Un domingo, al terminar la misa de la tarde, una feligresa se acercó para preguntarme si podíamos hablar a solas. Me contó que su madre estuvo muy grave en el hospital durante días y que, aunque ya se encontraba en casa, había regresado con algo que la tenía desconcertada. Decía que, en un momento dado, se vio fuera del cuerpo y que estuvo con su marido, con sus padres y con una hermana; todos ellos fallecidos. La hija no sabía qué pensar, y temía que la enfermedad y los medicamentos la hubieran perturbado. La madre, por su parte, ya no hablaba de nada de esto por miedo a que la tomaran por loca.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
- Pliego completo solo para suscriptores
Le pedí a Andrea que la animara a venir a verme. Unos días después nos sentamos en un banco de la iglesia, cuando ya se había marchado todo el mundo. Al principio la mujer no encontraba palabras. Miraba hacia el suelo, intentaba empezar a hablar y se le llenaban los ojos de lágrimas. Después comenzó a contarme que, durante su estancia en el hospital, tuvo la impresión de separarse de su cuerpo. Se veía tendida en la cama, mientras médicos y enfermeras se movían a su alrededor.
Luego me habló de una oscuridad, de un tránsito rápido y de una intensa luz… Lo que más recordaba de aquello era la paz que sintió. No le dolían los ojos por la luz y no sentía miedo. Se encontraba envuelta en un amor que apenas lograba describir. Allí reconoció a personas queridas que ya no estaban, y conversó con ellas; aunque no como lo hacemos nosotros, con palabras, sino en una especie de comunicación mental. Entonces ella comprendió que debía regresar. Y de pronto volvió a sentir el cuerpo, el dolor y el frío de la habitación.
Yo no disponía de una explicación para lo que acababa de escuchar. Tenía delante a una mujer sincera, emocionada, que necesitaba compartir una experiencia decisiva para ella. ¿Qué podía decirle?
Buscar para comprender
No era la primera vez que me contaban algo semejante. A lo largo de mi ministerio sacerdotal había escuchado otros relatos de hombres y mujeres que estuvieron muy cerca de morir y me contaron algo parecido. Yo nunca he vivido una experiencia cercana a la muerte (ECM). Mi búsqueda nació de esas conversaciones, del asombro y de una obligación mucho más sencilla que cualquier propósito investigador: procurar comprender a quienes acudían a mí.
Con el tiempo empecé a leer sobre este fenómeno. Comencé con el libro ‘Vida después de la vida’, de Raymond Moody, del que mi padre me habló cuando yo era muchacho. Vinieron después otras lecturas, nuevos encuentros y preguntas que se abrían unas dentro de otras. Lo que al principio parecía un asunto limitado fue creciendo hasta tocar la conciencia, la libertad, el sufrimiento, la belleza y el sentido de la existencia.
Cuando comencé a escribir ‘Buscando la luz’, creía que iba a ocuparme de un fenómeno sorprendente. Pero, mientras avanzaba en mi investigación, comprendí que el verdadero asunto era otro. Aquellas personas hablaban de la muerte, pero me estaban obligando a mirar hacia la vida. Y una gran pregunta terminó tomando forma: ¿qué hacemos con el tiempo que todavía tenemos?
Experiencia cercana a la muerte
La expresión “experiencia cercana a la muerte” contiene en sí una cierta prudencia que conviene conservar. Hablamos de personas que atravesaron situaciones de extrema gravedad y regresaron. Algunas fueron reanimadas después de una parada cardiaca; otras estuvieron en estados críticos o sufrieron accidentes. Sus vivencias pertenecen a ese límite. No podemos, por tanto, presentarlas como una exploración completa de lo que acontece después de la muerte definitiva.
En los relatos aparecen elementos reconocibles: la impresión de observar el propio cuerpo desde fuera, una claridad inhabitual, encuentros con personas fallecidas, paisajes de extraordinaria belleza o una revisión de la vida. Pero no todos cuentan lo mismo, ni describen cada una de esas experiencias, ni siguen una secuencia idéntica. Aunque tampoco deben desdeñarse las diferencias entre sus interpretaciones. Cada uno habla desde su historia, con las palabras y las imágenes de que dispone.
Entre las lecturas que hice sobre el fenómeno, la que más me impresionó fue el testimonio de George G. Ritchie, un médico que estuvo en aquel umbral por una grave neumonía padecida durante la Segunda Guerra Mundial. Entonces era estudiante y soldado, luego fue un eminente psiquiatra. George describe en su relato una presencia luminosa que identificó con Jesucristo y una pregunta que terminó orientando el resto de su existencia: qué había hecho con su vida. Más que las imágenes del viaje, me interpeló esa llamada a comprender el valor del amor. El interés por lo extraordinario desembocaba de nuevo en algo que nos concierne a todos.
De la angustia al consuelo
También hay experiencias angustiosas. Sería deshonesto omitirlas para componer una imagen tranquilizadora y uniforme del fenómeno. En mi libro aparecen relatos donde priman el miedo, la oscuridad o la sensación de aislamiento. Aunque es verdad que algunos desembocan después en vivencias de consuelo y esperanza. Estos casos no nos autorizan a asignar a sus protagonistas un destino eterno ni a convertir su sufrimiento en una condena. Quien regresa asustado de estas experiencias negativas merece la misma escucha que quien habla del encuentro con una luz acogedora.
A medida que prestaba atención al fenómeno de las ECM, fui comprendiendo la necesidad de distinguir entre lo que una persona recuerda, la interpretación que le da y lo que puede establecerse sobre su situación clínica. Ni la intensidad del recuerdo ni el prestigio de quien lo relata convierten sus conclusiones en una demostración científica. Respetar la experiencia exige respetar también los límites de nuestro conocimiento.
La esperanza cristiana
Escribo como sacerdote católico. La esperanza cristiana se fundamenta en Jesucristo muerto y resucitado. Ninguna vivencia particular puede colocarse en el mismo plano que la Revelación ni añadir un evangelio distinto al recibido por la Iglesia. No necesitamos las ECM para creer en la vida eterna. Si bien esa convicción tampoco nos obliga a desentendernos de las personas que nos hablan de ellas. Además, el fenómeno está alcanzando en los últimos años una difusión y una popularidad enormes. Eso nos obliga a prestarle atención desde una posición honesta. La prudencia cristiana no consiste en cerrar los ojos, sino en escuchar, examinar y discernir.
La medicina ya está formulando desde hace tiempo preguntas legítimas y ofrece explicaciones que deben ser atendidas. Igualmente, la filosofía puede interrogarse por la conciencia y por el significado de la experiencia. Y finalmente, la teología debe mantener claro desde dónde habla. Reconocer estos ámbitos permite un diálogo fecundo, sin pedir a ninguno que sustituya a los demás. La credulidad no ayuda; pero una desconfianza decidida de antemano, tampoco. (…)
Pliego completo solo para suscriptores
Índice del Pliego
1. Todo comenzó escuchando
2. Acercarse al umbral
3. Lo que hicimos con el amor
4. Una humanidad que espera el amanecer
5. La nostalgia de una plenitud
6. La luz tiene un rostro
7. El amor que nos hace verdaderos
8. Nuestros muertos no son solo pasado
9. Regresar para vivir
10. Alguien nos espera

