Se cumple ahora el primer año de ministerio episcopal entre vosotros como obispo diocesano. No puedo dejar de dar gracias a Dios por todo lo que Él obra en vosotros. Quiero haceros llegar mi agradecimiento por vuestra fe, por todas las comunidades cristianas, por vuestra entrega, servicio y testimonio de vida cristiana. Gracias a todos vosotros: presbíteros, diáconos, monjas, religiosos y religiosas, vírgenes consagradas, seminaristas, familias, laicos y laicas de nuestra Iglesia de Urgel.
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Como pastor de esta diócesis, agradezco a Dios el ministerio episcopal milenario de todos mis hermanos obispos que la han guiado y la han amado, desde el obispo san Justo hasta el arzobispo Joan-Enric Vives, mi predecesor en esta antigua sede episcopal.
Como Iglesia que camina en Urgel, soy testigo de vuestro amor por nuestra Iglesia diocesana. Formar parte de ella es un gozo, porque nos sentimos “familia diocesana”, con las particularidades y riquezas que comporta nuestra diversidad histórica y geográfica. Vuestro compromiso eclesial se manifiesta en la participación en muchos aspectos de la vida diocesana: algunos asumiendo responsabilidades a nivel diocesano, arciprestal y parroquial; otros, formando parte de la vida de las diversas parroquias, en movimientos eclesiales, en grupos de jóvenes, educadores en actividades recreativas, y en las clases de religión.
Os llevo en mi corazón de pastor; me complace dirigiros esta carta pastoral, después de este primer año y después de haber consultado al Consejo Presbiteral y al Consejo Diocesano de Pastoral. Deseo compartir con vosotros las prioridades que han de marcar la vida y el trabajo de nuestra Iglesia diocesana en estos próximos años. Prioridades que nos han de ayudar a reflexionar, a discernir y a encontrar metodologías que nos lleven a fortalecer o dar respuesta a las realidades pastorales actuales. Por este motivo, cada uno -desde nuestra corresponsabilidad en la vida de la Iglesia-hemos de sentirnos invitados a reflexionar sobre ellas y a buscar la manera de llevarlas a la práctica.
1. En unión con Cristo
“No nacemos cristianos, sino que nos hacemos cristianos”. Así lo afirma Tertuliano, pensador y teólogo del siglo II. Desde un punto de vista personal, esta frase subraya la elección y la decisión consciente, la convicción y el compromiso personal que comporta acoger el don de la fe en la propia vida. Sociológicamente hablando, mantiene su actualidad. La fe no se transmite espontáneamente en nuestra sociedad actual. El mismo verbo “hacerse” nos indica todo un proceso: ir configurando nuestro ser, nuestra vida, con el Evangelio de Cristo, una gozosa tarea que dura toda la vida.
Por medio del Bautismo nos unimos a Cristo e injertados en Él recibimos su Vida. Y mantenemos esta unión personal con Cristo por medio de los sacramentos que la Iglesia nos ofrece, de la oración y de la comunión de vida con el Señor. El evangelista san Juan nos recuerda las palabras del Señor: “Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).
Conscientes de este hacernos cristianos, de esta verdad, conviene que nos sintamos llamados a acompañar a las personas en su camino de fe, teniendo en cuenta su propia realidad, para conducirlas a encontrarse personalmente con el Señor.
Cuando en Madrid los jóvenes preguntaron a León XIV cómo podrían acompañar a los demás en el proceso de descubrir la belleza de la fe, el Santo Padre les recomendó escuchar la voz de Dios. Para reconocer la voz de Dios les indicó, en primer lugar, el camino del silencio, que es donde Dios nos puede hablar o donde podemos discernir la voz de Dios [1]. En segundo lugar, junto con el silencio, los invitó a la oración: Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser [2]. Y, en tercer lugar, les recordó que es necesario escuchar la Palabra de Dios para reconocer la voz viva de Dios, porque es Cristo, cuya voz continúa resonando en la Iglesia, que es su Cuerpo [3].
Por este motivo, animo a todas las comunidades cristianas a mantener el espíritu de acogida y la actitud de escucha hacia las personas que anhelan crecer en su vida cristiana. Que puedan encontrar “escuelas de oración”, personas y comunidades en las que puedan aprender a orar, conociendo métodos y formas variadas que lleven a vivir la oración para “tratar de amistad, estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama”, como afirmaba santa Teresa de Jesús.
Ante la diversidad de situaciones y de experiencias personales, necesitamos ofrecer procesos diferenciados que respondan a sus propias necesidades: niños que participan en la catequesis de iniciación a la vida cristiana y sus familias, adultos que desean ser cristianos, personas que vuelven a la fe después de haber recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, etc.
Por ello, os invito a ofrecer el Catecumenado a quienes desean hacerse cristianos (niños, jóvenes y adultos) siguiendo el itinerario previsto en el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos (RICA), y teniendo en consideración las indicaciones catequéticas y litúrgicas de su capítulo quinto: “Ritual de la iniciación de los niños que han llegado a la edad de la catequesis”.
Esta unión con Cristo se fortalece en la celebración del sacramento de la Eucaristía. Cuando comulgamos entramos en comunión con Cristo, que toma totalmente nuestro ser. Al recibir la Eucaristía nos unimos íntimamente al Señor; esta comunión con Él se o gracias al alimento de su Cuerpo y de su Sangre. Es una unión que produce un efecto en nosotros, tal como nos recuerda el Concilio Vaticano II, citando a san León Magno: “La participación del cuerpo y de la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en aquello que recibimos” (cf. ‘Lumen gentium’, 26).
Los frutos que recibimos del sacramento de la Eucaristía nos han de llevar a desearlos. Participar en la Eucaristía, formarnos para comprenderla mejor, celebrar y vivir el domingo han de ser acciones que debemos fomentar en nuestras comunidades cristianas, porque la Eucaristía es “fuente y cima de la vida cristiana” (cf. ‘Lumen gentium’, 11).
Quisiera terminar este primer punto con san Juan de la Cruz, con esta estrofa poética:
“¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche!” [4]
Tenemos la certeza de que Jesús es la Fonte y allí beberemos de la vida verdadera, pero es de noche, el mundo no facilitará la misión y tendremos dificultades; pero precisamente podremos superarlas porque hemos encontrado la Fonte.
2. En comunión con los hermanos
San Pablo, en sus cartas, y especialmente en 1Cor 12,12-31, utiliza la imagen del “Cuerpo de Cristo” para explicar que cada cristiano, aunque tenga funciones y carismas diferentes en la Iglesia, es miembro esencial de ella, unido a Cristo como cabeza del cuerpo y unido también a los demás: “así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo al quedar unidos a Cristo, y somos miembros los unos de los otros” (Rom 12, 5). Esto implica la unión con todos los bautizados, y preocuparnos los unos de los otros (cf. 1 Cor 12, 25).
Os agradezco y os animo a vivir la atención, que Simone Weil describe así: “vaciar el alma para dejar que entren en ella los pensamientos de la sabiduría eterna [5]”; y también a ayudar a las personas que más sufren, tanto entre nosotros como lejos de nosotros. Como nos ha recordado el Papa, “los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche [6]”.
Cáritas y Manos Unidas, siguiendo el Evangelio, nos motivan a ser solidarios y nos permiten canalizar nuestras aportaciones. Os agradezco también todas las ayudas que, desde el corazón y desde el anonimato, continuáis realizando con vuestros vecinos y con todas aquellas personas que, dejando sus países y sus culturas, conviven entre nosotros, en nuestros pueblos y ciudades. Os invito a mantener el espíritu de acogida de todas las personas migrantes en nuestras comunidades, reconociendo e integrando la riqueza y el valor de todo lo que aportan, porque “integrar es abrir espacio para que una persona pueda sentirse corresponsable [7]”.
Recordando la imagen bíblica de la tienda, empleada en el documento de trabajo para la etapa continental del Sínodo, hemos de mantener esta actitud acogedora, abierta, inclusiva, que responda a la invitación: “Ensancha el espacio de tu tienda” (Is 54,2).
Soy consciente de que no es una tarea fácil y que en algunos momentos puede perturbarnos, pero somos cristianos y nuestros valores son de una dimensión y de una amplitud propias de Dios.
3. Corresponsables en la misión, somos enviados
El papa Francisco nos recordaba en ‘Evangelii gaudium’ que “en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización impulsado por actores cualificados y donde el resto del pueblo fiel fuese solo receptivo de sus acciones” (cf. EG 120).
Quisiera remarcar esta idea de la participación de todos los fieles en la misión de la Iglesia, no motivada por una disminución del número de presbíteros en nuestra Iglesia diocesana respecto de las décadas anteriores, sino como consecuencia de nuestra condición bautismal y de nuestra unión con Dios. El Papa Francisco nos continuaba diciendo en ‘Evangelii gaudium’ : “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús; ya no decimos que somos ‘discípulos’ y ‘misioneros’, sino que somos siempre ‘discípulos misioneros’. Estas dos realidades no las podemos disociar; ambas están relacionadas”.
Y ahora podríamos añadir, a este ser “discípulos misioneros”, la actitud de colaboración y responsabilidad vivida por cada fiel. De manera muy sintética, el Documento Final del Sínodo (DF) lo expresa con dos palabras: “corresponsabilidad diferenciada” (cf. DF 77). Utiliza esta expresión al referirse a la necesidad de ofrecer a los hombres y mujeres, a los fieles laicos, más oportunidades de participación en los lugares de responsabilidad y en la toma de decisiones.
Es necesario que fomentemos el buen funcionamiento de los organismos de participación diocesanos y parroquiales (como, por ejemplo, el Consejo de Pastoral y el Consejo de Economía) por el bien de nuestra Iglesia y de nuestras comunidades cristianas. Participar activamente en ellos, sintiéndonos corresponsables en la acción evangelizadora de la Iglesia.
Pero, sobre todo, hemos de sentirnos enviados a nuestro mundo, como discípulos del Resucitado. Cada cristiano, respondiendo a su vocación cristiana, ha de ser portador y testigo del Evangelio en el mundo. Por ello, necesitamos devolver a la vocación su sentido más profundo: una llamada de Dios al servicio y a la misión para los demás, desde cualquier compromiso de vida cristiana. Todas las vocaciones (laical, matrimonial, religiosa, sacerdotal, consagrada) han de sentirse unidas en una misma misión compartida.
Hemos de poder acompañar los procesos de discernimiento de los jóvenes que se plantean su vida desde la perspectiva de la vocación para poder responder: ¿Para quién soy? ¿Qué espera Dios de mí? ¿A qué me siento llamado?
Desde esta perspectiva vocacional tendremos que compartir también nuestra reflexión sobre qué significa y qué comporta la comunión entre los diversos carismas, vocaciones y ministerios. Cómo podemos valorarlos más y tenerlos más en cuenta en nuestra acción evangelizadora.
Recuerdo el testimonio de personas que tenemos muy cerca, nuestros abuelos y abuelas, a quienes oímos decir a menudo: “No podría vivir sin fe y no puedo pasar un día sin hacer una oración a Dios Nuestro Señor”; aquí encontramos una razón profunda y sólida por la que hemos de ser misioneros. Ofrecer la oportunidad a muchas personas y a nosotros mismos de vivir la grandeza, la fuerza, la guía, la luz de la fe y la inestimable presencia del Señor. Las personas mayores conformaron su vida en medio de la Iglesia, en la comunidad parroquial, y ahora son luz y transmisores de la vida en Dios.

El obispo de Andorra, Josep-Lluis Serrano Pentinat. Foto: EFE
“Yo he venido para que las ovejas tengan vida” (Jn 10, 10).
Queridos diocesanos, permitidme finalizar invitándoos a vivir plenamente vuestro bautismo. Haberlo recibido tiene unas consecuencias espirituales, de unión con Cristo y con los demás cristianos, y también pastorales. Profundizar en el sacramento del bautismo nos ayuda a descubrir toda su riqueza y todas nuestras implicaciones en la misión de la Iglesia.
San Pablo VI, en ‘Evangelii nuntiandi’, afirmó que en la Iglesia “la vida íntima -la vida de oración, la escucha de la Palabra y de las enseñanzas de los Apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido- no tiene pleno más que cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la conversión, se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva. Es así como la Iglesia recibe la misión de evangelizar y como la actividad de cada miembro constituye algo importante para el conjunto” (cf. EN 15).
Doy gracias a Dios por la vida de cada uno de vosotros, por vuestra vocación cristiana, por todo lo que aportáis con los dones que el Señor os ha concedido. “Porque el Todopoderoso obra en mí maravillas”, nos dice María, nuestra Madre.
Pidamos a Dios que, movidos por el Espíritu Santo, viviendo la fe de manera personal y en comunidad, acerquemos a las personas a Cristo, para que, unidos a Él, encuentren vida en abundancia.
Santa Teresa del Niño Jesús nos dice que, buscando su vocación o su lugar en el cuerpo místico de Cristo, lo encontró en el corazón, donde están el centro y la fuerza. Desde este centro se ilumina toda la acción de la vida eclesial. En este mes misionero, que la Patrona universal de las misiones interceda por nosotros y nos haga hijos de una Iglesia misionera y gozosa de seguir a Cristo en familia.
[1] Discurso del Papa León en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima, Madrid, 6 de junio de 2026.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] S. Juan de la Cruz, ‘Poesías IV, Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe’, 1.
[5] S. Weil ‘Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios’, en ‘A la espera de Dios’, p. 90.
[6] Discurso de León XIV en el puerto de Arguineguín, Las Palmas de Gran Canaria, 11 de junio de 2026.
[7] Discurso del Papa en el encuentro con las realidades de integración de los migrantes en la plaza del Cristo de La Laguna, Tenerife, 12 de junio de 2026.
