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Editorial

Francisco en Japón y Tailandia: la globalización de la fraternidad

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El 32º viaje del pontificado de Francisco le ha llevado por tierras asiáticas para recorrer, durante una semana, las tierras de Tailandia y Japón. Además de respaldar y animar a las pequeñas pero más que significativas comunidades católicas en ambos países, el Papa ha reivindicado el papel de la Iglesia como agente cohesionador en sociedades multiculturales que se enfrentan a realidades muy dispares.

Pero, sobre todo, ha fortalecido la imagen del Papado como algo más que la voz de la conciencia del planeta. Bergoglio se ha erigido, principalmente en tierras niponas, en el baluarte de un nuevo orden internacional que tenga la cultura del encuentro como fermento. Una propuesta que no peca de ingenuidad, pero que tampoco nace de un planteamiento utópico del ‘statu qu’, sino consciente de los baches y amenazas reales.

Más bien de lo contrario. Este empeño del Papa parte del convencimiento de que otra relación entre los Estados es posible, desde la base del diálogo, para la resolución de los conflictos, acabando con el concepto belicista de la seguridad preventiva, nacional y global.



El Papa ha decidido abanderar un grito sin fisuras contra el rearme nuclear que parece haberse embravecido en los últimos tiempos. Mientras países como India, Israel y Pakistán siguen adelante con sus programas militares, los experimentos de Corea del Sur e Irán continúan y las grandes potencias mundiales –esto es, Estados Unidos, Rusia y China– mandan recados constantes de su imparable potencial.

Ante esta espiral de violencia más o menos explícita, Francisco ha gritado “¡basta ya!” desde Hiroshima y Nagasaki, y de la mano de las víctimas de Fukushima, epicentros de los desastres humanitarios provocados por la energía atómica. La fuerza de su discurso sobre la inmoralidad de quienes ostentan el poder, su silencio orante ensordecedor y el abrazo a las víctimas avalan su defensa de la Casa Común desde una justicia, caridad y libertad que los cristianos están llamados a cultivar con una ciudadanía activa, lo mismo en los pasillos de la ONU o en un consejo de ministros.

De ahí su empeño en un diálogo interreligioso que permita constituir una red mundial de creyentes por la paz, una apuesta que ha tenido especial visibilidad en el pacto verbal de “vecindad” sellado con el budismo en Tailandia.

Solo desde esta multilateralidad se puede dar contenido y sustento a la paz como arma de construcción y reconstrucción masiva que se entreteje tanto en lo pequeño como en las altas esferas. Para el Papa, y para la Iglesia, no hay más estrategia geopolítica que el Evangelio de la fraternidad, la única alternativa a la globalización de la indiferencia.

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