Editorial

Vocaciones Covid: la generación de los provocadores

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Dios sigue llamando. Ni la secularización ni el coronavirus frenan a quien se sabe elegido. Las comunidades se las han ingeniado para acogerles, la formación se ha adaptado al contexto y la experiencia de la misión se ha limitado.



En el marco de la Jornada de la Vida Consagrada, estas nuevas vocaciones son algo más que viento fresco. Su paso al frente es profecía que anuncian quienes han dejado familia y trabajo para iniciar un proyecto de vida comunitaria, para ser signo en medio de un mundo que anda algo más que despistado y aturdido por una pandemia letal.

Si alguien encarna en su piel hoy por hoy la encíclica ‘Fratelli Tutti‘ son estos recién aterrizados. Con su decisión en este ‘aquí y ahora’ adverso, se han puesto el mundo por montera tal y como pide el Papa, tomando una opción contracorriente: hacer de la fraternidad que da el ser hijos de Dios una alternativa real frente al ‘sálvese quien pueda’.

Sin querer definirse como unos antisistema, unos inadaptados o querer permanecer aislados. Más bien, todo lo contrario: insertos en el dolor de un pueblo o en las preocupaciones de un barrio, desde la acción y la contemplación, optan por construir el Reino de Dios entre los últimos. Además, el coraje de decir ‘sí’ en plena pandemia sanitaria, social y existencial es interpelación callada quizá para la opinión pública, pero no para su entorno más cercano, cuestionado por su decisión.

A fondo perdido

Está claro que estas nuevas vocaciones inician un proceso de formación, que exige un especial acompañamiento espiritual, afectivo y psicológico. Pero no se les puede tratar como meros espectadores ajenos a la institución hasta que alcancen el hábito de la mayoría de edad. Aun con sus lagunas, no parten de cero. Su mochila personal llega cargada de dudas y heridas, pero también de una pasión, valentía y experiencia que merecen ser escuchadas y acogidas.

Ellos y ellas portan algo más que pistas para renovar todo carisma que busque ser fiel al Evangelio y ponerse al servicio de los hermanos, especialmente de los pobres. De ahí que se deba cuidar y esponjar este arrojo con el que llegan, no solo para que no se apague en la rutina, sino para que permita agitar el día a día de las casas, recuperar el sentido de la consagración y rejuvenecer estructuras acomodadas y agrietadas.

El mayor error sería acallar su voz porque son los nuevos, cuando la novedad de lo que piensan, sienten, dicen y hacen es una sana provocación nacida de quienes se han decantado por ser discípulos misioneros en un contexto de adversidad. Si estos sanos provocadores han apostado por la vida consagrada, la vida consagrada debe apostar por ellos, como mejor sabe, a fondo perdido.