Posiblemente no te diga nada, lector anónimo, el hecho de que vivo en una sexta planta. Pero, si además te recuerdo que el domicilio lo tenemos en la ciudad de Granada y que este verano hemos pasado un par de temblores sísmicos de magnitud 5… quizá le des otro significado.
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Cuando pasan las cosas
Hay un momento en la vida –más por resignación que por otra cosa– donde el ser humano comienza a aceptar que no puede controlar el devenir de su historia, ni de la sociedad… ni del mundo.
Ello me parece un paso necesario en la maduración personal. Mientras no se da, la existencia transcurre con la ingenua creencia de que podemos ir marcando el ritmo de lo que sucede y nos ha de suceder. Y, a la par, perdiendo mucha perspectiva acerca de qué es lo esencial e importante y, por tanto, en lo que merece la pena invertir tu vida. Y en lo que no.
Yo hace tiempo acepté la contingencia de mi existencia. No vienen ahora a cuento las razones para ello. Además, quienes me leéis también tenéis las vuestras.
Sin embargo, experimentar un terremoto, es darle una vuelta de tuerca a esa sensación y descubrir cómo reaccionas cuando pasan cosas inesperadas que te infunden miedo. Y, el primero que sentimos, el 14 de agosto, fue uno de esos inesperados exámenes de la actitud personal.
Es increíble la cantidad de cosas que le da tiempo a procesar a tu imaginación en 8 segundos, que fue lo que duró. Más aún con las cercanas tragedias de los terremotos de Venezuela y Colombia en la memoria.
Además, mientras eso sucedía en mi cabeza, mi cuerpo respondió a la imprevista amenaza con lo que considero una reacción normal: proteger a mi hijo. Sin dudarlo me eché sobre su cuerpo, con la cándida idea de que eso ya lo libraría de cualquier daño. Al mismo tiempo sentía la impotencia de no poder proteger a la vez a él y a mi esposa. Las cartas estaban dolorosamente echadas.
Podría seguir narrando el después –la resolución rápida de lanzarnos a la calle ante posibles réplicas, la búsqueda desesperada de la linterna que no estaba donde tenía que estar, la fulgurante incursión en la nevera para coger una botella de agua…, etc–. Pero, si traigo aquí lo vivido, es solo para poner al descubierto la capacidad de movilización que tiene el miedo.
La arquitectura política del miedo
En la actualidad se sabe cómo se utiliza la inducción al miedo desde las plataformas de poder. En lo político, lo usan casi todos los partidos. Sobre todo los más radicalizados y extremos. Creo alguna vez haber recomendado desde este mismo blog el librito ‘Manual para crear miedo‘ de Vicenç Fisas que, independientemente de sus postulados ideológicos, desnuda con claridad procesos que ya están pasando.
En lo personal, el miedo te hace replegarte sobre ti, enfocar tus energías en la propia supervivencia y, por círculos concéntricos, en los seres queridos y más cercanos. En el terremoto de agosto, yo mismo tardé un rato en caer en la cuenta de que en mi edificio podría haber personas mayores, solas, con dificultades de movilidad… que estarían pasando el trago con mayor incertidumbre que nosotros. Porque mi prioridad fue “salvar a los míos”.
Esta reacción tan “egoístamente humana” ante situaciones de miedo está justificada por los lazos de afecto y de vida que nos unen con nuestros seres queridos. Aunque se puede trascender. De hecho, hay personas que desde el segundo uno piensan en esas otras en las que yo no pensé.
Desperfectos en una cochera del barrio granadino del Zaidón después de los terremotos registrados en Granada. Foto: EFE/Pepe Torres
Pero esa reacción ya no es tan justificable cuando se extrapola a las decisiones para el conjunto de la sociedad. No es nada bueno, ni augura un futuro mejor, tomar decisiones en función del miedo. Más aún si es un miedo alentado por intereses políticos.
Porque, responder a una crisis “de miedo” incentivando más aún el mismo es, simplemente, pegarse un tiro en el pie. En ese sentido, hacer muros más altos, multiplicar la inversión en militarización, acudir a expresiones de poder y de fuerza… lo único que consigue es construir una burbuja que te aísla y que, por lo mismo, no deja de recordarte que “el peligro está ahí fuera”. Y las burbujas, tarde o temprano, explotan.
¿Cuál es el papel de la política ante el miedo social?
Creo que esta es la pregunta que es oportuna hacer en este post: Cómo actuar ante el poder del miedo que extiende sus tentáculos con velocidad y, a menudo, sin que nos demos cuenta.
Asumo que hay miedos que responden a problemas reales y merecen respuesta política serias. Pero el problema no es sentirlo, sino gobernar desde el miedo y, sobre todo, cultivarlo a propósito.
Unas pistas –que no soluciones comprobadas- hechas de intuiciones desde mi experiencia, son estas:
- Ante situaciones que originan miedo, la política tiene que “meter cabeza”, razón. Insisto en que no es asimilable la actuación personal a la del conjunto de una sociedad, pero aquí encuentro procesos parecidos: ante la vivencia de un episodio de temblor sísmico y su comprensible reacción primera, hay que responder en un segundo momento con cabeza: informándose, aprendiendo respuestas y estrategias, controlando la imaginación para ser más eficientes. Igual ante un episodio social que está generando temor social: hay que mantener la cabeza fría, dedicar tiempo a conocer con rigor los hechos, las causas, las consecuencias y las posibles soluciones. Hay que presentar informes independientes antes de hacer declaraciones improvisadas.
- Hay que construir políticas que rebajen la sensación de temor y de inseguridad. Poner en marcha –hasta donde se pueda– políticas de encuentro entre las partes implicadas, de diálogo y reflexión seria e informada, también para evitar consecuencias peores y para prevenir futuras situaciones parecidas. Y, en la medida que se pueda, identificar, penalizar y suprimir los discursos que vayan por el lado contrario. Los que se hacen en torno a bulos y mensajes no contrastados.
- Es imprescindible generar una cultura comunicacional –en los medios, en las redes… y, personalmente, en cada grupo de WhatsApp– que vaya en esa línea. Sin caer en “buenismos” mal entendidos, las personas necesitamos crear espacios de tranquilidad, rebajar los niveles de tensión, construir en base a confianza y esperanza. Por desgracia, todo lo contrario, a lo que muchos personajes políticos o públicos generan hoy.
A modo de anécdota: tras los temblores más fuertes de Granada, una persona puso en un grupo que en unas horas iba a haber otro de magnitud 7 o más. No sé de dónde sacaría la información, pero, obviamente, afirmaciones así solo crean “psicosis” y más pánico. Y, a la vista está –y ojalá siga siendo así– que era falso. La reacción fue pedir a todos los miembros del grupo que, junto a la natural prudencia, optásemos por infundir tranquilidad a nuestro alrededor. Que eso venía bien a todo el mundo.
Termino trayendo lo que creo un “ejemplo de buenas prácticas” en la dirección de las propuestas que ofrezco.
En mi post anterior os adelantaba que dos compañeros de la Fundación en la que trabajo habían ido a Ceuta para conocer de primera mano y sin manipulación lo sucedido en las últimas semanas.
Pues aquí os dejo el informe de aquello, que incorpora un análisis riguroso, un catálogo de soluciones factibles a corto plazo y unas intuiciones a medio y largo plazo.
No, no vivamos perpetuamente bajo la prioridad del miedo.
