La fecha
Este lunes 2 de noviembre, un día después de la solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia católica conmemora a todos los fieles difuntos. Este año el 1 de noviembre es domingo y el 2 es lunes, así que la Iglesia pasa en dos días de celebrar a los santos a recordar a los difuntos. Esa cercanía no es casual: ambas fiestas hablan de la misma familia, la de quienes nos precedieron. Aun así, la pregunta sigue siendo legítima, también para cristianos de otras tradiciones. Si los muertos están en manos de Dios, ¿para qué rezar por ellos?
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La práctica es mucho más vieja que cualquier debate medieval. El segundo libro de los Macabeos cuenta que Judas Macabeo hizo ofrecer sacrificios por los soldados caídos y presenta la oración por los muertos como algo santo, con base en el texto de 2 Macabeos 12,46. Los cristianos heredaron esa costumbre. La oración por las almas de los difuntos se practica en la Iglesia desde los primeros siglos, ya en las catacumbas romanas donde se sepultaba a los cristianos era auténticos espacios de memoria y oración. Padres de la Iglesia como san Isidoro de Sevilla la describían como una costumbre observada en todo el mundo.
La fecha del 2 de noviembre llegó más tarde. La tradición la atribuye al abad Odilón de Cluny, que a finales del siglo X la instauró en sus monasterios, y desde allí se extendió a toda la Iglesia latina. Dejamos a un lado las mezclas con Halloween y la influencia de tradiciones que hemos comentado ya otras veces.
Los santos
El fundamento teológico de fondo es la comunión de los santos: los bautizados forman un solo cuerpo, y esa unión no se rompe con la muerte. El Catecismo explica que la Iglesia llama purgatorio a la purificación final de los elegidos. La idea es que quien muere en amistad con Dios, pero sin estar del todo “limpio” de sus apegos y heridas, necesita un proceso de maduración antes del encuentro pleno. Muchos creyentes lo imaginan menos como un castigo que como un último tramo de sanación.
En ese marco, rezar por un difunto es un acto de amor y de confianza. El Catecismo habla de una idea santa y piadosa que ayuda al difunto y puede hacer eficaz su intercesión por nosotros. El mejor sufragio, según la tradición, es la eucaristía: ofrecer la misa por los difuntos. A ella se suman la oración personal, las obras de caridad y las indulgencias.
Las indulgencias se entienden mal con frecuencia. Para estos días, el ‘Enchiridion Indulgentiarum’ concede indulgencia plenaria, aplicable a los difuntos, a quien visite devotamente un cementerio y rece al menos mentalmente por ellos del 1 al 8 de noviembre. El 2 de noviembre existe además una indulgencia plenaria para quien visite una iglesia y rece allí el Padre nuestro y el Credo. En ambos casos se piden las condiciones habituales: confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Papa. Nada de esto funciona como un mecanismo contable. Es una forma concreta de decir “me acuerdo de ti y te encomiendo a Dios”.
No todos los cristianos rezan por los difuntos. Muchas comunidades protestantes, por su énfasis en la salvación por gracia, prefieren encomendarlos a Dios sin oración de intercesión. Las Iglesias ortodoxas, en cambio, rezan por sus difuntos desde antiguo, con memoriales a los tres, nueve y cuarenta días, aunque no formulan el purgatorio como la teología latina. En algunas comunidades anglicanas y luteranas también se celebra el recuerdo de los difuntos a comienzos de noviembre. Casi todos, más allá de las diferencias doctrinales, coinciden en algo: el duelo necesita un lugar, un rito y una comunidad que lo sostenga.
La despedida
En nuestra sociedad la forma de despedir y enterrar a los difuntos va cambiando. Por ejemplo, según el informe de Panasef, la incineración (50,11 %) ya supera a la inhumación (49,89 %) en España. A pesar de ello, en muchos casos no quita que las cenizas se depositen en un lugar especial como un cementerio o un columbario. Y es que la tradición ha potenciado que haya un espacio para preservar la memoria de cada uno. Detrás de la tradición hay una pregunta que interesa también a quien no es católico: ¿dónde va a ir a recordarme quien me quiera?
No hace falta saber teología para vivir este día. Basta con acercarse a una misa por los difuntos, visitar un cementerio, encender una vela o decir en voz alta el nombre de alguien que ya no está. Y hay una intención especial: rezar por quienes no tienen quién rece por ellos. Esa es la intención que el papa León XIV puso en el centro hace ahora un año en su misa en el cementerio de Verano de Roma.

