¿Quién es Jesús de Nazaret? A comienzos del siglo IV, un presbítero de Alejandría llamado Arrio enseñaba que Jesús no era verdaderamente el Hijo de Dios. Afirmaba que era una especie de intermediario entre un Dios inalcanzablemente lejano y las personas, diciendo también que antes de su nacimiento en Belén el Hijo no había existido, que “no era”. La tesis encajaba con la mentalidad de la época y por eso se extendió con cierta facilidad. Ese tipo de controversias ponían sobre el foco de atención aquella pregunta que Jesús planteó a sus discípulos en Cesarea de Filipo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8, 29).
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La de Arrio no era la única versión en circulación, por supuesto. Durante los tres primeros siglos convivieron escuelas cristianas rivales, con teorías distintas sobre Dios y sobre la salvación, y las disputas fueron a veces tan duras que acabaron con muertes en uno y otro bando. Es por ello que el cristianismo primitivo hizo algo que ninguna otra religión de su entorno había hecho: pedir a sus fieles que confesaran una fe con fórmula clara y no solo mediante una adhesión emocional a Jesús.
Eso es el Credo. Un texto corto, aprendido de memoria, que deja por escrito lo esencial del cristianismo para que no se distorsione. Con un puñado de frases se intentó zanjar varios siglos de discusión.
El texto completo, frase a frase
A día de hoy hay un par de versiones del Credo, una larga y una corta. El siguiente texto es el Credo de los Apóstoles, más breve que el otro:
Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
El rezo del Credo se organiza en cuatro bloques, y cada uno responde a una pregunta distinta.
- Bloque Padre. “Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra”. Afirma que hay un solo Dios y que el mundo no es un accidente: todo lo visible y lo invisible viene de Él. En Nicea este artículo ni siquiera se discutió.
- Bloque Hijo. “Creo en Jesucristo, su único Hijo”. Es la parte más larga porque es la que se puso en duda. Y es la más concreta: relaciona la biografía de Jesús con el tiempo en que gobernó Poncio Pilato, lo que permite situarla en la historia.
- Bloque Espíritu Santo. “Creo en el Espíritu Santo”. La frase más escueta del texto apostólico y la que tardó más en desarrollarse: su formulación completa no llegó hasta el año 381.
- Bloque Iglesia. “La santa Iglesia católica, la comunión de los santos…”. Aquí el Credo deja de hablar de Dios y empieza a hablar de quienes creen en Él, vivos y muertos.
Una frase que la gente recita sin saber muy bien qué significa
“La comunión de los santos” lleva a pensar en una lista de nombres de gente que siguió a Jesús en el pasado, como una colección de estatuas, vidrieras o estampas. No es así. San Pablo VI habló de ello en 1968, en el Credo del Pueblo de Dios con el que clausuró el Año de la fe. Se trata de la comunión de todos los fieles cristianos, es decir, de quienes peregrinan en la Tierra, de quienes transitan hacia Dios después de la muerte y de quienes ya gozan de mesa del Padre, todos unidos en una sola Iglesia.
Es decir, al recitar esa frase el creyente no está recordando a los santos del calendario, sino afirmando que la muerte no rompe la pertenencia a la comunidad. Pablo VI, además, añadía un segundo matiz: que en esa comunión está a disposición del creyente el amor misericordioso de Dios y de sus santos, que ofrecen oídos atentos a las oraciones. No es, por tanto, una metáfora sobre la memoria de los difuntos. Se trata de una afirmación sobre cómo funciona, según la fe católica, la relación entre los vivos y los muertos.
El papa León XIV y Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, en Nicea. El credo oración.
Nicea, año 325: el concilio que reescribió el Credo para frenar una herejía
El Credo Apostólico encuentra su origen en el llamado Credo Viejo Romano, que se remonta al siglo III y del que se conserva una versión latina de comienzos del siglo V. Antes de existir como un texto completo funcionaba a modo como interrogatorio: el presbítero formulaba algunas preguntas al catecúmeno (sobre el Padre, sobre Cristo, sobre el Espíritu, sobre la Iglesia, etcétera) y este respondía siempre con un “creo”, de forma similar a como se renueva la fe en la liturgia en ocasiones especiales.
El Credo de Nicea, por su parte, nació de una emergencia clara. Cuando Arrio se empeñó en no rectificar su doctrina, el obispo Alejandro de Alejandría llamó a convocar un sínodo para condenarle; en Occidente tomó cartas en el asunto el obispo Osio de Córdoba, que gozaba de la confianza del papa Silvestre. Pero los seguidores de Arrio cerraron filas y el emperador Constantino, viendo amenazada también la unidad del Imperio, convocó en el 325 a todos los obispos en Nicea. Se le llamó el sínodo de los “318 Padres”, presidido por el propio emperador; la inmensa mayoría venía de Oriente y solo cinco eran occidentales, algunos de los cuales llevaban todavía las marcas de las torturas sufridas durante las persecuciones.
En Nicea se añadió la palabra decisiva: el Hijo es homooúsios, “de la misma sustancia” del Padre. Ni ese término ni ousia están en la Escritura, y de ahí la acusación existente en su momento de que Nicea helenizó la fe.
En noviembre de 2025, León XIV habló precisamente de ello en la carta apostólica In unitate fidei, mediante la que quiso celebrar el 1.700 aniversario del concilio niceno. El papa Leon decía que el error helenizante era el de Arrio y que los Padres conciliares usaron esos términos para afirmar con claridad la fe bíblica. “El Credo de Nicea no formula una teoría filosófica“, insiste el Papa.
Con todo, el concilio no cerró el conflicto de un día para el siguiente. El propio Constantino y sus sucesores se fueron alineando con los arrianos y homooúsios se convirtió en una manzana de la discordia; san Basilio comparó aquella confusión con una batalla naval nocturna en plena tempestad, y san Hilario llegó a reconocer que “los oídos del pueblo son más santos que los corazones de los sacerdotes“. Atanasio fue depuesto y expulsado cinco veces de su sede. La parte sobre el Espíritu Santo quedó escrita hasta el I Concilio de Constantinopla, en el año 381. El texto resultante de los dos concilios se conoce como Credo Niceno-Constantinopolitano, que es al que conocemos como “credo largo”. No fue declarado universalmente vinculante hasta Calcedonia, en el año 451.
Ahora, un dato adicional. El Credo Niceno-Constantinopolitano lo mantuvieron también en el siglo XVI las comunidades nacidas de la Reforma y es hoy la profesión común de todas las tradiciones cristianas incluso aunque la plena unidad entre católicos, ortodoxos y protestantes no haya llegado todavía. Diecisiete siglos después, el Papa León XIV sostiene que lo que une a los cristianos sigue siendo mucho más de lo que los divide. Aunque eso parece no ser suficiente para derribar definitivamente las barreras.
El papa dejaba caer en su carta una pregunta: ¿comprendemos y vivimos lo que decimos cada domingo?. Es más, Francisco dijo algo similar en una audiencia de 2023: “Puedes decir el Credo de memoria, puedes decir todas las cosas que creemos, pero si tu vida no es consecuente con esto, es inútil”.
