Pliego
Portadilla del Pliego, nº 3.475
Nº 3.475

El último poema de Francisco de Asís

“Leer consiste en cosechar con los ojos”. Esta frase de Michel de Certeau, el jesuita francés que dedicó buena parte de su vida a estudiar el fenómeno místico, encierra una verdad sencilla y honda a la vez: dentro de un texto hay siempre un fruto que viene hacia nosotros. Antes de la cosecha hubo una espiga y, antes de la espiga, una siembra. Lo que ahora se recibe –el alimento, la palabra, el sentido– ha sido precedido por el trabajo silencioso de alguien que abonó la tierra y la cuidó. Leer, entonces, como todo lo que importa, es en el fondo un modo de agradecer.



El año pasado, 2025, se cumplieron ochocientos años de la composición del ‘Cántico de las Criaturas’, y ese aniversario trajo consigo un regalo continuo: la ocasión de detenerse, una y otra vez, en lo que ese poema dice todavía. Nada hacía prever que 2026 prolongara el don. Y, sin embargo, en el octavo centenario del tránsito de Francisco, vemos abierta la posibilidad de contemplar la muerte del santo –el tránsito del ‘Poverello’– no como un hecho biográfico sellado en el tiempo, no como algo que sucedió únicamente a la persona histórica de Francisco de Asís, sino como otro cántico, otro poema, otra cosecha infinita.

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Celebración jubilar nacional en Madrid con motivo del 8º Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. Foto: Vida Nueva

Tomás de Celano, el primero en escribir la vida de Francisco y en narrar su muerte, dejó unas palabras que sostienen por sí solas todo lo que sigue: al morir, Francisco “mortem cantando suscepit”, abre las manos, se convierte él mismo en mano abierta, y recibe a la muerte cantando. Su muerte es vida convertida en canción. Lo que sigue es un acercamiento, urdido con la delicadeza y la gratitud que el asunto exige, a algunos de los textos antiguos que narran esa muerte y que, al narrarla, entonan la verdadera melodía de la vida del santo.

Acercarse a páginas de hace casi ochocientos años puede ser, también hoy, un modo de descubrir y aceptar la música viva de una existencia entera. A comienzos de este siglo, el poeta español José Hierro escribió que la poesía consiste en sanar, con palabras antiguas, heridas de ahora. Algo que duele hoy recibe, desde el tiempo remoto, el bálsamo de una bondad que alivia: el lenitivo del lenguaje. Ojalá lo que sigue alcance a curar también algo de lo que, en lo profundo, nos sigue doliendo a cada uno.

Seis detalles

Son seis los momentos que componen este ‘Pliego’, seis detalles que los textos biográficos de Francisco ofrecen sobre su muerte. Pequeños, casi minúsculos, y sin embargo de un alcance casi sin fin, como el objetivo de un telescopio que, apuntando a un solo punto del cielo, descubre la galaxia entera. Detrás de una palabra hay otra, detrás de un gesto, otro, y detrás del hombre Francisco de Asís estamos cada uno de nosotros, en el ejercicio gozoso de vivir agradeciendo.

No se trata de reconstruir una crónica ni de fijar, con pretensiones de exactitud histórica, la sucesión precisa de aquella tarde de octubre de 1226 en Asís. Los biógrafos medievales no escriben como notarios que levantan acta de un fallecimiento; son discípulos que, releyendo lo sucedido, descubren en cada gesto una teología entera. Por eso cada uno de estos seis momentos admite dos lecturas: una, como el relato de lo que un hombre concreto hizo una tarde precisa de octubre; otra, como una clave que entrega, en su desnudez, la gramática de una vida rendida a Dios y a los hermanos. Ambas lecturas, lejos de estorbarse, se necesitan y se iluminan con reciprocidad.

Las lágrimas

La primera escena tiene que ver con las lágrimas, con ese misterio por el cual algo que sucede por dentro –un amor, una pérdida, una emoción, una tristeza, o, como aquí se verá, el desbordamiento ante la presencia del don– se exterioriza en la forma del agua.

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Celebración jubilar nacional en Madrid con motivo del 8º Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. Foto: Vida Nueva

Los textos antiguos coinciden en el hecho: cuando Francisco está a punto de morir, acompañado en Santa María de los Ángeles por sus hermanos más cercanos, estos “prorumpunt in fletus”, se deshacen en lágrimas, se convierten en lágrimas. En hebreo –acudamos a la lengua bíblica para implorar auxilio– llorar se dice ‘bakah’, y la raíz guarda una memoria de fractura, y de ella procede también baqa’, partir, hender, abrir en dos las aguas.

Llorar, en este idioma de la Escritura, no es solo desahogo: es apertura, grieta por la que algo pasa. El llanto de los hermanos, en la misma línea, no cierra nada sobre sí mismo, no sella una pérdida; al contrario, abre un espacio, hace sitio a lo que ya está llegando. Se llora, así, como se hiende el mar: para que, del otro lado, pueda cruzarse a pie enjuto hacia una tierra que todavía no se conoce. Que alguien vaya a morir y quienes lo quieren lloren pertenece al orden de lo normal. Pero el orden de lo ordinario esconde siempre la maravilla, y si se pregunta qué refleja exactamente ese llanto, aparece que un don esconde otro don, y que detrás de las lágrimas hay mucha vida.

Vivir es recibir y agradecer

Los hermanos lloran justo después de que Francisco haya hecho algunas cosas muy concretas. En primer lugar, pedir prestados el hábito y unos calzones de paño. Cuenta Celano que su guardián comprende, por divina inspiración, que debe acercarse al santo y decirle: este hábito no es tuyo, yo te lo presto. Detrás de esa moción hay, en realidad, un conocimiento profundo de todo el itinerario vital de Francisco: aquel que en su ‘Cántico’ agradeció que la forma más plena de la vida es el regalo, que vivir es recibir y agradecer, que la manera más veraz de vivir consiste en no poseer y –hay que decirlo con toda su fuerza– en luchar sin pausa por no poseer.

Muerte de san Francisco de Asís (Giotto)

Muerte de san Francisco de Asís (Giotto)

Poseer es la anti-vida, y etiquetar la existencia como algo que considero mío es lo contrario del acto de crear, que es dar, ofrecer y repartir sin pasar facturas, sin pedir explicaciones, sin exigir siquiera que se agradezca lo que se ha dado. El guardián de Francisco comprende que este quiere morir recibiendo algo que no le pertenece. Late aquí una sutil y alegre belleza. (…)

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Índice del Pliego

I. EL LLANTO DE LOS HERMANOS

II. LA MUERTE QUE DESVELA

III. MORIR ESCUCHANDO

IV. EL PAN PARTIDO

V. JACOBA Y EL EXCESO DEL AMOR

VI. LAS ALONDRAS

COSECHA FINAL

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