando hoy llega la crisis vocacional y se intenta crear, por decreto diocesano, unidades de acción pastoral que agrupan varios pueblos bajo un solo párroco, esa fusión se vive como pérdida —“nos quitan nuestro cura”— en lugar de como oportunidad de red, precisamente porque nunca existió una cultura previa de articulación intercomunitaria. No es casual que este mismo patrón se repita en el mapa civil: España tiene más de ocho mil municipios, muchos de ellos minúsculos, y sufre hoy el fenómeno de la “España vaciada” por razones estructuralmente idénticas. La parroquia-isla y el municipio-isla son dos caras de un mismo patrón histórico de organización territorial.

Sebastián Gil Martín, párroco de Arévalo

Sebastián Gil Martín, párroco de Arévalo. Foto: Jesús G. Feria/ Vida Nueva

V. El presente: un vacío que nadie está preparado para llenar

Todo esto desemboca en la fotografía actual. España tiene una de las tasas de envejecimiento clerical más altas de Europa. Las ordenaciones anuales no cubren ni de lejos las bajas por muerte o jubilación. El fenómeno de las Unidades de Acción Pastoral —un párroco atendiendo ocho, diez, veinte pueblos— se ha normalizado como solución de emergencia permanente.

Pero el problema no es solo la falta de sacerdotes. Es que, a diferencia de las comunidades latinoamericanas, en España no existe una cultura ministerial laical capaz de absorber ese vacío. No basta con formación teológica: falta un marco eclesial que legitime al laico como portador de autoridad espiritual, y no solo como voluntario logístico. Persiste, tanto en el clero como en el propio laicado, la convicción tácita de que presidir, decidir e interpretar son funciones exclusivamente sacerdotales.

El resultado es doloroso: comunidades rurales enteras que se quedan sin ninguna presencia eclesial estructurada, ni siquiera laical, porque nunca se formó a nadie para sostenerla. Lo que en los años setenta parecía una ventaja española —densidad clerical, control eficaz— se ha convertido, cincuenta años después, en una vulnerabilidad estructural: el sistema nunca generó los anticuerpos que ahora necesitaría para sobrevivir.

VI. La mirada hacia atrás: cuando la nostalgia sustituye al diagnóstico

Hay, además, un mecanismo casi psicológico que agrava todo lo anterior. Una Iglesia que fue poder, que estuvo ligada al Estado durante siglos, tiene enormes dificultades para asumirse como lo que hoy es: una minoría en un contexto secularizado. La tentación constante es volver la mirada hacia atrás —evocar el Concordato, la Semana Santa multitudinaria, la España “católica por naturaleza”— como un mito compensatorio frente al vaciamiento acelerado (Casanova, 1994).

Esa mirada retrospectiva no es solo nostalgia cultural. Es una forma de gestionar la ansiedad ante la pérdida de relevancia social. Y tiene un costo altísimo: retrasa la única pregunta que realmente importa. No “cómo recuperamos lo que teníamos” —pregunta sin respuesta posible dado el colapso demográfico y vocacional—, sino “qué estructura ministerial y comunitaria necesitamos inventar ahora”.

La paradoja más cruel es que el propio Concilio Vaticano II ya ofrecía las herramientas teológicas para ese giro. Pero llegaron en el peor momento posible: cuando el régimen agonizante generaba una Iglesia dividida entre sectores aperturistas y sectores que se replegaban aún más en el conservadurismo como refugio identitario. La oportunidad de una reforma estructural unificada se perdió, o se vivió de forma fragmentada y conflictiva.

VII. Una respuesta que ya existe: el marco reciente del papa Francisco

Si algo cambia el panorama en los últimos años es que el problema ya no es solo de diagnóstico. Roma ha dado, en tiempos recientes, pasos normativos concretos que ofrecen justo el marco canónico que a España le faltó durante décadas para dejar de ver al laico como “ayudante del cura” y empezar a verlo como ministro instituido.

‘Spiritus domini’ (2021): modifica el Código de Derecho Canónico para permitir el acceso de las mujeres al ministerio instituido del Lectorado y del Acolitado.

‘Antiquum ministerium’ (2021): instituye formalmente el ministerio de Catequista como un servicio estable prestado a la Iglesia local, con formación y un envío público, no como colaboración informal.

Estos ‘motu proprio’ no resuelven por sí solos la crisis estructural que venimos describiendo, pero le quitan a la Iglesia española la excusa de la falta de marco. El fundamento canónico ya está ahí, disponible; lo que falta es la voluntad diocesana de aplicarlo con seriedad, formación rigurosa y continuidad más allá del estilo personal de cada párroco.

VIII. Caminos posibles: de la queja al diseño

  1. Diagnosticar no basta. Si algo he aprendido en estos diecisiete años es que las comunidades necesitan horizontes concretos, no solo lamentos compartidos. Algunas líneas de trabajo, ya ensayadas en distintos lugares con resultados desiguales pero reales, apuntan hacia dónde podría moverse la Iglesia española:
  2. Unidades Pastorales bien diseñadas, no solo decretadas. No basta con agrupar pueblos por necesidad administrativa cuando falta un párroco. Una Unidad Pastoral que funciona de verdad requiere un proyecto pastoral común, construido con las comunidades implicadas —no impuesto desde la curia diocesana—, con calendarios compartidos, formación conjunta de agentes de pastoral y espacios reales de encuentro entre los pueblos que la integran. La diferencia entre una UP que fracasa y una que da vida suele estar precisamente ahí: si nació como recorte de emergencia o como proyecto de comunión.
  3. Consejos parroquiales con poder real, no solo consultivos. En muchas parroquias españolas el consejo pastoral existe sobre el papel pero se reúne poco, decide menos, y el párroco mantiene de facto todo el poder de decisión. Un consejo efectivo necesita periodicidad real, actas públicas, capacidad de fijar prioridades pastorales y, sobre todo, un párroco dispuesto a compartir autoridad, no solo tareas.
  4. Ministerios laicales instituidos, no improvisados. La Palabra, la distribución de la Comunión, la catequesis, la atención a los enfermos, la acción caritativa: todo esto ya lo sostienen laicos en la práctica, pero casi siempre desde la precariedad de “quien puede echar una mano”, sin formación sistemática, sin reconocimiento formal, sin continuidad cuando cambia el párroco. Instituir estos ministerios —apoyándose ya en Spiritus Domini y Antiquum Ministerium, con formación seria, con un envío público de la comunidad, con estabilidad más allá del capricho o el estilo de cada sacerdote— es lo que transforma la colaboración ocasional en corresponsabilidad estructural.
  5. Transparencia económica como condición de confianza. Un laicado que no sabe cómo se gestionan los recursos de su parroquia difícilmente puede sentirse corresponsable de ella. Rendición de cuentas pública, presupuestos participados, consejos económicos que funcionen de verdad y no solo en el papel: la transparencia no es un añadido técnico, es la base material de cualquier corresponsabilidad real.
  6. Asambleas de planificación pastoral con capacidad decisoria. No basta con “escuchar” al laicado en jornadas puntuales que después no se traducen en nada. Las asambleas necesitan tener consecuencias: prioridades pastorales que efectivamente se revisen y actualicen en conjunto, con laicos que no solo opinen sino que definan, junto al párroco y el equipo pastoral, hacia dónde camina la comunidad en los próximos años.

Ninguna de estas medidas es una novedad radical; son, de hecho, experiencias que otras Iglesias —incluidas muchas diócesis latinoamericanas y algunas alemanas o francesas— llevan décadas ensayando. Lo que falta en España no es tanto el conocimiento de qué hacer, sino la voluntad institucional de hacerlo sin esperar a que la crisis lo imponga por pura necesidad, como ocurrió en otros lugares.

IX. Una mirada desde fuera, con los pies dentro

Escribo esto sin ninguna superioridad hacia la Iglesia española, que quiero y a la que sirvo desde hace diecisiete años. Escribo, más bien, con la extrañeza fecunda de quien viene de una tradición eclesial que aprendió, por necesidad, lo que España nunca tuvo que aprender: que la Iglesia no depende del cura para existir, que el laico puede —y debe— ser sujeto y no solo colaborador, que la comunión entre comunidades vecinas no es un lujo organizativo sino condición de supervivencia.

España tiene hoy la oportunidad —dolorosa, pero real— de hacer lo que otras Iglesias hicieron hace décadas por pura urgencia, y de aprovechar además un marco canónico que hoy, con Francisco, ya no falta: dejar de mirar hacia atrás y empezar a inventar. Algunas diócesis ya lo están intentando, con figuras como los animadores de comunidad o equipos laicales con delegación explícita del obispo, inspirándose, no por casualidad, en modelos latinoamericanos y africanos que llevan medio siglo de ventaja en este terreno.

La pregunta no es si España puede sobrevivir sin la vieja capilaridad clerical. La pregunta es si tendrá el valor de construir, por fin, la Iglesia en red y de protagonismo laical que otras partes del mundo llevan generaciones edificando, y para la que hoy, además, ya no faltan ni la doctrina ni la norma. El reloj, en todo caso, ya no espera.

Referencias bibliográficas

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