Tribuna

Ante el Mayo del 68: el 69 que nunca existió

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No solo fue en Francia. Tampoco fue solo en mayo, ni en el 68, aunque esta fuera la fecha mítica y central. Lo que sucedió estalló en casi todas las zonas del mundo del bienestar porque en las del malestar y las del sin-estar el ruido era parte de la vida cotidiana. Revuelta contracultural, sin programa ni organización política, anarquismo blanco donde lo único que estaba prohibido era prohibir. Lamentablemente quienes exigían el poder para la imaginación no tuvieron la dosis necesaria de esta para idearlo. Una vez recorridos los Campos Elíseos de las malas conciencias, los rebeldes de mayo se replegaron para los exámenes o fueron aplastados por los tanques.



Poco llegó hasta España de aquella tormenta vacía porque nosotros estábamos tratando de recobrar la convivencia rota por la Guerra Civil, en la penumbra de una sociedad cautiva de sus malos recuerdos colectivos. Aquellos arrogantes universitarios parisinos podían permitirse olvidar cuánto había costado levantar las instituciones democráticas contra las que lanzaban sus improperios; nosotros, los españoles, no, porque ansiábamos conquistarlas. También nosotros queríamos cambiar el mundo pero luchábamos por cosas más sensatas que las excentricidades contestatarias de los  burgueses de mayo.

A los que nos preparábamos para el sacerdocio, el recuerdo de 1968 viene envuelto en un halo de tristeza y decepción. Muchos católicos progresistas y un buen número de intelectuales liberales estaban conformes con el modo papal de entender los principales problemas sociales, cuando en julio de 1968 apareció la encíclica ‘Humanae vitae’ que constituyó un frenazo en seco a las esperanzas de revisión de la doctrina oficial sobre el matrimonio y la procreación. Pablo VI se plegaba a la correosa reacción conservadora de la Curia y por vez primera en la historia reciente de la Iglesia, las voces del desacuerdo sonaron alto y fuerte.

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