En algunas parábolas, Jesús utiliza imágenes tomadas de los poderes económicos y políticos de su tiempo para mostrar cómo debe ser la vida de la pequeña comunidad del Reino. ¿Qué pasaría si miráramos la dinámica de los poderes de nuestra sociedad desde esta perspectiva para confrontarnos a nosotros mismos?
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Es evidente la degradación que podemos descubrir en ellos. Pensemos, por ejemplo, en la mentira encubierta que consiste en presentar como hechos lo que en realidad son intereses propios: la llamada posverdad. O en ocultar una parte de la verdad para presentar la propia perspectiva como si fuera la única verdadera.
Ocultan intereses poco confesables
O en utilizar palabras convertidas en consignas que, repetidas sin confrontarlas con la realidad social o personal, terminan ocultando intereses poco confesables.
Podemos pensar también en el ensimismamiento que supone la concentración en el propio bienestar convertido en un absoluto: mi trabajo, mi dinero, la vida social y la política; todo parece estar al servicio de una única finalidad: que a mí
—en un «mí» sin matices— me vaya bien, cada vez mejor. Algo parecido sucede con la absolutización del yo colectivo, ya sea ideológico, cultural o nacional.
También podemos hablar de una transparencia cada vez más hipócrita: cuanto más se exhiben los políticos y los partidos, más se puede ocultar la realidad mediante palabras y gestos artificiales con interés propagandístico. Así, tanta transparencia puede acabar significando, paradójicamente, que vemos claramente que no vemos nada.
La utilización interesada y partidista de las leyes
Está también el desprecio por lo diferente y por el matiz. Y cómo no advertir una especie de prevaricación «legal»: la utilización interesada y partidista de las leyes, buscando en alguna interpretación posible una justificación para defender una determinada posición ideológica y mantener el poder, deformando el sentido verdadero de la ley.
Pero no es bueno situarnos como espectadores, sentados en el lugar de Dios juzgando a los demás. Es preciso reconocer, como parece querer Jesús en las parábolas, que todo esto no está tan lejos de nuestra pequeña y tantas veces complaciente vida cristiana, para que no nos suceda lo que le ocurrió a David al escuchar la parábola de Natán (2 Sam 12,1-4).
La Iglesia no es el juez del mundo, sino el sacramento de Dios para el mundo. Por eso, la primera evangelización debe comenzar en su propio territorio: en la vida de cada creyente y en la vida concreta de las comunidades.
Donde se esconde la semilla del mal
El Señor advierte al final de una de estas parábolas: «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto» (Lc 16,10). Y es necesario que comprendamos que también en lo pequeño puede esconderse la semilla del mal.
Por eso, la pregunta de fondo es si en los distintos niveles de la vida eclesial no deberíamos estar atentos a la mentira encubierta, al ensimismamiento, a la transparencia hipócrita, al desprecio por lo diferente o a la utilización interesada de la ley.
Miremos con honestidad la pequeña vida de nuestras comunidades cristianas: la de sus dirigentes y sus formas de gobierno, la de nuestros compromisos con la vida, nuestras relaciones concretas y también nuestras organizaciones y redes de comunicación. ¡Cuánto habría que comentar!
Creo que ahí se encuentra la medida de nuestra verdad. Una verdad que puede resultar mucho más incómoda de lo que queremos reconocer, por más que Dios sigua confiando en nosotros como sal de la tierra.
*Francisco García Martínez (Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca)
