Hace tiempo, cuando iba a entrar en una iglesia, un chico joven se acercó a hablar conmigo. Sentado a mi lado en un banco, me contó cosas muy complicadas que había vivido a pesar de su juventud. Una existencia sumergida desde que nació en la realidad más dura y peligrosa de la droga.
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Este chico tuvo suerte. Fue acogido por una familia comprensiva que lucha con él y que está a su lado. Pero parte de su historia familiar sigue ahí.
Lo escuché con atención, casi sin poder intervenir, puesto que él necesitaba hablar, desahogarse. Cuando terminó, se levantó y se fue.
Recuerdo que aquella noche, en mi sillón verde, seguía pensando en esa vida marcada por un entorno familiar que a día de hoy aún le sigue haciendo daño. Me enfada pensar que un niño indefenso, dependiendo del ambiente en el que nazca, vaya a tener un tipo de vida diferente.
Me pregunto cómo acabará este chico. Quiere ayudar a su familia, pero, por lo que me contó, yo creo que su juventud le impide ver que no puede.
A mí me duele no poder hacer nada y, al mismo tiempo, me planteo muchas cuestiones que no me están llevando a ninguna parte.
Las historias que cargamos cada uno se cuentan y se comparten por la necesidad de repartir con alguien el peso de nuestros problemas o alegrías.
Hay personas que tienen un don muy grande para escuchar. Lo hacen de forma amable, con atención. En ocasiones se producen intercambios de opiniones y preguntas, lo que se conoce como una conversación y, en el mejor de los casos, acaba con un “gracias por escucharme” y un abrazo.
Una mochila cargada de piedras
Pero hay veces en las que el oyente recibe toda la carga y el hablante simplemente se va. Y oye, el oyente lo hace con todo su cariño. Un mínimo de consideración sería adecuado, porque existe un riesgo que caracteriza a la gran mayoría de los oyentes: cargar con sus propias cargas y también con parte de las de los demás.
He aquí mi caso. Aquel día seguía en un círculo de preocupaciones, preguntas y búsqueda de respuestas que no dejaban parar ni un minuto la rumiación de mi cabeza.
Y sí, me diréis que eso es una cuestión de saber hacer una buena gestión emocional, pero ¿verdaderamente es tan fácil? Tengo mis dudas y os aseguro que mi mochila va cargada de piedras, de muchas piedras. Pero ¿abandonas a este chico por una buena gestión emocional?
También soy consciente de que en esto de escuchar hay de todo, como en la viña del Señor. Hay quien parece estar muy atento, pero está presupuestando sus vacaciones. También hay quien escucha lo que quiere y opina desde donde no debe, o incluso quien interroga.
‘Descendimiento’, obra de Santiago Ydáñez, en la parroquia Santa Josefina Bakhita de Motril (Granada). Foto: Parroquia Santa Josefina Bakhita
Pero la cuestión a la que quería llegar es esta: compartir los problemas. Poder contar tus problemas y que alguien los vea desde otra perspectiva aporta ayuda, mejora la comprensión, la aceptación y el descubrimiento de ti mismo y de lo que verdaderamente te está preocupando o te está haciendo daño. Además, supone una descarga de peso emocional muy grande.
Pero, claro, para esto yo creo que hace falta conversación, contraste de opinión. No solo sirve descargar y me voy.
Y he aquí mi gran pregunta: ¿por qué no nos escuchamos más, hablamos menos y nos ponemos en el lugar del otro antes de dar por hecho o juzgar?
En fin, una reflexión desde la rumiación.
