El secretario de la Santa Sede para las Relaciones con los Estados, Paul Richard Gallagher, ha viajado a Moscú entre el 24 y el 28 de agosto. La visita ha tenido un trasfondo diplomático fundamental, ya que, en el transcurso de la misma, el ‘ministro’ de Exteriores del Vaticano no ha rebajado un ápice la apuesta papal sobre el conflicto abierto con Ucrania.
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“La guerra debe terminar”, sentenció el diplomático ante su homólogo ruso, Serguéi Lazarov. Además de reunirse con la comunidad católica, también se encontró con el metropolita Anthony de Volokolamsk, en un nuevo intento de reconducir las dañadas relaciones con la Iglesia ortodoxa rusa tras su apoyo inquebrantable a la invasión de Vladímir Putin.
Residentes locales en el lugar de un ataque con misiles rusos contra una zona residencial cerca de Kiev (Ucrania). Foto: EFE
Bienvenida sea la presencia de un representante vaticano en Rusia en 22 meses, después de las dos visitas que realizó el cardenal Matteo Zuppi, como enviado especial del papa Francisco. Sobre todo, porque pone de manifiesto que la diplomacia vaticana no descansa.
Trabajo de lo cotidiano
La visibilidad de este viaje habla del sigiloso trabajo de lo cotidiano para contribuir al fin de la guerra, desde ese sello personal de León XIV por conformar una paz “desarmada y desarmante” en cualquier latitud.
