La ecología, prioridad pastoral

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Comprometerse en el cuidado de la Casa común es una asignatura pendiente. También en la Vida Religiosa. Y es que necesitamos generar una nueva conciencia que tenga como base la ecología integral planteada por el papa Francisco en la encíclica ‘Laudato si’’: “Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida”.

Solo en la medida en que iniciemos un proceso personal de conversión ecológica, se acrecentará la conciencia de corresponsabilidad con la Casa común, pero, sobre todo, con quienes la habitan, porque “el grito de nuestra tierra es también el de los pobres”.

“El cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS 70). El 55% del planeta vive en condiciones ecológicas inaceptables, como pone de manifiesto un estudio de la Universidad Católica de Panamá. El mismo planeta en el que 821 millones de personas pasan hambre, según datos de Naciones Unidas.

La Vida Religiosa, siempre en la frontera y atenta a los más vulnerables de la sociedad, no puede hoy apartar la ecología de su misión de entrega a los pobres. Como bautizados y consagrados, no podemos permitirnos ser testigos pasivos del modo de relación predominante, en el que las personas y la naturaleza se han convertido en meros recursos explotables para el beneficio económico.

En este cambio de mentalidad, se nos exige ponernos por delante y ser de nuevo protagonistas, siendo ejemplo y voz de denuncia, con la bandera de un documento magisterial que ha traspasado los muros eclesiales.

Con el Sínodo sobre –y no de– la Amazonía a la vuelta de la esquina, urge una espiritualidad integradora que permita “recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno, con uno mismo; el solidario, con los demás; el natural, con todos los seres vivos; el espiritual, con Dios” (LS 210); una espiritualidad ecológica que ame la Tierra como “hermana con la cual compartimos la existencia y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos” (LS 1); porque “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno”.

No podemos seguir degradando el medio ambiente ni contaminando como lo estamos haciendo. Que no tengamos que trasplantar nunca la Amazonía, “el pulmón del mundo”. Tenemos una deuda ecológica: ¡Paguémosla!

Como cantara el ‘poverello’ de Asís, “alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”.

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