Ser madre o padre implica elegir a cada segundo el estilo de crianza mediante el cual nos relacionamos con nuestra descendencia: Autoritario, permisivo, respetuoso, etcétera… En una época donde cualquiera da consejos a través de una pantalla, ¿cómo aportar de forma positiva a un debate que también está influido por intereses que nada tienen que ver con las vidas que están en juego? Vamos a echar un vistazo a lo que el cristianismo tiene que aportar al respecto de la crianza. No obstante, este texto ve la luz en un momento de agotamiento. El Índice Global de Parentalidad de Kantar para Nestlé reveló que el 51% de los progenitores del mundo se siente intensamente presionado, el 40% se percibe juzgado y el 42% (sobre todo las madres) convive con la culpa. Veamos, pues, si hay algo que decir desde la óptica cristiana.
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¿Qué es el estilo de crianza y cómo lo entiende la tradición cristiana?
En psicología del desarrollo, el estilo de crianza combina al menos dos ejes: cuánto exige una madre o un padre y cuánto responde desde el punto de vista afectivo. Cruzando esas dos áreas nace la clasificación clásica de Diana Baumrind, que podríamos resumir del siguiente modo:
- El autoritario es exigente y directivo pero poco receptivo: espera que sus órdenes se cumplan sin explicación.
- El permisivo responde mucho y exige poco: no reclama madurez y evita el conflicto.
- El negligente ni exige ni acompaña.
- Y el autoritativo une normas claras y receptividad: es firme sin ser intrusivo y su disciplina es de apoyo, no punitiva.
La tradición cristiana, obviamente, jamás alcanzó el desarrollo de la psicología porque nunca fue su cometido, pero sí ha ido desarrollando progresivamente diversas ideas relacionadas con la familia. El Concilio Vaticano II se refirió a ella como “iglesia doméstica” (Lumen Gentium) y el Catecismo la define como “la célula original de la vida social”. De ahí una consecuencia práctica: educar no es administrar la conducta de un menor, sino introducirlo en una vida compartida. Por eso el texto Familiaris Consortio sostiene que la misión educativa de los padres es original e insustituible: no se delega hacia fuera.
Pies de bebé. Foto: Unsplash
Los valores morales que la Iglesia pide transmitir a los hijos
Para el Magisterio de la Iglesia Católica, la educación moral no consiste en transmitir normas, sino en formar la conciencia de las personas (Catecismo, 1783-1784). La diferencia es decisiva: una norma se obedece o se incumple; una conciencia formada juzga y sostiene decisiones por sí misma, incluso cuando los padres ya no están delante. Los valores prioritarios (verdad, justicia, compasión, sentido del bien y del mal) no son consignas, sino criterios que el vástago debe hacer suyos. Y, por supuesto, tampoco es una preocupación nueva: en el siglo IV, san Juan Crisóstomo le dedicó un tratado entero titulado “Sobre la vanagloria y la educación de los hijos”.
A día de hoy, el aviso sigue vigente. El rector de la Universidad Finis Terrae de Chile, Cristián Nazer, advertía que la Agenda 2030 “solo se centra en empleabilidad y en tener competencias, pero no se habla de la moralidad ni de la interioridad o la espiritualidad de los niños y jóvenes“. En la misma línea, el cardenal José Tolentino de Mendonça lo resumió así: “La educación es el nuevo nombre de la paz“, y León XIV pidió conciliar “conocimiento y sentido, competencia y responsabilidad, fe y vida”.
Por otro lado, algunos estudios, como los de Duane Alwin y Jacob Felson en Estados Unidos, concluyen que la práctica religiosa frecuente se asocia a preferir la obediencia sobre la autonomía en los hijos, más incluso que la confesión de pertenencia. Seguramente es el punto clave sobre el que debemos reflexionar quienes tenemos vidas que educar. Sin la debida atención a cada instante, corremos el riesgo de transformar tóxicamente la educación en pura obediencia.
El modelo que propone el Evangelio: entre autoridad y ternura
El Evangelio ofrece un modelo más que una técnica en el sentido actual. Jesús con los discípulos exige y acompaña, corrige y sostiene: ni autoritarismo ni laissez-faire.
En el punto 36 de Familiaris Consortio se recuerda que madres y padres son los “primeros y principales educadores“. Y lo llamativo es cuánto se parece esa intuición a lo que ha concluido la psicología: Baumrind sostiene que la crianza autoritativa (alta exigencia con alto afecto) genera de forma consistente competencia adolescente y protege frente al consumo problemático de drogas. Alta exigencia sin afecto no es suficiente y afecto sin exigencia tampoco.
Otros estudios van en esa misma línea, como por ejemplo uno que lleva por título “Raised Catholic: Who Stays and Who Goes?”, del CARA de la Universidad de Georgetown. El terapeuta Gregory Popcak afirma que la descendencia criada en hogares cálidos (donde se reza, se juega y se sirve a otros en familia) es la que más probabilidad tiene de seguir practicando la fe en la vida adulta. Un espacio donde los niños sabían que podían plantear sus dudas sin ser sermoneados y que cuando los padres no tenían respuesta la buscaban de forma conjunta.
En ese sentido, la ternura ya no es un adorno vacío en el discurso eclesial. La campaña continental “Cero violencia 100% ternura”, impulsada por la Pastoral da Criança, World Vision y el CELAM, nació para “posicionar la ternura como modelo de crianza” y erradicar el castigo físico y humillante en un continente donde mueren 220 niños al día por violencia.
También, en su momento, Francisco insistió en la corresponsabilidad: ocuparse de la casa o de la crianza, escribe en Amoris laetitia, “no hace al marido menos masculino“. A estas alturas de la historia es extraño que tengamos que seguir señalando una obviedad de tal magnitud, especialmente de cara al interior de la Iglesia.
¿Cómo transmitir la fe sin imponer?
En esencia hay que entender el principio más básico de todos: la fe solo puede ser un acto libre (Dignitatis Humanae). Obligar no evangeliza. Los manuales católicos de familia de la Edad Moderna ya equilibraban la autoridad de los padres con la libertad de los hijos: no debían forzar a un hijo a una vocación religiosa ni impedírsela, ni tampoco empujarlo al matrimonio. La Iglesia nunca aceptó que el consentimiento paterno fuera necesario para los votos ni para casarse, aun a costa de chocar con familias y Estados.
Y todo ello se reduce a la máxima de que “el ejemplo de los padres es el primer catecismo”. Para llevarlo a pie de calle, en 1578, san Carlos Borromeo pedía que padres y madres reunieran cada mañana y cada noche a la casa entera para rezar.
Ahora bien, al revés también pasa. La fe que no se transmite no se hereda, y la omisión también educa. Muchas investigaciones subrayan que colegios, catequesis y grupos juveniles son “secundarios y de apoyo” respecto a lo que ocurre (o no) en casa. Todo ello sin desmerecer la labor educativa en la escuela, por supuesto.
Entonces, recapitulando un poco todo lo anterior, la crianza cristiana no es algo que se resuma en un método, sino que se trata de una verdadera vocación vital fundamentada en valores. La Iglesia no ofrece un manual porque los hijos no son un problema a resolver, sino personas a quienes acompañar en su día a día.
