Existe un contraste feroz entre la fe de la mujer cananea y nuestra costumbre de pasarle factura a Dios en la vida cotidiana. Nos hemos vuelto contables del espíritu. Fichamos a diario en la oración, cumplimos la norma, nos esforzamos en la virtud y, casi sin darnos cuenta, empezamos a exigir.
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Convertimos la relación con Dios en un pacto de reciprocidad. Damos por sentado que la constancia nos otorga una suerte de prioridad moral, una preferencia en el reparto de las gracias y de los milagros.
Por eso escuece tanto ver un milagro en la vida del que estaba lejos. Nos desconcierta profundamente que alguien que ha vivido al margen de la fe, o alejado de toda práctica religiosa, experimente de pronto una intervención divina extraordinaria.
Frente al favor inesperado que recibe el “lejano”, el alma creyente experimenta a menudo la amargura del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Aquel hombre jamás había abandonado la casa paterna ni había desobedecido una sola orden de su padre. Sin embargo, se indigna y se llena de despecho al ver cómo se organiza un gran banquete para festejar el regreso de su hermano menor, quien se lo había gastado todo en una vida desordenada.
Cegados por la contabilidad
El hijo mayor sentía que su fidelidad intachable le daba derecho a una recompensa. Para él, la generosidad inmerecida del padre hacia el pecador era una injusticia directa contra sus propios méritos.
En esa búsqueda ciega de reciprocidad nos pasa exactamente como al primogénito de la parábola: cegados por la contabilidad, el alma no se da cuenta de que Dios ya está realizando en nuestra propia vida constantes y pequeños milagros invisibles. No vemos la gracia diaria porque estamos ocupados midiendo el banquete ajeno.
En nosotros surge ese mismo clamor silencioso del que se siente desatendido a pesar de su constancia. Aparece esa pregunta punzante y amarga que resonaba de fondo en la carta que el joven Renzo le enviaba al Papa en su reciente viaje apostólico a Barcelona: “¿Por qué a unas personas les pasan cosas malas y a otras no? ¿De quién es la culpa?”. Brota el ansia de buscar responsables, el agravio comparativo, la queja por el reparto aparente de la suerte y del dolor. Ahí irrumpe la figura de la cananea como un espejo sanador y exigente. Sobre este pasaje bíblico volvía precisamente, el domingo 16 de agosto, León XIV durante el rezo del ángelus, recordando cómo esta mujer extranjera nos regala una lección luminosa de fe humilde y perseverante. Ella acude desprovista de cualquier credencial religiosa o mérito previo.
El papa León XIV reza el ángelus en Castel Gandolfo. Foto: Vatican Media
Cuando se acerca a Jesús, no aparece esgrimiendo un historial de buenas obras ni reclamando una atención a la que tenga derecho. Tropieza con el rechazo inicial de los discípulos, que la ven como una presencia molesta, e incluso se topa con el muro del aparente silencio de Cristo. Y, sin embargo, no se indigna. No busca culpables ni se deja arrastrar por el despecho del hijo mayor. Responde con una confianza absoluta que desarma toda lógica de méritos.
Como señalaba León XIV en su alocución, la cananea nos enseña que en la mesa de Dios hay sitio para todos. Nos recuerda que la gracia no es un privilegio reservado para unos pocos que se creen con derecho a ella, sino un regalo inmerecido que abraza a quienes se reconocen sinceramente necesitados.
A la cananea no le hace falta exigir el sitio de los hijos en la mesa. Le basta la certeza de que Dios es infinitamente bueno y que hasta la más pequeña de sus gracias —una simple migaja de su misericordia— tiene poder suficiente para sanar la vida de su hija. Su fe no nace de la presunción sobre sus méritos, sino de la lucidez de su propia pobreza.
La aparente “falta de milagros”
Nuestra queja cotidiana ante la aparente “falta de milagros” delata lo contrario: una fe aburguesada, exigente y calculadora. Cuando nos comparamos con quienes reciben gracias extraordinarias sin haber “trabajado la viña” desde primera hora, olvidamos que Dios no gestiona nóminas, sino que actúa según la libertad insondable de su amor.
El milagro concedido al que estaba lejos no es un agravio contra el que está cerca. Es, muchas veces, el aldabonazo que esa persona necesitaba para despertar a la fe, un toque de gracia inicial en su camino.
Esta apertura sin fronteras de la fe que León XIV destacaba en el ángelus del 16 de agosto no se queda en una reflexión íntima de sacristía. Compromete de lleno la mirada ante las heridas e injusticias de nuestro mundo.
El Pontífice recordaba que resulta insoportable cualquier barrera o discriminación que pretenda marginar a los demás o negar su dignidad. Conectaba así esa fe que no exige méritos con la urgencia de construir una paz justa y fraternal en lugares arrasados por el conflicto. Quien le exige derechos a Dios suele acabar pisoteando los derechos de su vecino.
Para quien ya camina en la fe, el silencio de Dios o la ausencia del milagro espectacular no es un signo de abandono, sino una purificación del corazón.
Al hijo mayor, el padre de la parábola tuvo que recordarle que su verdadero privilegio era estar siempre juntos en casa y compartirlo todo. Estar en su presencia es ya el gran banquete.
La lección de la cananea y la llamada que nos hace León XIV nos piden abandonar la contabilidad del espíritu. Nos enseñan a pasar de una fe infantil que busca la confirmación visible a una fe adulta que sabe sostenerse en la humildad, alegrarse sin envidia por el bien recibido por el prójimo y comprender que la presencia discreta de Dios —con sus constantes y pequeños prodigios cotidianos— es ya, hoy y siempre, el verdadero milagro.
