Hubo una vez, hace muchos años, que un sacerdote jesuita, presentando una ponencia que se iba a dar en su colegio, comenzó con un chiste, atribuido (en teoría) a Dolores Aleixandre, donde esta autora decía que, para ella, un jesuita es “un señor con gafas… y con prisa”. Esta anécdota, que nos hizo reír a los presentes, sirvió a dicho jesuita para introducir a los ponentes de la charla y, luego, marcharse a otros quehaceres en su colegio. El chiste reflejaba (paradójicamente) su conducta real.
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Pensando en esta situación hoy como profesor de Filosofía en la escuela pública y, desde mi experiencia vital y mi fe, me doy cuenta de que, en la Iglesia, necesitamos muchas veces una verdadera “inversión de los valores”. Pero no al estilo de Nietzsche, sino una inversión de los valores del mundo, que en ocasiones todos podemos seguir (religiosos y laicos): el “hacer” debe quedar siempre relegado al “contemplar”, que debe precederlo y sostenerlo. Cuántas veces utilizamos la vida contemplativa (la oración, la liturgia… la vida espiritual) como un mero descanso, un reposo o incluso como una justificación ideológica de todo nuestro activismo. Y cuántas veces este activismo está vacío de profundidad y lleno de nosotros mismos. No. Jesús reprocha a Marta su caminar y servir como “pollo sin cabeza”, sin ponerlo a Él en el centro. Y esto mismo es lo que a veces nos pasa y se observa en tantos religiosos y religiosas que sirven diligentemente en todos los colegios e instituciones de Iglesia.
¿A qué tenemos miedo? ¿A la pérdida de “agencia humana”? ¿A una espiritualidad etérea? ¿A la irrelevancia? ¿A desresponsabilizarnos de las cosas? ¿A abandonar “la misión”?
La oración como eje y fundamento
El día en que nuestra oración (al comenzar y finalizar el día) sea el verdadero eje y fundamento; en que renunciemos a todas las pretensiones, a toda la obsesión por el rendimiento y por los “productos finales” y esté todo ofrecido y sostenido por Dios, creo que realmente podremos vivir la Vida de y en Cristo, que podremos ser (“todos, todos, todos”) sarmientos fecundos en la vid.
Para ello, tal vez, y sin que esto sea incompatible con la necesaria gestión institucional, hará falta un ejercicio de discernimiento eclesial de renuncia al poder institucional, a las riquezas acumuladas, a la relevancia social colectiva y de regreso (otra vez) al desierto, al silencio, a las periferias, al ‘intimior intimo meo’ (san Agustín, ‘Confesiones’, III, 6, 11), a la pequeñez, a los lugares carismáticos originarios. Sin una razón calculadora y productiva. Y ahí se dará un nuevo florecimiento, en Dios y para Dios.
Tal vez entonces tengamos menos prisa como educadores y cristianos. Y podamos responder mejor a una cultura que necesita esto: un regreso al Dios Trinitario y un dejarse llevar por Él.
