Tribuna

El diálogo católico-anglicano ante una nueva realidad

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El decreto ‘Unitatis redintegratio’ del Concilio Vaticano II abrió la puerta a una nueva era en las relaciones entre católicos y anglicanos. En 1966 tuvo lugar la primera reunión en siglos entre el Papa y el arzobispo de Canterbury. Desde entonces, el diálogo ecuménico entre la Iglesia católica y la Iglesia de Inglaterra ha progresado mucho.



Durante estas décadas, el diálogo católico-anglicano ha sido sinónimo de diálogo Roma-Canterbury. Pero, ¿qué ocurre cuando una de las partes deja de ser centro? El diálogo ecuménico no está, ni debe estar, en duda. No obstante, ¿puede sostenerse hoy que Canterbury siga siendo el único interlocutor anglicano de la Iglesia católica?

La ruptura de la Comunión Anglicana

En 1971, la diócesis de Hong Kong y Macao se convirtió en la primera circunscripción eclesiástica anglicana en aprobar la ordenación sacerdotal de mujeres. Aunque revolucionaria, esta decisión tuvo un impacto limitado, restringido a la jurisdicción de la diócesis, pero abrió un camino para otras iglesias pertenecientes a la Comunión Anglicana: tan solo cinco años después la Convención General de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos dio el mismo paso.

A Europa esta tendencia tardó algo más en llegar, ya que no fue hasta 1992 cuando el Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra votó a favor de que las mujeres pudieran acceder al sacerdocio. Dos años más tarde tuvieron lugar las primeras ordenaciones sacerdotales de mujeres, justo cuando el papa Juan Pablo II reafirmaba la posición tradicional de la Iglesia a este respecto en la carta apostólica ‘Ordinatio sacerdotalis’.

Esta tendencia favorable a la ordenación sacerdotal de mujeres no fue homogénea ni unánime dentro de la Comunión Anglicana, pues muchas de las iglesias miembros, especialmente en África, expresaron su desacuerdo y no siguieron este modelo.

Además, la ordenación sacerdotal de mujeres no fue el único punto de fricción entre las iglesias anglicanas, pues en los años siguientes surgieron nuevos desacuerdos en otras materias, como la ordenación de clero homosexual o, más recientemente, la celebración de matrimonios entre personas del mismo sexo. La acumulación de desavenencias llevó a la creación en 2008 de la Conferencia Global del Futuro Anglicano (GAFCON), un foro conformado por los prelados de las iglesias anglicanas más próximas a los postulados tradicionales.

En los años siguientes las divergencias entre GAFCON y la Comunión Anglicana fueron en aumento, hasta el punto de provocar una ruptura. En 2014 el Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra votó a favor de la ordenación episcopal de mujeres; al año siguiente fue designada la primera mujer obispo para la diócesis de Stockport.

Muchas iglesias de la Comunión Anglicana consideraron inaceptable este paso, pero decidieron permanecer dentro de la estructura, hasta que en el otoño de 2025 la Iglesia de Inglaterra designó a una mujer, Sarah Mullally, como arzobispo de Canterbury, sede cuyo ocupante es primado de Inglaterra y líder espiritual de la Comunión Anglicana.

Tan solo unos días después de la designación de Mullally, GAFCON emitió un comunicado rechazando la decisión de la Iglesia de Inglaterra y anunciando la creación de una Comunión Anglicana Global, cuya sede estará situada en Abuja, Nigeria, según se anunció en agosto de este año.

Sarah Mullally con León XIV

Sarah Mullally en audiencia con León XIV. Foto: Vatican Media

El diálogo con un centro que ya no es centro

Desde que el papa Pablo VI recibiese en el Vaticano al arzobispo de Canterbury Michael Ramsey han transcurrido sesenta años. En estas seis décadas el diálogo ecuménico entre católicos y anglicanos ha avanzado de forma muy notable, sin ignorar ingenuamente las diferencias que separan a ambas iglesias, pero con un compromiso firme en pro de la unidad de los cristianos.

Varios son los hitos que jalonan este acercamiento: en 1982 Juan Pablo II se convirtió en el primer Papa que visitó el Reino Unido, en 1995 la reina Isabel II acudió por primera vez a la Catedral de Westminster para asistir a un acto ecuménico. Más recientemente, el rey Carlos III oró junto al papa León XIV en la Capilla Sixtina en octubre de 2025.

Carlos III con León XIV en la Capilla Sixtina

Carlos III con León XIV en la Capilla Sixtina. Foto: Vatican Media

Hay una voluntad innegable por parte de católicos y anglicanos de seguir acercándose, de avanzar en el diálogo ecuménico. No obstante, las diferencias entre ambos se han acrecentado en algunos otros ámbitos en las últimas décadas: la Iglesia católica considera la ordenación sacerdotal de mujeres un grave obstáculo a la plena comunión; además, la celebración de matrimonios entre personas del mismo sexo (no por parte de la Iglesia de Inglaterra, pero sí de otras iglesias miembro de la Comunión Anglicana) choca frontalmente con la doctrina católica.

Sin embargo, hoy está ocurriendo algo en el anglicanismo que, posiblemente, el diálogo ecuménico no está teniendo suficientemente en cuenta: la Comunión Anglicana se está rompiendo. La nueva Comunión Anglicana Global, formada mayoritariamente por iglesias africanas, reúne, según distintas estimaciones, a alrededor del 80% de los fieles anglicanos en todo el mundo.

No se puede negar la importancia histórica y simbólica de la sede de Canterbury para el anglicanismo, pero a juzgar por las estadísticas, resulta bastante evidente que el epicentro del anglicanismo se ha desplazado hoy desde Inglaterra hasta el continente africano. Ante esa evolución clave en la Comunión Anglicana, cabe preguntarse: ¿por qué Canterbury debe seguir siendo el único interlocutor de Roma dentro de esa confesión?

El hecho de que las iglesias miembros de la Comunión Anglicana Global mantengan postulados más tradicionales en algunas cuestiones que la Iglesia de Inglaterra no debe hacernos pensar que por ello son más cercanas a Roma. Las iglesias anglicanas que se han apartado de la Comunión Anglicana pueden estar más cerca de la Iglesia católica en algunas cuestiones como la moral sexual o la ordenación sacerdotal, pero eso no elimina el resto de diferencias en muchos otros ámbitos, como la primacía pontificia o los dogmas marianos. Pero precisamente el ecumenismo no obliga a renunciar a las propias convicciones para hablar con el otro, sino que el diálogo sincero se basa precisamente en el reconocimiento respetuoso de aquellos elementos que son distintivos de cada confesión.

Tradicionalmente, la Santa Sede ha tenido a la Iglesia de Inglaterra como principal interlocutor en el diálogo ecuménico con la Comunión Anglicana. Renunciar a esa interlocución sería dañino para los avances ecuménicos de las últimas décadas, así como contraproducente para la unidad de los cristianos.

Sin embargo, se ha de reconocer que el anglicanismo de hoy no es el mismo que el de los años 60: entonces Canterbury no solo podía ejercer una primacía simbólica, actuar como un ‘primus inter pares’, sino que la Iglesia de Inglaterra desempeñaba un papel central dentro de la Comunión Anglicana. Hoy, sin embargo, resulta difícil sostener que esa situación se sigue manteniendo.

Ampliar el diálogo ecuménico a otros interlocutores, especialmente a la Comunión Anglicana Global, no solo no sería insultante para la Iglesia de Inglaterra, sino que puede ser beneficioso por dos razones: en primer lugar, porque el diálogo ecuménico de Roma se adaptaría a la realidad actual del anglicanismo, no quedaría congelado en una relación con una única Iglesia que ya no puede, de manera razonable, ser considerada el punto de referencia exclusivo; en segundo lugar, profundizar en el diálogo ecuménico con la Comunión Anglicana Global puede producir grandes frutos, puesto que las cuestiones que se aborden probablemente difieran de las que se abordan habitualmente con la Iglesia de Inglaterra, y de este modo la Iglesia católica podría embarcarse en una labor ecuménica más eficaz, que reconozca la amplitud y diversidad del anglicanismo actual.

De la crisis anglicana al diálogo ecuménico

La crisis en el anglicanismo abre una nueva ventana al diálogo ecuménico católico-anglicano. La aparición de un nuevo epicentro anglicano no debe ser ignorada por Roma si verdaderamente se pretende que el ecumenismo dé frutos y que no se limite a conversaciones convencionales con un centro que ya no es centro.

El diálogo de Canterbury no debe abandonarse o minimizarse porque la Iglesia de Inglaterra atraviese un período de dificultades, pues los trabajos por la unidad de los cristianos no pueden llevarse a cabo sobre la base de meros cálculos geopolíticos; pero la tradición de mantener a Canterbury como principal interlocutor no puede ser óbice para ampliar el diálogo a otros centros.

El ecumenismo debe reconocer lo que esa interlocución ha conseguido en estas seis décadas, pero no puede permanecer anclado en un modelo que ya no responde a la realidad actual.