Elegí la vida


Ya lo dijo Moisés cuando su pueblo estaba por entrar en la tierra prometida. Vino a decirles algo así: hasta aquí los trajo Dios. En esta tierra nueva, como en cualquier otra, hay dos caminos: la vida o la muerte. Ahora les toca elegir a ustedes, pero, si me aceptan un consejo, elijan la vida.



Trabajé muchos años en publicidad y todavía me saco el sombrero. En tres palabras el hombre lo dijo justo. Claro que una cosa es decir “elegí la vida” y otra es ver a qué se agarra uno cuando llega la hora.

Rosario con un hilo de mi pantalón

Yo una vez me agarré a un hilo de mi pantalón. Estaba preso. Siempre fui bastante hábil con las manos. A ese hilo le hice diez nudos y con otros cinco hice la cruz. El rosario entero no medía más de ocho centímetros. Cuando me sacaban a los interrogatorios, lo llevaba escondido en la boca, detrás de las muelas.

Muchas veces grité como si tuviera una sordina. Mientras me golpeaban, cuidaba con la lengua que no se me escapara el rosario. Había que tener cuidado hasta para gritar.

Nunca denuncié a nadie para que aflojaran los golpes. No siempre elegí bien. Podría haber sido mejor padre, mejor marido, mejor hijo y hermano. También me duelen las veces que no pude ayudar a alguien que me necesitaba. Pero no voy a inventarme culpas. Bastante cuesta hacerse cargo de las propias.

Cuando la vida se elige

La vida no se elige una vez, con trompetas. Se elige a la mañana, cuando el cuerpo pesa y uno igual se levanta para acompañar a un hermano a comulgar. Se elige cuando uno perdona lo que no tiene arreglo. Y se elige de noche, apagando luces sin apuro. En la casa sacerdotal donde vivo, a mí me tocan las de la capilla. Dejo encendida una muy chiquita, que alumbra lo justo.

Adoración eucarística

Adoración eucarística. Foto: Unsplash

A esta edad, a veces me siento solo. Si me quedo esperando que vengan a buscarme, la espera se hace larga. Entonces salgo al pasillo o a la calle. Siempre hay alguien que también necesita compañía.

Antes de irme a dormir tengo una costumbre. Les voy a contar un secreto. Jesús está dentro del sagrario. Tiene forma de pan, pero está Él entero. ,Y como es un poquito mayor que yo, se me ocurre que a lo mejor también se siente solo algunas veces.

Un mármol reluciente y frío

Debajo de la puerta hay un mármol reluciente que sostiene su casa. Fuerte será, no digo que no. Pero a mí me parece frío.

Me acerco al altar. Cierro apenas las cortinitas, para que nada lo moleste, y beso muy suave el mármol, justo debajo de la puerta. Le doy un poco de calor. Qué sé yo. Como cuando cuidaba a mis hijos o, después, alguna vez, también a mis viejos.

Me quedo un momento ahí, con los labios sobre la piedra, para que no esté tan fría. Y resulta que el calor me llega a mí.