Escribo estas líneas al comenzar el mes de septiembre y, con él, un curso pastoral que, para algunos de nosotros, es el segundo de una delegación diocesana de evangelización digital nacida desde cero. Y conviene decir las dos cosas a la vez, porque las dos son verdad: se empieza con una ilusión enorme y con las dificultades de quien no tiene a quién copiar.
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No hay manual, ni partida heredada, ni archivo de lo que hicieron los anteriores. Cada explicación hay que darla dos veces: para que se entienda qué es esto y para que se comprenda que no es lo mismo que llevar las redes de la parroquia. Y, sin embargo, mientras discutíamos sobre estatutos y organigramas, el Evangelio ya circulaba por internet. Sin permiso, sin presupuesto y, casi siempre, sin acompañamiento.
Primer Encuentro de Responsables y Coordinadores de Comunidades de Misioneros Digitales de América Latina y el Caribe. Foto: Vatican News / CELAM
Hay una fotografía que resume lo que está ocurriendo. Se tomó el pasado agosto en la Catedral Metropolitana de San José de Costa Rica: un centenar largo de personas apretadas ante el altar, con sus acreditaciones al cuello, bajo la mirada de la ‘Negrita’. Son creadores de contenido, sacerdotes, religiosas, músicos, ‘podcasters’. Habían pasado la semana hablando de algoritmos y audiencias, y terminaron delante del Santísimo. El pie de foto decía, sin más: “De la red al altar”. No se me ocurre mejor manera de describir de qué va todo esto.
‘Hechos 29’
Aquella semana se llamaba ‘Hechos 29’, y merece la pena detenerse un momento en ella. El nombre alude al capítulo 29 que los Hechos de los Apóstoles no llegaron a tener: la historia se corta de golpe en el 28, como diciéndonos que la continuación nos toca a nosotros. Nació en 2021 en Monterrey, en plena pandemia, de forma virtual y con cuarenta y cinco pioneros.
Este año 2026 ha celebrado en Costa Rica su sexta edición, del 18 al 23 de agosto, con más de cien misioneros digitales de una veintena de países y el respaldo de la Arquidiócesis de San José, la Conferencia Episcopal de Costa Rica, el CELAM y el Dicasterio para la Comunicación. Ha sido, sencillamente, un éxito.
Primer Encuentro de Responsables y Coordinadores de Comunidades de Misioneros Digitales de América Latina y el Caribe. Foto: Comisión Episcopal para la Pastoral de la Comunicación (México)
Digámoslo sin complejos: la Iglesia en América ha arriesgado mucho más que la Iglesia del Viejo Continente. Y no porque tengan más dinero ni mejores cámaras –en muchos casos, es al revés–, sino porque se decidieron antes: hace cinco años, alguien pensó que aquello no era una moda pasajera y, en lugar de esperar, convocó, formó y envió. Cuando el papa León XIV recibió en Roma, en julio de 2025, a los mil cien misioneros digitales llegados de más de setenta países para su primer Jubileo, aquello no fue un comienzo: fue el reconocimiento de algo que llevaba tiempo caminando.
Dar testimonio sin miedo
Pero no hace falta cruzar el Atlántico. Lo más esperanzador ocurre también en España y, sobre todo, entre los jóvenes. Hay chicas y chicos que cuentan en un vídeo de treinta segundos por qué han vuelto a confesarse, sacerdotes o religiosos que responden dudas de fe por mensaje directo, catequistas que preparan un carrusel de Instagram con el mismo cariño con el que antes preparaban una cartulina. Y está pasando algo que hace un lustro habría sido impensable: está despertando dar testimonio sin miedo. Gente que dice públicamente, con su cara y su nombre, que cree en Jesucristo, en un ambiente que castiga la coherencia con una crueldad notable.
Ante este panorama, la pregunta no es si la Iglesia debe entrar en el mundo digital: ya está dentro, aunque muchas veces no lo sepa ni lo haya decidido. La pregunta es otra, y es incómoda: ¿quién forma a esa gente?, ¿quién los envía?, ¿quién los sostiene el día que se caen?
Antes de responder, conviene aclarar de quién hablamos, porque la expresión “misionero digital” se usa para cosas muy distintas y ahí nace buena parte de los malentendidos.
No es el que informa
Es la confusión más extendida y comprensible. Cuando en una parroquia se dice “tenemos que estar en redes”, casi siempre se piensa en anunciar horarios, difundir la carta del obispo o colgar fotos de la procesión. Eso está bien y hay que hacerlo con calidad. Pero eso es comunicar la vida de la Iglesia, no evangelizar. Dicho de forma sencilla: el encargado de las redes de la parroquia cuenta lo que pasa; el misionero digital anuncia a Aquel que pasa. Volveremos sobre ello, porque de esta distinción depende buena parte del presente Pliego.
No es el que gusta
La segunda confusión es más sutil y más peligrosa: medir la misión con la vara del éxito, seguidores, visualizaciones, interacciones… En la misa de aquel encuentro de Costa Rica, monseñor Javier Román Arias, obispo de Limón y presidente de la Conferencia Episcopal del país, lo dijo delante de todos con una claridad que agradecieron los primeros interesados: “El peligro aparece cuando comenzamos anunciando a Cristo y terminamos construyendo nuestra propia imagen. Hay una diferencia profunda entre tener seguidores y ayudar a formar discípulos”.
Los ‘influencers’ católicos que participaron en el I Encuentro de Evangelizadores Digitales en Madrid. Foto: Jesús G. Feria/Vida Nueva
Y ofreció un criterio que vale la pena colgar en la pared de cualquier delegación: no cuántos consiguen que nos miren, sino a cuántos servimos; no cuántos conocen nuestro nombre, sino cuántos encontraron esperanza; no cuánto crece nuestra imagen, sino cuánto espacio dejamos a Cristo.
Es, ante todo, un testigo enviado
Dicho lo que no es, digamos lo que sí. La propia Conferencia Episcopal Española lo formuló bien al dedicar este mismo año una de las semanas de ‘La Iglesia en 12 semanas’ a los misioneros digitales: no son solo creadores de contenidos, son sobre todo testigos, y su tarea consiste en sembrar sentido, acompañar, suscitar preguntas y abrir caminos hacia el encuentro con Cristo. Retengamos esas cuatro cosas, porque ninguna se improvisa ni se aprende mirando tutoriales. (…)
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Índice del Pliego
I. ECLOSIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD EN EL ÁMBITO DIGITAL
II. UNA NUEVA FIGURA: EL MISIONERO DIGITAL
III. DE LA BUENA VOLUNTAD A LA ‘MISSIO’
IV. VENTAJAS Y RIESGOS DE LA PASTORAL DIGITAL
V. MIEDOS DE PASTOR
VI. DOS DELEGACIONES PARA DOS FINALIDADES
VII. LA HORA DE LA IGLESIA ESPAÑOLA
VIII. ENVIADOS PARA EL ENCUENTRO Y LA COMUNIÓN
