Con el presente artículo, no busco sino dar algunas de mis opiniones sobre algunos asuntos actuales que me vienen rondando la cabeza. Por supuesto, son opiniones que han venido cocinándose en la reflexión personal y que no buscan ni escandalizar, ni generar conflicto. Busco simplemente contribuir a la reflexión general sobre el estado de las cosas, que, como cristianos comprometidos con el tiempo que nos toca que vivir, hemos de hacer desde nuestra propia fe.
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Viendo la posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de Colombia, así como el retiro espiritual que precedió a su investidura en el que reunió a todo su gabinete, no pude sino recordar aquella imagen que publicó Donald Trump en su momento en el que se presentaba como un mesías. Y no es un caso distinto al de De la Espriella. También él llega con un discurso en el que promete cerrar de un plumazo tantos conflictos que aquejan a Colombia casi que desde el momento mismo de su fundación como república. Al margen de las consideraciones particulares que pueda hacer sobre lo que todo esto dice acerca de nuestra madurez política como nación, sí que me ha vuelto reiteradamente a la cabeza una palabra que leí por primera vez de un artículo de Fernando Vidal en Vida Nueva: el neoconstantinismo.
Pongo un poco de contexto: el 1 de agosto, De la Espriella convocó a su nuevo gabinete a un retiro espiritual del que se conocieron un sinnúmero de vídeos e imágenes en sus redes sociales. Veíamos al mandatario y a su gobierno orando, arrodillados y, lo que más llamó mi atención, imágenes de una Biblia hecha especialmente para el acto en cuya portada se veía un mapa de Colombia con un corazón de Jesús en el centro y debajo alusiones a la ‘Patria Milagro’, lema del nuevo gobierno. La posesión no fue diferente: los líderes religiosos del evangelismo y del judaísmo, así como el presidente de los obispos colombianos, pronunciaron discursos, y todo el acto estuvo presidido por una imagen de la Virgen de Fátima.
Muchas reacciones se sucedieron en las redes sociales ante estos sucesos, tanto para bien como para mal. No quiero caer en simplificaciones, por lo que no voy a caracterizar ni a sus defensores ni a sus detractores reduciéndolos a una etiqueta (ni derechistas ni izquierdistas). Esto teniendo presente a los reiterados llamamientos del Papa a construir un lenguaje de la concordia y que no busque estigmatizar a ninguna de las partes. Lo que sí puedo decir es que este uso de la religión que tienen estos nuevos dirigentes políticos (Trump, De la Espriella, Milei, etc.) me resulta escandaloso, cuando menos.
Estado laico
En primer lugar, hay buenas razones para ser creyente y cristiano hasta la médula y pensar que el Estado laico ha sido un progreso para la humanidad. Y esto, no solo por razones, digamos, políticas. Sino por una razón íntegramente religiosa: porque permite a la religión mantener su libertad frente a los poderes terrenales. El matrimonio entre el trono y el altar, se sabe, disuelve la radicalidad del Evangelio y termina corrompiendo el depósito mismo de la fe.
Con esto no quiero decir que quienes profesamos una religión no debamos hacer una expresión pública de la misma. Tampoco cuando se ostenta un cargo público. Hay dirigentes tanto de izquierdas como de derechas (si es que esa distinción tiene alguna validez en estos momentos), que han visto en la política una oportunidad para desarrollar su vocación cristiana en el mundo, y así lo han expresado. Esto me resulta loable e inspirador. Lo que me causa rechazo es, más bien, el trasfondo que hay detrás de todo esto. Y en esto llego al segundo punto sobre el que quiero llamar la atención: el uso de la religión como un accesorio ideológico. Es decir. parece que la religión cumple un papel secundario: primero viene la ideología y luego la fe, y no al contrario. Esto, por supuesto, degrada el valor existencial e integral de la fe, al degradarla a una ideología transitoria y temporal.
Perdonará el lector mi temeridad al decir estas palabras. No quiero que parezca que estoy juzgando el camino de fe particular de muchas personas (muchos de ellos jóvenes como yo). Pero sí quiero llamar la atención sobre este hecho. Y es que me resulta llamativo que, dentro de esta nueva ideología que parte de la negatividad, surja el cristianismo como una parte constitutiva. En efecto, es negativa en la medida que se presenta como contendiente de una batalla cultural, en la que vienen esos nuevos mesías como elegidos por Dios para hacerle frente a los embates del wokismo. El cristianismo no viene a ser más que un arma letal para acabar con el enemigo.
Presidente Ablardo de La Espriella. Foto: EFE
Todo esto me levanta más preguntas que afirmaciones. ¿No es este uso de la fe una manera por la que los poderes terrenales pueden condicionar la religión? ¿Dónde queda el llamamiento a la fraternidad universal que nos propone el cristianismo si este se convierte en un arma política que arrojar sobre el contendiente? ¿Conviene que la fe sea reducida a una ideología? ¿Hasta qué punto podemos decir que las propuestas de estos nuevos políticos están en consonancia con la Doctrina Social de la Iglesia? ¿Hasta qué punto podemos hacer compatibles el nacionalismo y el catolicismo (lo que me resulta una paradoja hasta semántica)? Este neoconstantinismo, para retomar el término, ¿es bueno para la fe?
Por supuesto, todas estas preguntas vienen marcadas por una sensación de hastío y de desagrado. Pero que no se confunda con desesperanza. Confío en que la última palabra no vendrá de estos poderes terrenales e ideológicos, sino que viene de Aquel que supera todos nuestros empeños humanos (aunque los acoge) y que recapitulará todo en el final de la historia. De momento, algunos tenemos que seguir caminando con este pesimismo esperanzado.
