Anoche, 2 de septiembre, en un rincón de Granada, se encontraron manifestantes de dos convocatorias diferentes por la crisis que se está viviendo en torno a Ceuta: los antirracistas y los anti-invasionistas.
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Así estamos
Fue muy significativo que los manifestantes se encontraran en aceras enfrentadas. Y como si entre ambas se levantara un muro infranqueable y construido a base de proclamas contrapuestas. “¡Fascistas!” de un lado; “¡Antipatriotas!” de otro.
Las imágenes me llegaron por canales diversos y acompañados de comentarios de uno y otro signo ideológico. Y me preocuparon.
Más allá de lo que está ocurriendo en la ciudad autónoma, de ayer destacaría la imagen de una sociedad fracturada, cuya división parece ahondarse con el paso del tiempo.
Ante ello, creo que una de las tareas más urgentes de la actividad política en cualquiera de sus dimensiones y esferas debía ser hoy esa: conseguir acercar las “aceras”, generar espacios de encuentro, de entendimiento, de concordia y convivencia.
Urge el modelo puente
No quiero obviar lo que está pasando en la ciudad autónoma y todo el sufrimiento que está provocando en muchas personas –ceutíes y migrantes–. De hecho, creo que una parte no menor de todo ello tiene que ver con lo que aquí traigo: estamos construyendo políticas, relatos, ideologías… basadas en conceptos como la separación, la división, la defensa ante los diferentes y la protección de lo propio frente a lo ajeno.
Es lo que en mi último post llamaba el fracaso del “modelo frontera” de convivencia. Entonces dejaba en el aire la alternativa al mismo.
Aquí doy un paso más y defiendo el “modelo puente”.
En la práctica, ello supone construir políticas y tomar decisiones que conduzcan directamente a la mejora de las relaciones y la resolución noviolenta de los conflictos entre identidades o pertenencias entre estados, organizaciones, bloques y grupos.
Entre estados, el “modelo puente” implicaría la opción por generar vías seguras y dignas para el movimiento de personas de uno a otro. Desde la búsqueda de la acogida, la plena integración y la normalización de la convivencia.
Manifestación en la Plaza Mayor de Cáceres en apoyo al pueblo ceutí por la crisis migratoria. Foto: EFE
Esto no excluye la existencia de fronteras y la articulación de requisitos o condicionantes para esos procesos migratorios. Pero sí excluye que todo ello sea para evitar dichos procesos o para catalogarlos bajo el signo de lo indeseable.
Así, no nos conformaríamos con lo de “migrar es un derecho”, sino que apelaríamos a la obligación y responsabilidad de los gobiernos de “facilitar y favorecer la migración” de una forma segura, digna y constructiva. Como un hecho humano inevitable e, incluso, necesario.
Cruzar el puente sin mochila
Por último, para este escenario que dibujo, y que creo inapelable para la supervivencia en paz de la humanidad, es imprescindible volver a revisar nuestras “mochilas” mentales y vivenciales.
Una y otra vez –no es la primera vez que lo digo en este blog– constato que, gran parte de los enfrentamientos, de la polarización y demás, responde a la lógica de ideas preconcebidas o ideologías adoptadas. Analizamos y encajamos las circunstancias y acontecimientos en coherencia con esas mochilas. Es algo que sucede una y otra vez.
El ejemplo ahora, con Ceuta, es claro.
Quien tenga de “mochila” ideas progresistas o de izquierdas, verá en las manifestaciones movimientos de ultraderecha y supremacistas, y rebajarán al mínimo la situación de inseguridad y de miedo que, por lógica, siente la población Ceutí ante lo sucedido.
En cambio, quien tenga la “mochila” conservadora o de derechas, subrayará la incompetencia del Gobierno actual, su sometimiento a la monarquía alauita, su permisividad ante la “invasión” de España y la pérdida de identidad, etc.
Participantes en la contramanifestación convocada por GKS y otros grupos de izquierda con lemas contra el racismo, se enfrentan a la concentración del grupo Constitucionalistas Vascos, durante el llamamiento de la Plataforma por Ceuta en San Sebastián. Foto: EFE
Pero la verdad –siempre poliédrica– se aleja de esas afirmaciones taxativas y excluyentes. Hay que desproveerse de las mochilas para poder analizar la realidad con libertad, rigor y esperanza. Ello no significa no tener postura, sino no dejar que la ideología precocinada sustituya al análisis. Ese es el modelo puente que defiendo.
Lo necesitan los ceutíes que han perdido la normalidad en su día a día, y los migrantes que han sido utilizados como elemento de presión geopolítica. Pero también lo necesitan otros muchos lugares y conflictos.
Y es que, o miramos la realidad sin condicionantes previos para construir soluciones que satisfagan a toda la población… o iremos directamente al “muro”, que dice mi amigo Augustin Ndour. Por cierto, que mientras escribo estas líneas él está en Ceuta con otro compañero de la Fundación en la que trabajamos –Fundación para la Ciudadanía Global–, Jorge Serrano, donde han ido para conocer de primera mano lo que está pasando y así, no estar a merced de lecturas sesgadas e interesadas.
Deseando estoy que me cuenten.
Sin mochilas.
