El sábado 17 de octubre, León XIV recibió el alta hospitalaria tan solo cuatro días después de haber sido intervenido de un cáncer de pulmón. A pesar de que se había previsto una semana de ingreso en el Policlínico Gemelli de Roma, la rápida recuperación del Papa habla de la ausencia de incidencias en el postoperatorio y de la eficacia de la técnica mínimamente invasiva inventada por el médico español Diego González Rivas, que permitió extirpar sin problema alguno el lóbulo inferior del pulmón derecho.
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La transparencia comunicativa de la Santa Sede en torno a la enfermedad de Robert Prevost, al igual que ya sucediera con el papa Francisco, no ha impedido, sin embargo, que se desataran todo tipo de conjeturas, insinuando un freno en el pontificado, incluso su final.
Es cierto que la serenidad con la que León XIV anunció el 11 de octubre su inminente operación provocó una conmoción global. Este shock compartido no justifica los pronósticos agoreros que se dispararon cuando el informe de los médicos después de la intervención desveló que padecía un adenocarcinoma. De poco sirvió hablar del éxito de la operación y que los posteriores partes médicos ofrecieran detalles de su constante mejoría.
Tampoco parecía escucharse a los neumólogos y oncólogos que explicaban con detalle el limitado alcance del diagnóstico. La rumorología siempre es más veloz y más creíble, amplificada todavía más a través de las redes sociales.
León XIV, en la primera audiencia tras su operación, charla con una niña ucraniana de 13 años que superó un cáncer y le regaló una foto de un anterior encuentro. Foto: EFE
Afortunadamente, el tiempo ha abierto más pronto que tarde la puerta de la verdad, que pasa por una recuperación óptima. Tanto es así que el cirujano Stefano Margaritora ha dado vía libre a León XIV para viajar el 6 de noviembre a Uruguay, Argentina y Perú.
Con estas buenas noticias por delante, el Papa ha puesto en primer plano, una vez más, la vulnerabilidad propia de quien se enfrenta a un pronóstico adverso como es el cáncer, una enfermedad que todavía sigue siendo un tabú a pesar de los avances médicos que han reducido su mortalidad. Él mismo lo expresaba en su primer ángelus de vuelta al Vaticano, el domingo 18: “Esta experiencia me ha permitido sentir de manera particular la cercanía a cuantos atraviesan la enfermedad y una condición de sufrimiento”.
Hospital de campaña
La sola presencia de Robert Prevost en el Gemelli a buen seguro que ha sido un aliento para no pocos enfermos, al verse reflejados en él. El Papa ha experimentado en primera persona lo que implica compadecerse en el sentido más literal, esto es, “padecer con”, conectar con el dolor del otro para acompañarlo y, en la medida de lo posible, intentar aliviarlo. Sin buscarlo, el Pontífice ha ejercido de capellán universal, haciendo de la Iglesia un hospital de campaña.
