Los obispos ante los menores migrantes: “Una sola vida tiene un valor infinito”

La Iglesia española dedica la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado a la infancia y reclama pasar de las cifras a los rostros: “Deja de ser un problema que gestionar para convertirse en una persona que acoger”

Migración. Crisis en Ceuta
Comparte:

¿Cuántos llegan? ¿Cuántos se quedan? ¿Cuánto cuestan? ¿Cuántos puede asumir un territorio? Buena parte del debate migratorio termina formulándose en cifras. Por ello, los obispos españoles quieren cambiar la pregunta. O, al menos, recordar que detrás de cualquiera de esos números puede haber un niño: “Una sola vida tiene un valor infinito. Un solo niño migrante, con su historia, sus miedos, sus esperanzas y sus heridas, merece toda la atención, toda la protección y todo el respeto”.



Con esta afirmación, la Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal Española pone el foco en los menores migrantes con motivo de la 112ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que se celebrará el próximo 27 de septiembre bajo el lema Incluso uno solo de estos pequeños.

Una frase inspirada en Mateo 18,5 que, explican los prelados, “no es un lema abstracto ni meramente espiritual”, sino “una afirmación profundamente concreta que interpela nuestra conciencia individual y colectiva”.

Más allá de las estadísticas

El mensaje llega, además, después de la visita de León XIV a Canarias el pasado mes de junio, que ocupa también un lugar central en los materiales preparados para la Jornada de este año. “En un tiempo en el que los flujos migratorios se analizan con frecuencia desde cifras, porcentajes o discursos políticos, esta expresión nos obliga a detenernos y a cambiar el enfoque”, escriben. “Nos invita a mirar más allá de las estadísticas y a reconocer el valor único e irrepetible de cada niño, niña o adolescente migrante”.

“‘Incluso uno solo’ es una formulación que rompe con la lógica dominante de lo cuantitativo”, señalan los obispos, que enumeran algunas de las preguntas habituales: “cuántos llegan, cuántos se quedan, cuántos suponen un coste o un beneficio”. Y responden recurriendo a León XIV: la dignidad humana “pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir (…). No se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada”.

“Deja de ser un problema que gestionar”

“Humanizar nuestra mirada y recuperar la dimensión personal es esencial para construir una sociedad más justa”, sostiene el mensaje. “Cuando miramos a un niño migrante y lo reconocemos como alguien único, con sueños y capacidades, cambia nuestra forma de relacionarnos con él. Deja de ser un problema que gestionar para convertirse en una persona que acoger y con la que encontrarse”.

“No existen vidas descartables”

“Cuando decimos ‘incluso uno solo’, estamos afirmando que no existen vidas descartables”, señalan los prelados. En una sociedad donde pueden normalizarse dinámicas de exclusión por “origen, situación legal o condición social”, la Iglesia quiere recordar que “todo migrante, también los menores, posee una dignidad intrínseca que no puede ser ignorada ni relativizada”.

Y esa dignidad, subrayan, obliga a ir más allá de la acogida entendida como un simple gesto de buena voluntad. Desde la perspectiva cristiana, recibir a uno de estos niños “no es simplemente un acto de generosidad o de filantropía”. “Ya no se trata de una opción entre otras, ni de una respuesta condicionada por intereses o conveniencias”, escriben. “Se convierte en una gracia, en un don y en una exigencia que toca el núcleo de nuestra fe”.

Asimismo, los obispos advierten de que la infancia “se convierte en el grupo más vulnerable de los migrantes”, ya que hay menores que emprenden rutas peligrosas sin un entorno familiar que pueda protegerlos y quedan expuestos a redes de trata, explotación o violencia. Otros consiguen llegar a su destino, pero encuentran “barreras legales, sociales e ideológicas” para integrarse.

Algunos permanecen en “sistemas de acogida saturados, sin el acompañamiento adecuado”. Y muchos niños que migran junto a sus familias arrastran igualmente experiencias traumáticas, duelos y rechazo que pueden condicionar su desarrollo futuro. “No se trata de casos aislados, sino de una realidad estructural que atraviesa fronteras”, aseveran.

Migrantes en Ceuta

Reparto de alimentos por parte de miembros de Cruz Roja a los migrantes en la playa del Trampolín en Ceuta. Foto: EFE

De la compasión a las políticas

El lema, sostienen los obispos, “nos impide refugiarnos en la indiferencia” y obliga a superar incluso una compasión que no se traduzca después en cambios. “Es necesario traducir esa sensibilidad en acciones concretas, en políticas justas, en estructuras que protejan y promuevan el desarrollo integral de cada menor”.

Eso afecta a la responsabilidad personal —combatir prejuicios, informarse o participar en iniciativas de apoyo—, a las comunidades cristianas, llamadas a convertirse en espacios donde “la diversidad no sea percibida como una amenaza, sino como una riqueza”, y también a las instituciones.

En este último nivel, el mensaje reclama “políticas que garanticen protección, defensa e integración, poniendo en el centro la dignidad de la persona”. Porque, concluyen los obispos, “la verdadera justicia no se mide por el bienestar de la mayoría, sino por la forma en que se trata a quienes están en los márgenes”.

Noticias relacionadas