Tribuna

Caso Karadima: tarjeta roja y expulsión

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Fuera de juego. Del sacerdocio. El Papa ha expulsado del estado clerical a Fernando Karadima, un cura que cautivaba a las masas y a las elites chilenas, pero que en la trastienda se reveló como un depredador sexual. Nunca la justicia civil llegó a condenarle. Pero sí el Vaticano, donde los delitos no prescriben, que en 2011 le castigó con una vida de penitencia y oración. Su caso permitió tirar del hilo para sacar a la luz una telaraña de encubrimientos y mentiras de los obispos chilenos que consiguieron colarle más de un gol por la escuadra al guardameta argentino.

Pero Bergoglio reaccionó a tiempo, se arrodilló ante las víctimas e inició una investigación que acabó con todos los pastores chilenos presentando su dimisión en bloque el pasado mayo para que el ‘jefe’ decidiera sobre su futuro. Y al Papa argentino no le ha temblado el pulso. Desde entonces ya borrado del mapa a siete obispos negligentes, dos esta misma semana. Ayer, en una nueva muestra de autoridad, aplica la pena máxima a Karadima, el paradigma de las corruptelas sexuales en el país.

Decisión medida. Lenta, quizá, para no dejar ningún cabo suelto, pero contundente. Sin vuelta atrás. Con VAR incluido, el del discernimiento jesuítico que rara vez falla. Tarjeta roja y expulsión. Porque a estas alturas del partido, no puede quedar ni un resquicio de duda sobre la tolerancia cero en la Iglesia hacia los abusos. La credibilidad de la Iglesia no puede entrar en tiempo de descuento y menos aún, entrar en los penaltis. Por justicia para las víctimas. Y por todos los sacerdotes que sudan la camiseta cada día desde su entrega absoluta a los últimos jugando limpio cada día de su vida. Ni un pederasta en la alineación. Tampoco en el banquillo. Ni uno.