No se considera un héroe ni un ser extraordinario. Simplemente un sacerdote que ayer puso su ministerio al servicio de los demás ante lo que él mismo define como una situación “verdaderamente terrible”. Fernando Fernández de Bobadilla es el párroco de Los Yébenes y es quizá, el vecino y voluntario que más tiempo estuvo echando algo más que una mano para asistir a las víctimas del accidente ferroviario que ayer asoló nuestro país y que se cobró la vida de, al menos 68 personas.
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Un amigo le llamó para advertirle de lo sucedido, mientras iba de camino al centro de salud para pedir una cita rutinaria. Era un aviso sin confirmación. Cuando llegó al ambulatorio, saltó la alarma de urgencia. Se confirmaba el rumor. “Cogí el coche y me fui directamente para Urda. De hecho, llegué un poquito antes que los servicios médicos”, comenta el cura de la Archidiócesis de Toledo Fernández de Bobadilla a Vida Nueva.
“Lo que me encontré fue espantoso, con personas deambulando, heridos graves y fallecidos por el suelo”, relata al describir lo que vio al bajarse de su vehículo y caminar entre los almendros hasta el lugar del siniestro. “Ya había unos guardia civiles acordonando la zona, pero apenas habían llegado unos pocos sanitarios”.
En ese instante, el presbítero se dio cuenta de que había sido uno de los premios en llegar al epicentro de la tragedia. “Era de tal gravedad lo que estaba contemplando que fui consciente de que no tenía capacidad para atender a nadie yo solo”, comenta, a la vez que recuerda que llegó a la zona de uno de los vagones del AVE que “estaba completamente abierto, rajado de arriba abajo”.
En este contexto, algo más que un gesto salió de lo más profundo de este veterano sacerdote: “Di la absolución colectiva, que se nos enseña en la teología del sacramento de la penitencia. En situaciones de catástrofe se pueden dar absoluciones colectivas, aunque no haya confesión individual. Entonces, a voz en grito, me dirigió a todos los que estuviesen en peligro de muerte”.
El clérigo ofreció su ministerio con naturalidad en medio de una situación verdaderamente límite: “Hice lo que sentí que podía hacer en ese momento y que no podía hacer nadie más que yo en ese momento: el perdón de los pecados y prepararlos por si tenía que llamarlos el Señor al cielo”.
Dos mujeres se abrazan en el pabellón de Urda. Foto: EFE
Fueron apenas unos segundos de oración por cuantos estaban allí. Aunque en realidad, su actitud orante le acompañaría el resto de la mañana: “En todo momento me puse al servicio de los sanitarios. Si me decían que sujetara una bolsa de suero en alto, les obedecía. Si tenía que ponerme de cuclillas aguantando la cabeza de otro herido, apoyaba así. Si me pedían que agarrara a otra personas por el hombro y la cadera para meterle en una improvisada camilla, me ponía manos a la obra”.
Lejos de vivirlo con dramatismo, Fernando afrontó con serenidad su labor de auxilio, que fue física, pero también psicológica y espiritual. “A uno le coges la mano, a otro le preguntan cómo está y qué le duele, a otro simplemente le dices: ‘Soy el cura y voy a rezar por ti’”, comparte sobre su empeño en dar consuelo en medio de la catástrofe.
“Cada persona reaccionaba como podía. Uno te apretaba la mano, otro solo tenía fuerzas para levantarte las cejas, otro te sonríe, otro no contesta porque está en shock o inconsciente”, rememora el cura.
Sin ser consciente del tiempo que había pasado mientras atendía a unos y a otros, dos guardias civiles del pueblo le abrieron camino para acercarse a la zona donde se encontraban el tren Iyrio.
“Poco más podía hacer que rezar un responso tras otro ante todos los cadáveres que se iban sacando del vagón”, apunta sobre el alcance de lo que estaba viendo, en un momento en el que se sumó el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, junto con otros curas. “Sacerdotalmente, lo que podíamos era eso; humanamente, en paralelo, ayudábamos con lo que se nos indicaba para sujetar, apoyar, colocar…”.
El sacerdote, el último en irse
Al contemplar esta escena, es cuando verdaderamente descubrió “el alcance letal del accidente”. “Pero también pude constatar -apostilla el presbítero- cómo se había levantado un operativo digno de reconocer, por la coordinación de todos los equipos e instituciones involucradas, desde los bomberos a la protección civil, la policía local, los sanitarios… Todo estaba funcionando de maravilla”.
Eran las dos de la tarde cuando el párroco de Los Yébenes abandonaba el lugar, después de que se hubiera evacuado a los enfermos y de que los bomberos confirmaran que había que esperar a la maquinaria pesada para mover a los vagones. Camina hacia su coche, sin darse importancia: “Tengo 71 años y hace un año me operaron de un cáncer. Tengo algunas limitaciones físicas, pero no he sentido ni cansancio ni molestia alguna ni en los kilómetros que he tenido que recorrer andando ni en el esfuerzo físico que he hecho”.
De hecho, después de estar en la zona cero, Fernando continúa con el resto de la jornada, con una tarde en la parroquia, celebrando la eucaristía y como catequista de un grupo de adultos.
Horas después de lo vivido, Fernando habla del sentido de su ministerio: “Ante una encrucijada así, simplemente tienes que hacer sentir la presencia de alguien que habla con bondad, que acoge y abraza. Se trata de estar y hacer sentir cercanía. Porque hacer comprender lo que está sucediendo es imposible y razonar es inútil”, reflexiona para esta revista.
“Ofreces lo que tienes. Les dices: ‘Estoy rezando por ti, rezo por ti. No sé si eres creyente o no eres creyente, yo rezo por ti’. Se trata de acompañar”. Y es que para el párroco de Los Yébenes, “la palabra de consuelo es palabra de fe”: “Aunque no se estén enterando o no sean conscientes, Dios está regalándoles su bondad y misericordia en un trance tan difícil”.
“La omnipotencia de Dios funciona”
Desde ahí, el cura aprecia que “desde la fe, tenemos la grandísima suerte, de que, en medio de nuestra impotencia, sabemos que funciona la omnipotencia de Dios”.
“Creo firmemente en que, si yo no soy capaz de llegar al corazón de este hombre o esta mujer herida, Dios sí que es capaz de llegar a su corazón. Mi mediación puede ser simple y aparentemente inútil pero Dios sabe aprovechar las rendijas”, sentencia.
Es así, como este cura de origen jerezano encarnó ayer el símil de la Iglesia como ‘hospital de campaña’ que tanto reivindicaba el fallecido papa Francisco: “Es lo que ha hecho Jesucristo en la cruz. Es ponerte en la brecha, y decir: ‘Este sufrimiento, Señor, te lo ofrezco a ti como el tuyo, que no sea inútil el sufrimiento de la humanidad’”.
Y lo asegura, con la mente puesta en el que fuera su mentor, el sacerdote José Rivera, en proceso de beatificación, que “me inculcó que la vida es para ofrecerla como sacrificio, no solo la vida de uno, sino coger la vida de los demás y ofrecérsela a Dios, aunque ellos no se enteren”.
Con esta premisa, Fernando echa mano de una de las frases que repite en sus predicaciones para dar sentido a lo que “tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo, no para condenarlo, sino para salvarlo”.
