Durante siglos, la teología moral se ocupó principalmente de los pecados cometidos contra Dios y contra el prójimo. Hoy, sin abandonar esa tradición, la Iglesia está dando un paso cualitativo al reconocer que la destrucción de los ecosistemas constituye una ofensa contra la creación y contra el Creador.
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La reciente reflexión de la Comisión Teológica Internacional consolida un desarrollo doctrinal que comenzó con san Pablo VI, fue profundizado por san Juan Pablo II y Benedicto XVI y alcanzó una formulación decisiva durante el pontificado de Francisco, mediante el desarrollo de categorías como ecología integral o conversión ecológica.
Colaboración con muchos
Con León XIV, este proceso entra en una nueva etapa. La Iglesia comienza a impulsar espacios de discernimiento y acción compartidos en los que científicos, ecologistas, empresarios, teólogos, responsables políticos y comunidades afectadas por la degradación ambiental son convocados a colaborar ante una crisis que no es solamente ecológica, en el sentido meramente ambiental, sino también humana, moral y espiritual; y por eso, desde la mirada católica, la llamamos ecológica integral.
Cuando, en 1970, el científico Arthur Galston acuñó el término ecocidio, lo hizo para describir la devastación ambiental producida por el “agente naranja”, herbicida altamente tóxico que utilizó Estados unidos durante la Guerra de Vietnam. Con el paso de las décadas, el concepto se amplió hasta incluir aquellas actividades capaces de provocar daños graves, extensos o duraderos sobre los ecosistemas.
Hoy el ecocidio se ha convertido en una de las propuestas más importantes del derecho internacional contemporáneo. Sus defensores pretenden que sea reconocido por la Corte Penal Internacional como un quinto crimen internacional, junto al genocidio, los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad y el crimen de agresión.
Como hito jurídico, hace unos días, los medios de comunicación sorprendían con la noticia de que América Latina cuenta ya con una Ley Modelo de Ecocidio, que pretende ofrecer una guía técnica y jurídica de referencia para fortalecer futuras iniciativas legislativas en la región.
Mientras el debate jurídico avanza, la cuestión ha adquirido una dimensión inesperada: la teológica. La pregunta ya no es únicamente si la destrucción masiva de la naturaleza constituye un delito. La pregunta es si también constituye un pecado; esto es, una ruptura de las relaciones del ser humano con Dios Creador y su creación.
Progresión gradual del Magisterio
La explícita preocupación ecológica de la Iglesia no apareció de repente con Laudato si’ (2015) del papa Francisco. Ya en 2001, san Juan Pablo II denunciaba que la humanidad había “devastado sin vacilación” bosques, ríos, mares y ecosistemas enteros. Utilizó expresiones de una dureza inusual al afirmar que “la humanidad ha defraudado las expectativas divinas”.
Años después, Benedicto XVI retomó esta preocupación recordando que la Iglesia tiene la responsabilidad de defender la creación como un don de Dios para todos, subrayando la necesidad de “proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”.
Sin embargo, con Francisco se produjo un salto cualitativo. La publicación de Laudato si’ situó la cuestión ecológica en el centro de la pastoral social como una de las grandes prioridades de la Iglesia universal. Por primera vez, un documento magisterial articulaba en una misma visión la protección de la naturaleza, la justicia social, los pobres, la economía, la espiritualidad y la sacramentalidad de la creación.
La crisis ecológica dejó entonces de percibirse únicamente como un problema técnico, científico o económico para ser comprendida también como una cuestión moral, antropológica y teológica de primer orden. Esto es la ecología integral católica.
A partir de ese momento, el deterioro de los ecosistemas comenzó a interpretarse no solo como una amenaza para el bienestar humano, sino también como una herida infligida a una creación querida y amada por Dios.
Pecado ecológico y su vinculación con el ecocidio
Uno de los momentos más significativos de esta evolución se produjo durante el Sínodo para la Amazonía en 2019. Allí apareció formalmente la expresión “pecado ecológico”, definida como toda acción u omisión contra Dios, contra el prójimo y contra la creación.
Francisco retomaba una intuición ya presente en la tradición ortodoxa y en las palabras del patriarca Bartolomé, quien había afirmado años antes que contaminar las aguas, destruir bosques o provocar la extinción de especies podía considerarse un pecado.
La idea era sencilla, había estado presente de forma implícita en el desarrollo de la teología de la creación desde siempre, pero su formulación resultó profundamente revolucionaria: dañar gravemente la creación no es únicamente una mala gestión de recursos. Es una triple ruptura de relaciones: con Dios, con los demás seres humanos y con el resto de las criaturas no humanas.
Francisco fue más lejos. El 15 de noviembre de 2019, durante un discurso dirigido a los participantes del XX Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Derecho Penal, pidió explícitamente que el ecocidio fuera reconocido por la comunidad internacional como una categoría autónoma de crimen.
En una intervención de relevancia jurídica, definió el ecocidio como la pérdida, daño o destrucción de ecosistemas de tal magnitud que comprometiera gravemente el disfrute de esos territorios por parte de sus habitantes, y sostuvo que debía ser reconocido como una quinta categoría de crimen contra la paz, junto a los ya contemplados por el derecho penal internacional.
Su objetivo estaba claro: garantizar una protección jurídica efectiva de la casa común, reconociendo que las formas más graves de devastación ambiental no son simples fallos regulatorios, sino atentados contra bienes esenciales para la vida humana, las generaciones futuras y la integridad de la creación, que exigen una respuesta jurídica internacional adecuada.
Nueva contribución de la Comisión Teológica Internacional
La aportación más novedosa ha llegado de la mano de la Comisión Teológica Internacional con la publicación, el 2 de septiembre de 2026, del documento ‘Cuidar nuestra Casa común. Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario’, autorizado por León XIV tras varios años de trabajo.
El texto es un desarrollo teológico dogmático sobre la ecología integral y el cuidado de la creación. Sostiene explícitamente que “la cuestión ecológica es una cuestión teológica” y propone una fundamentación específicamente cristiana del cuidado de la creación, profundizando en aspectos dogmáticos esbozados en Laudato si’.
El documento recomienda evitar la expresión “pecado ecológico”, ya que esta podría diluir la ofensa a Dios y al prójimo. Por ello, propone la formulación más precisa de pecado contra la creación y contra el Creador, subrayando no solo el daño infligido al mundo creado, sino también la ruptura con el deseo o designio divino, que confía al ser humano la responsabilidad de custodiar la casa común y al hermano que la habita.
De este modo, el documento de la Comisión Teológica Internacional interpreta teológicamente las conductas que provocan el ecocidio. El concepto de ecocidio designa técnicamente la devastación grave de los ecosistemas.
La categoría teológica de pecado contra la creación y contra el Creador permite expresar la dimensión moral y religiosa de dichos actos. De este modo, el ecocidio aparece como la manifestación histórica de una realidad más profunda que la reflexión teológica identifica expresamente como pecado contra la creación y contra el Creador.
¿Qué cambia si el ecocidio es pecado?
Las consecuencias de este desarrollo doctrinal son profundas. La primera es espiritual. La destrucción ambiental deja de pertenecer exclusivamente al ámbito de la política, la economía, la legislación o la gestión de recursos para entrar también en el examen de conciencia del creyente.
Si el deterioro de la creación puede entenderse como una ofensa contra lo creado y contra el Creador, entonces las decisiones personales y colectivas que dañan los ecosistemas adquieren una inédita relevancia moral. La conversión ecológica deja de ser una recomendación opcional para convertirse en una dimensión constitutiva de la vida cristiana.
Además, la distinción conceptual entre pecado contra la creación y ecocidio amplía significativamente el alcance de la responsabilidad moral. Mientras que el ecocidio constituye una categoría legal, técnica o jurídica, reservada a formas especialmente graves de delito ambiental, el pecado contra la creación remite a una evaluación ética y teológica más amplia.
Que una acción contra lo creado no esté legalmente reconocida como ecocidio, no deja de ser un acto moralmente reprobable para la Iglesia. Esta diferenciación permite reconocer como cuestionables no solo los actos de devastación masiva de los ecosistemas, sino también aquellas conductas que, aun sin producir daños de magnitud ecocida, contribuyen al deterioro de la creación.
La segunda consecuencia es pastoral. Las comunidades cristianas adquieren una responsabilidad educativa en relación con el cuidado de la casa común. La catequesis, la formación teológica, la vida sacramental y la acción caritativa están llamadas a integrar una visión más amplia de la responsabilidad humana hacia la creación.
No se trata únicamente de promover hábitos sostenibles, sino de ayudar a descubrir el significado espiritual y teológico de un mundo que la fe reconoce como don de Dios y espacio de encuentro con Él.
La tercera consecuencia es social y jurídica. La Iglesia puede ofrecer una fundamentación moral, desde la antropología cristiana, capaz de reforzar los esfuerzos internacionales orientados a proteger los ecosistemas frente a las formas más graves de devastación ambiental.
Esta contribución resulta especialmente relevante porque conecta la defensa de la naturaleza con la protección de las poblaciones humanas más vulnerables. Cuando se destruyen bosques, humedales, arrecifes o tierras fértiles, no solo desaparecen especies, paisajes y biodiversidad; también se deterioran las condiciones de vida de millones de personas que dependen de esos ecosistemas.
Finalmente, la consecuencia más profunda es probablemente teológica. La reflexión ecológica desarrollada por el Magisterio reciente permite comprender la creación como una realidad dotada de significado y, al mismo tiempo, reafirmar la singular dignidad del ser humano como imago Dei.
Esta reafirmación de la dignidad humana no es baladí. El siglo XX ha mostrado hasta dónde pueden conducir las ideologías que pretenden fundamentar el valor de las personas en criterios puramente biologicistas. Determinadas lecturas sociales de la selección natural contribuyeron a legitimar políticas eugenésicas, racistas y, finalmente, el genocidio más devastador de la historia contemporánea.
Frente a ello, la propuesta cristiana sostiene simultáneamente el valor de la creación y la dignidad inviolable de toda persona humana, sin excepción. La creación posee un valor intrínseco porque es querida por Dios, pero también sostiene las condiciones que hacen posible la vida humana.
Por ello, destruir ecosistemas no solo daña la naturaleza; también hiere especialmente a los pobres, las comunidades más vulneradas y las generaciones futuras. Cuidar la creación significa así proteger conjuntamente la dignidad humana y una realidad material creada, llamada a alcanzar su plenitud en Cristo.
Con Cristo en el centro
Lo que comenzó como una preocupación por la contaminación y el deterioro de la biosfera, expresada por san Juan Pablo II, se ha convertido progresivamente en una reflexión antropológica sobre las relaciones entre la creación, el ser humano y Dios Creador.
La forma en que habitamos el mundo depende de cómo comprendemos, y nos comprendemos a nosotros mismos, en relación con su origen, significado y destino. Por ello, Francisco recordaba en Laudato si’ que “el fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo”.
La conversión ecológica implica así un cambio de mirada antes que un mero cambio de comportamiento. Supone, para el cristiano, reconocer que el verdadero centro de la creación no es el ser humano, sino Cristo. Esta visión proporciona un fundamento sólido para el cuidado de la casa común y permite superar tanto el “antropocentrismo depredador” como aquellas formas de biocentrismo que diluyen la dignidad del ser humano.
Por eso, el paso dado recientemente por la Comisión Teológica Internacional resulta tan significativo: aquello que hoy entendemos por ecocidio a nivel secular no constituye únicamente un daño ambiental o una injusticia social, sino también un pecado contra Dios y contra su obra, con todas las implicaciones salvíficas que ello supone para los cristianos.
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María del Carmen Molina Cobos es miembro del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española.

