Tribuna

El hierro y la conciencia

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Cervantes fue a la guerra cuando la guerra todavía necesitaba acercarse hasta el hombre para matarlo. Había que verle los ojos al enemigo, escuchar el estrépito de la madera, recibir en la cara el humo de los arcabuces y saber que la Historia, cuando se escribe desde abajo, tiene menos mármol y bastante más sangre. Nosotros hemos conseguido mejorar técnicamente casi todo aquello.
Ahora se puede matar desde muy lejos, con una exactitud matemática, mientras alguien observa una pantalla en una habitación climatizada. Lo que no hemos conseguido mejorar es al hombre. Seguimos fabricando muerte con una inteligencia portentosa y paz con una desgana burocrática.



Buscar la paz

Cervantes escribió en el Quijote que las armas “tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida”. La frase es verdadera y conviene no hacerle decir aquello que no dice. No la tomo como absolución de la guerra, ni como certificado literario para ningún ejército, ni como una de esas citas antiguas que se colocan delante de una decisión contemporánea para concederle respetabilidad. Me interesa justamente lo contrario. Si se acepta una licencia que Cervantes ya no puede discutirnos, sospecho que hoy cambiaría el acento de su propia frase y nos recordaría, quizá con bastante mala leche, que la paz está por encima de la guerra. Por encima de la estrategia, de las patrias heridas, de los cálculos electorales, de las industrias que prosperan alrededor del miedo y de ese prestigio viril que algunos gobernantes todavía encuentran en enseñar los dientes desde una tribuna.

Hay épocas que inventan ferrocarriles, otras que descubren antibióticos y otras que perfeccionan la manera de destruirse. A la nuestra le ha correspondido la peculiar grandeza de fabricar máquinas capaces de localizar una ventana desde kilómetros de distancia y, al mismo tiempo, una diplomacia que tarda años en encontrar una puerta. La guerra se ha hecho inteligente. La paz sigue compareciendo a menudo como la pariente pobre de la política internacional, invitada a los discursos y olvidada en cuanto empiezan las negociaciones serias.

Europa habla ya con una naturalidad escalofriante de rearme. Los presupuestos militares engordan, las fábricas reciben encargos, los analistas explican qué cantidad de miedo necesitamos para sentirnos seguros y los ciudadanos vamos aprendiendo el nuevo catecismo de las amenazas. Será necesario defenderse, nos dicen. Puede ser. Una sociedad tiene derecho a defenderse. Pero debería conservar también el derecho a preguntar hasta dónde, durante cuánto tiempo, con qué límites y para construir qué clase de mañana. Porque las armas tienen una vieja costumbre que los fabricantes rara vez incluyen en el prospecto: una vez construidas, alguien acaba encontrándoles utilidad.

Isaías dejó una imagen que sobrevive a cualquier consejo de ministros: “de sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas, podaderas”. No hace falta ser creyente para comprender la insolencia de esa frase. Es toda una política económica escrita hace miles de años. El metal continúa siendo metal, pero cambia de dueño moral. Ya no entra en un vientre; entra en la tierra. Ya no siega muchachos; ayuda a levantar cosechas. Frente a eso, nuestro tiempo parece haber descubierto el procedimiento inverso: tomar el arado, fundirlo cuidadosamente y preguntarse después cuánto misil puede obtenerse con el hierro.

Ataque ruso nocturno contra una zona residencial en Odesa, Ucrania

Ataque ruso nocturno contra una zona residencial en Odesa, Ucrania. Foto: EFE

Desigualdad informativa

Mientras hacemos cuentas, hay hombres, mujeres y niños que no llegan a las cuentas porque ni siquiera alcanzan nuestros titulares. Ucrania conserva todavía centralidad en la conversación europea. Gaza continúa desgarrando cualquier lenguaje que no haya perdido completamente el pudor. Pero hay otros nombres que comparecen de tarde en tarde, casi como erratas de un mundo que preferimos leer deprisa: Sudán, República Democrática del Congo, Myanmar, Yemen, Somalia, territorios del Sahel. No son tragedias menores; disponen simplemente de peor departamento de comunicación. Parece cruel escribirlo así, pero todavía es más cruel comprobar hasta qué punto la atención internacional posee sus modas, sus temporadas y sus olvidos.

También los muertos sufren desigualdad informativa. Algunos reciben enviados especiales; otros apenas una agencia. Hay cadáveres con geopolítica y cadáveres sin ella. El ser humano ha conseguido incluso clasificar el sufrimiento según su capacidad para alterar mercados, fronteras o elecciones. Después llegan los aniversarios solemnes, las declaraciones universales y las fotografías de familia, y la palabra paz reaparece recién planchada para la ocasión.

El Mediterráneo sabe bastante de esa contradicción. Lo hemos convertido sucesivamente en cuna de civilizaciones, destino turístico, frontera estratégica y cementerio, según la hora del día y el interlocutor. Al otro lado está África, continente al que Europa lleva siglos mirando de una manera particularmente selectiva. Vemos con extraordinaria claridad sus minerales, sus mercados, sus recursos energéticos y su posición estratégica; padecemos, en cambio, una curiosa miopía para sus desplazados, sus guerras y sus vidas rotas. África se vuelve urgentemente visible cuando llega a Canarias o cuando un grupo de jóvenes se aproxima a Ceuta. Entonces aparece de golpe en tertulias, estadísticas y campañas electorales.

Las concertinas que estuvieron instaladas en las vallas españolas de Ceuta y Melilla fueron retiradas. El dato es el dato y conviene no estropear una columna manipulándolo. Pero este agosto las cuchillas han vuelto a ocupar imágenes de la frontera, esta vez en el dispositivo levantado en territorio marroquí frente a Ceuta. El cambio geográfico no disminuye la fuerza de la escena. Una concertina es uno de esos objetos que dicen demasiado sin abrir la boca: un rollo de metal destinado a demostrar que la política también puede tener filo.

Migración. Ceuta

Miles de jóvenes marroquíes tratan de cruzar la valla fronteriza con Ceuta (España). Foto: EFE

Las fronteras

Y ahí entra una palabra que utilizamos tanto que quizá deberíamos someterla a una revisión técnica: solidaridad. La hemos impreso en pancartas, estatutos, campañas institucionales y discursos dominicales hasta dejarla extraordinariamente lustrosa. El problema comienza cuando esa palabra baja del escenario y llega a una frontera. Allí ya no vale proclamarla; hay que decidir qué significa. Si alcanza también al desconocido, al extranjero, al que llega sin nada que ofrecer a cambio, o si se trataba únicamente de una virtud para tiempos de bonanza.

Naturalmente, un país necesita fronteras, policía, normas de entrada, procedimientos y una política migratoria que no consista en improvisar cada vez que aparece una crisis. Pero entre gobernar una frontera y convertirla en un argumento contra la condición humana existe una distancia enorme. La democracia no pierde autoridad cuando aplica la ley; empieza a perderla cuando necesita desfigurar al hombre para poder aplicarla sin escrúpulos.

Aquí la política debería recuperar una palabra que parece anticuada porque no cabe bien en un tuit: decencia. Decencia para no utilizar el miedo como combustible electoral. Decencia para no transformar a seres humanos en una amenaza colectiva porque resulte rentable en una campaña. Decencia para comprender que seguridad y humanidad no son términos enemigos salvo cuando alguien tiene interés en presentarlos así. Y decencia, también, para reconocer que ninguna alambrada resuelve por sí sola aquello que empieza miles de kilómetros antes.

Europa puede llenar su perímetro de tecnología, cámaras, sensores y acero. Puede levantar una frontera prodigiosamente moderna. Pero ninguna frontera responderá a la pregunta que llega caminando desde África: qué hacemos con un mundo cuya riqueza viaja con pasaporte diplomático mientras su pobreza necesita saltar una valla.

Ésa es la pregunta política que las concertinas no consiguen cortar.

Cervantes, que perdió sangre antes de ganar literatura, sabía que el hierro tiene demasiada facilidad para convertirse en argumento. Por eso me interesa leerle desde el final y no desde el principio. No las armas. La paz. No la gloria del combate. La paz. No la solemnidad de quienes deciden desde lejos. La paz. Y si esta interpretación es una licencia, la asumo: creo que el viejo soldado de Lepanto, después de contemplar nuestra sofisticada industria de matar y nuestra rudimentaria capacidad para entendernos, nos mandaría dejar de presumir tanto de lanzas.

Y probablemente preguntaría cuándo pensamos convertir alguna en arado