José Beltrán, director de Vida Nueva
Director de Vida Nueva

Y el padre Ángel les dio de beber


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JUEVES 27. Acuden a pie de cama en el hospital. Para acompañar al enfermo. Pero también a su familia. O mejor, casi más para la familia. Le preguntan de forma amable si quiere hablar. Y se desahoga. “Dejé de abrazar mi fe porque la Iglesia dejó de abrazarme a mí”. Nada que rebatir. Solo escuchar y acoger. “Pero en estos días he vuelto a rezar el Padrenuestro. Me costó recordarlo”. Algo se ha movido. Creer como necesidad. Pero la institución se queda fuera.

VIERNES 28. En el Cerro de los Ángeles respiran algo más tranquilos. Se esperan 40 grados al sol. Agua para todos. La que haga falta. No son pocos los que le cuestionan y le miran de reojo. Explanada incluida. Pero solo su hacer, su buena voluntad y ser hombre de Dios permite que no vaya a faltar ni una sola gota ante la solanera que se espera. Es lo que tiene pasar por el peaje de lo mediático, moverse a la vez entre los últimos y las celebrities, entre los sin techo de San Antón y los empresarios, entre los ancianos y los políticos de todo signo. Eso que le echan en cara se ha convertido en el puente para que nadie tenga sed antes, durante y después de la consagración. Así es el padre Ángel. Cuando llamas, coge el teléfono en persona y te soluciona la papeleta al minuto. Mal que les pese.

SÁBADO 29. El peor despertar. Cuando no lo hay. La enfermedad. El fin. No solo para el que se va. Para los que siguen. La vida se achica. Por unos instantes, se detiene. Sin respuestas y apenas consuelo. Como le sucedió a Francisco en Tacloban. Solo mirar la cruz. Únicamente el Crucificado sabe del dolor.

Tarde en la Nunciatura. Corrillos varios. Unos se dedican a la caza del canapé. Otros, a conspirar en los pasillos. De dos en dos. Y un buen hombre de Iglesia se muestra apenado porque siguen faltando manos y mitras que quieran dar la cara por la pastoral obrera. No le falta razón. Se nos olvida que la familia de Nazaret era carpintera, de esos autónomos a los que les cuesta cotizar, porque el sueldo no llega. Se nos olvida. A todos.

DOMINGO 30. De buena mañana. El Cerro de los Ángeles. Escoltado por una carpa. Hace íntimo lo multitudinario. El silencio y el encuentro. También las lágrimas. “Solo el Corazón habla al corazón”. Y dice mucho. De tantos paseos alrededor de la explanada. De tantas plegarias en la ermita. Del viento a los pies del monumento. De contemplar los brazos abiertos. Consagrarse para seguir escuchando. Para que Él siga hablando. 

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