Redactor de Vida Nueva Digital y de la revista Vida Nueva

¿Es legítimo que los Papas renuncien? (Müller lo duda)


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El fallecimiento de Benedicto XVI no solo ha alentado determinados mercados editoriales, sino que, especialmente en la prensa italiana, ha reactivado el debate sobre el estatuto del Papa emérito para mostrar el ‘puente de plata’ por parte de los más críticos con Francisco –a los que se han sumado, una vez más, intelectuales de los que podríamos considerar anticlericales de toda la vida, ‘come curas’ literalmente en el concepto italiano–.



La difícil cohesión entre un Papa reinante y otro orante dentro de la misma muralla leonina, si uno lee el libro sobre ‘la verdad’ del arzobispo Gänswein, parece ser una evidencia –aunque solo a ojos de una minoría que ciertamente incluye testigos cualificados, aunque siempre de parte, no se olvide este dato–. A esto se ha sumado la silla de ruedas o el bastón empleado por el papa Francisco de forma claramente visible en audiencias y grandes celebraciones; símbolos de fragilidad física que se convierten en determinadas manos en auténticos elementos arrojadizos.

El libro

En estas estábamos cuando ya ha llegado a todas las librerías ‘En buena fe’ (‘In buona fede. La religione nel XXI secolo’, ediciones Solferino), un libro entrevista de la periodista Franca Giansoldati –vaticanista, se puede decir que veterana, del diario ‘Il Messaggero’– con el cardenal alemán Gerhard Müller, uno de los que pueden ser considerados críticos de Francisco. Más de 200 páginas y nueve capítulos en los que el purpurado que estuvo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el que se habla de su oficio, de la gestión de los abusos, del acuerdo con el gobierno chino, de la situación de la Iglesia Católica alemana, del feminismo, de Estados Unidos y América y –llamada la atención del título– del rechazo total de Müller a los Papas eméritos como institución propia del Derecho eclesial.

Desde luego destaca cómo el cardenal responde con seguridad a todas las cuestiones de la Iglesia y tiene recetas tanto para Putin y la guerra de Ucrania como para el diaconado femenino o la comunión a los políticos proabortistas estadounidenses. Da la sensación de que temas como los abusos o las propuestas del Camino Sinodal alemán ya están resueltas en la tradición y que el cambio cultural apenas interpela al cristianismo de hoy. Müller lo mismo define a Gustavo Gutiérrez como “querido amigo” que rechaza que se diga que santa Teresa o Edith Stein son “doctoras” y no que tienen el título de “doctor de la Iglesia”; habla de la cercanía que tenía con su colaborador el monseñor Krzystof Charamsa y su salida del armario –el “lado oscuro” lo llama– o le quita originalidad a ‘Laudato Si’’ asegurando que los teólogos siempre han advertido contra el olvido de la persona si uno se ocupa mucho del medio ambiente. También cuenta experiencias como su destitución: “Francisco me abrazó en el atrio de la basílica y me dijo que tenía plena confianza en mí. Al día siguiente me dijo: ‘Has cumplido tu mandato. Gracias por tu trabajo’ sin darme ninguna razón”.

Habría tantos temas que comentar… pero vamos al “No a los papas eméritos” de este Müller que viene “de buena fe”.Es el tema que anticipó abiertamente en la presentación de la obra en días pasados. Si bien la conversación del libro se produjo estando todavía vivo Benedicto XVI, señala todos los nudos que obligó a desatar la materialización del después de la renuncia formal y que ha provocado que en el fondo todo el mundo vea que en el Vaticano ha habido “dos papas” viviendo. Para él, el propio ministerio petrino y su “principio de unidad” hacen que el mismo concepto de los “dos papas” sea un imposible. Y es que, añade, aunque el texto de la renuncia tuvo una redacción canónica estudiada –aunque Gänswein en su libro ha advertido de errores de transcripciones y concordancias tanto en la vocalización de Benedicto o la difusión inicial de la Oficina de Prensa del Vaticano–, “con el tiempo han emergidos los dilemas identitarios que ha suscitado la presencia de un Papa emérito”. Para el cardenal, es “difícil ignorar la cantidad de personas en todo el mundo que se identifican más con Benedicto XVI, con su teología y su papado –aunque haya dimitido y no gobierne más– que con Francisco, un pontífice que sin duda es bastante diferentes por estilo y personalidad”. Por ello, advierte, se ha generado un “dualismo no codificado” que ha generado “desorientación” en los fieles. Todo porque una renuncia así ha ido contra la línea de flotación trazada por “el principio petrino de la unidad de la fe y la comunión de la Iglesia”, algo que no había ocurrido antes ni así en la historia de la Iglesia.

Müller advierte que el Derecho Canónico ciertamente no ha desarrollado este aspecto y que se corre el riesgo de devaluar el papado hasta considerar al pontífice como un mero “funcionario estatal”. Por eso, insinúa abiertamente que san Pedro no se habría jubilado jamás. Por ello, interpreta que la renuncia papal que se recoge en el Código debe invocarse solo en situaciones extremas y no en el caso de la debilidad de fuerzas porque el papado es “testimonio hasta el sufrimiento personal siguiendo el ejemplo de Cristo, muerto en la cruz, contemplando la gracia divina”. Por ello no reclama un estatuto para los papas eméritos y reflexiona que a menos escala son también un problema los obispos jubilados a los 75 años que están bien y se quedan en la diócesis de la que son dimisionarios. Por eso, confiesa un poco más adelante, que aunque le consideren un enemigo (no se usa este término, aunque se rie de la cuestión) de Francisco él le recomendó hace tiempo que no renuncie y que asuma el papado hasta el final. Müller además se pronuncia contra las maquinaciones eclesiales para manipular cónclaves que se puedan ejercer desde un posible “club de los papas eméritos”.

papa Francisco y cardenal Gerhard Muller

El debate

El cardenal conoce bien el debate teológico abierto entre la forma de entender el llamado ‘munus’ y el ‘ministerium’. Si bien él mismo alaba la obra teológica de Ratzinger, cuestiona la separación de estos dos conceptos clásicos de la eclesiología y reivindica la teología clásica del episcopado –que se entiende que es a la que ha dado la espalda el emérito con su renuncia–. Sin entrar en las explicaciones hechos por los teólogos en estos casi diez años desde la renuncia de Benedicto XVI, tendríamos que pensar que menos mal que ha sido el Papa teólogo quien ha discernido –y no a la ligera– la cuestión de la renuncia, un teólogo que ha sido muy consciente del papel –y lo digo en el sentido más amplio del término, especialmente en lo pastoral y ministerial– del papado en la historia occidental y que lo ha reafirmado con gestos y palabras continuamente.

Traspasando la neblina generada especialmente en estas semanas en torno al monasterio Mater Ecclesiae no podemos dejar de reivindicar la renuncia de Benedicto XVI como un gesto personal del Papa, con plena conciencia de lo que estaba haciendo y como auténtica opción de fe. A pesar de las versiones intencionadas y las hipótesis de brocha gorda, las palabras con las que el Papa alemán presentó la renuncia son no solo la verdad oficial sino que han quedado para todo el que quiera entender como confesión sincera.

La pena es que al lado se han asimilado los testimonio de quienes han visto el monasterio como el sitio al que ir a “curar las heridas” provocadas por un pontificado que ha entendido que una Iglesia que se encarna en el mundo –y en las instituciones del mundo– se mancha las manos. Müller también se declara “herido por este pontificado” y devela como puñalada sentida la nueva configuración que se establece en 2017 para el Instituto Juan Pablo II –. Y es que el cardenal hace un alegato de la libertad de cátedra y a renglón seguido insiste en que el Papa no presidente de un consejo de administración y no se debe al encargo de ninguna institución colegiada… Por ello, apunta que la tarea del próximo Papa será devolver a la Iglesia la “unidad de la fe y de Jesucristo” ya que el futuro necesita “pastores valientes, coherentes y con una fe grande”. No está mal el deseo, pero ¿Cómo trabaja por ello un príncipe de la Iglesia como es Müller?