Durante mi paso por el seminario claretiano -de lo que sólo siento agradecimiento- tuve un formador que, en tono jocoso y contexto de broma, de vez en cuando nos espetaba: “¡Sois unos inútiles totales!”. No sé si ahora pasaría el filtro de lo políticamente correcto. Lo que sí sé es que más de uno/a hoy diría eso de quienes intentamos forjar otra política diferente a la existente.
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La inutilidad de los útiles
Estamos ya en tiempo electoral. Y a los que formamos parte de organizaciones pequeñas se nos viene encima como en cada comicio el recordatorio por una parte –no menor– de la población de que “dividimos el voto”, “restamos apoyos” a otras fuerzas… o, simplemente no somos un “voto útil”.
Aquel formador debía de tener algo de profeta entonces.
Sin embargo –y permitidme hoy tirar de ironía– ¡qué enorme utilidad la de los partidos “tradicionales” y la de esos partidos nuevos que envejecen tan deprisa! ¡¡Cuántas cosas buenas están trayendo para nuestra sociedad!!
Sólo hay que leer algunos datos de encuestas publicadas recientemente para constatarlo.
Así, a modo de ejemplo, un informe de la Fundación SM publicado en abril señalaba que el 68 % de los jóvenes encuestados declara poca o ninguna satisfacción con el funcionamiento de la democracia. Además el apoyo al sistema ha pasado de superar el 80 % en 2019 a situarse en el 60 % en ese informe.
Por otro lado, en una encuesta del CIS de septiembre, las expectativas sobre la evolución futura de ámbitos tan importantes como la sanidad, las pensiones, los cuidados, el desempleo, la vivienda o la educación apuntan a un empeoramiento sustancial.
Manifestación convocada por Coordinadora estatal por la defensa del sistema público de pensiones (COESPE) en defensa de las pensiones públicas. Foto: EFE
Es decir, la experiencia de las últimas décadas parece haber dejado en una parte importante de la ciudadanía más decepción que confianza. Y las perspectivas sobre el futuro tampoco invitan al optimismo. Estos datos no demuestran por sí solos que los partidos sean los únicos responsables de ese malestar o “malsentir”, pero sí nos obligan a preguntarnos por su capacidad para dar respuesta a las necesidades reales de la gente.
Considerar útiles a las formaciones que tienen la responsabilidad de contribuir a construir una sociedad próspera, cohesionada y en paz exige, al menos, hacerse esa pregunta.
Y ni siquiera hacen falta encuestas. Creo que muchas personas de las que nos rodean a ti y a mí, expresan sus dudas razonables sobre la capacidad de los partidos políticos con representación parlamentaria para encontrar soluciones a los problemas de la ciudadanía y contribuir a un mundo mejor.
El voto inútil
Por eso, mi tesis principal hoy es que quizá la utilidad política no deba medirse únicamente por la representación obtenida, sino también y sobre todo por la capacidad de generar espacios de construcción conjunta orientados al bien común.
Y responde tú: ¿hasta qué punto los partidos con presencia en las cortes la tienen?
Porque, cuando la política se reduce al cálculo del “voto útil”, a elegir “lo menos malo” o a votar con la nariz tapada para que no ganen “los otros, los enemigos”, corremos el riesgo de alimentar una sociedad cada vez más enfrentada, menos capaz de llegar a acuerdos y más centrada en defender lo propio que en comprender las preocupaciones de los demás.
¡Ah! Y en ese escenario… siempre terminan perdiendo las mismas personas: las más frágiles y vulnerables.
No parece, por tanto, que pueda considerarse políticamente útil una dinámica que dificulta la construcción de puentes entre bloques, opciones y sensibilidades diferentes, y que ahonda las fracturas, alimenta la polarización y convierte la convivencia en una suerte de bomba de relojería.
Habrá quien diga: “Pero son los otros partidos, no el mío, los que no quieren ser útiles”.
Entiendo que se pueda vivir la política desde esa convicción. Pero recuerdo aquello que me enseñaron de pequeño: dos no riñen si uno no quiere. Y, aunque la responsabilidad nunca tenga por qué repartirse por igual, siempre cabe preguntarse qué puede hacer cada cual para no alimentar el enfrentamiento y convertirse en un factor de encuentro, incluso en medio de las dificultades.
Más de una vez he reclamado en estas líneas que esa debería ser una de las tareas más urgentes en la política actual: establecer mecanismos y procesos de encuentro, diálogo e incluso de reconciliación. Espacios en los que nadie tenga que renunciar a sus convicciones, pero en los que todos estén dispuestos a ceder en algo para que la sociedad entera pueda ganar.
Los imprescindibles
Así las cosas, frente a la “inutilidad del voto” que no se ajusta a los cálculos electorales, quiero hacer una defensa convencida del “voto imprescindible”.
Para mí, ‘voto imprescindible’ es aquel que nace de la conciencia, y no de las inercias, el odio o el miedo. Es el voto que apuesta por construir y no destruir. El que nace de una ciudadanía madura, consciente de que los procesos de mejora son lentos, de que no existen soluciones mágicas, y de que todos vamos en el mismo barco, aunque haya quien matice que no en la misma parte.
Y, precisamente por eso, nuestro futuro depende también del futuro de los demás, no solo del nuestro.
Quizá ese voto no siempre sea el más rentable electoralmente. Quizá no garantice representación ni resultados inmediatos. Pero puede contribuir a mantener vivas otras formas de entender la política: como servicio, como búsqueda del bien común y como oportunidad para construir una sociedad en la que las diferencias no nos condenen al enfrentamiento.
Hoy, sí, me confieso un inútil total, si por tal se entiende a quien se resiste a creer que la política solo sirve para competir, vencer y derrotar al adversario.
Porque, si ser útil significa renunciar al encuentro para ganar una batalla, quizá haya llegado la hora de reivindicar, con orgullo, nuestra inutilidad.
