Del 7 al 14 de octubre, el Vaticano ha acogido el encuentro Diez años después de ‘Amoris laetitia’: anunciar el evangelio con las familias de hoy. León XIV citó a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el planeta, una iniciativa que solo tiene un precedente: la reunión antiabusos de Francisco en 2019.
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Así, la mera convocatoria habla de la importancia que da el Papa agustino a este foro, al que ha sumado otros tantos cardenales, sacerdotes, religiosos, especialistas laicos y, sobre todo, familias.
Entre los objetivos, se buscaba analizar si se está llevando a la práctica la propuesta pastoral de esta exhortación apostólica, fruto de un doble proceso sinodal. En esta década, lejos de mejorar el contexto, se han agravado los problemas tanto de quienes inician una relación como de quienes dan el paso a la paternidad. A la par, se agudiza la brecha entre las parejas y la Iglesia, con disminución creciente del sacramento del matrimonio.
Un modelo alcanzable
Ante este escenario, la Iglesia no puede ni debe presentarse con una actitud derrotista. Menos aún, atrincherada. Ninguno de estos extremos parece haber atrapado a los participantes en el encuentro, a juzgar por las ponencias de quienes han iluminado las jornadas de reflexión.
Si algo han remarcado unos y otros, es la necesidad de que la Iglesia siga preguntándose si su pastoral parte de las familias reales o si sigue anclada en modelos estereotipados que provocan un rechazo innato. Es verdad que no se puede renunciar a presentar el ideal de familia cristiana, pero no es menos cierto que esta propuesta no debe ofrecerse como un modelo inalcanzable y, por tanto, frustrante.
Diez años después de ‘Amoris laetitia’, ni en las sacristías ni en las parroquias hay debate alguno abierto sobre el acceso a la comunión de los divorciados vueltos a casar, un punto que fue utilizado por los grupos ultraconservadores para atacar a Francisco. Más bien, lo contrario.
Palpar la realidad
Quienes están a pie de obra se saben llamados a partir de las dificultades que atraviesan quienes se acercan al dintel de los templos: desde la imposibilidad de encontrar un empleo estable o acceder a una vivienda digna, que permitan configurar un proyecto de vida, hasta la falta de herramientas para afrontar la convivencia cotidiana, la crianza de los hijos o la afectividad y la sexualidad.
Solo si la Iglesia escucha a los jóvenes y a los mayores, y se abaja –desde el Evangelio de la misericordia– al barro de su realidad, podrá acompañar y dar luz. De lo contrario, dejará de ser vecina, amiga, acompañante y consejera para encerrarse a la manera de una promotora de una urbanización burbuja, un club privado con un barniz de errada perfección donde se reserva el derecho de admisión.
