La petición
Podría decirse que siempre es una de las “serpientes de verano”. En estas semanas se ha publicado, una vez más, que los herederos del Temple han llevado al papa León XIV a los tribunales buscando su rehabilitación histórica.
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La Orden Soberana del Temple de Cristo (OSTC) publicita de vez en cuando su inusual batalla legal en los tribunales españoles al presentar una demanda de conciliación contra el papa León XIV. A través de la Nunciatura Apostólica y del Ministerio de Asuntos Exteriores, la organización busca revertir la supresión de la Orden decretada en 1312 por Clemente V, una medida que consideran ilegítima y fruto de la presión política del rey francés Felipe IV.
Por una parte, estos herederos espirituales, exigen que los templarios perseguidos y ejecutados, incluyendo al último Gran Maestre, Jacques de Molay, sean reconocidos oficialmente como mártires de la fe. Además, solicitan que, una vez rehabilitada, la Orden se constituya como una prelatura personal que dependa directamente del Papa. También piden el reconocimiento del “sacerdocio templario” y permiso para erigir oratorios.
A esto hay que añadir que reclaman una compensación económica por los bienes incautados históricamente (que pasaron a manos de la actual Orden de Malta), así como la devolución de los archivos del Vaticano sobre el Temple y de la iglesia de la Vera Cruz en Segovia. Todo esto esperan tratarlo en una audiencia privada con el papa León XIV y en la convocatoria posterior de un concilio para tratar estos temas.
Aunque esta demanda tiene fecha de octubre de 2025, la organización lleva impulsando medidas similares desde el año 2005. En un comunicado de este agosto de 2026, la OSTC ha querido destacar que su objetivo actual es abrir un diálogo formal con la Santa Sede y poner su institución al servicio de la paz, con especial atención a las víctimas de conflictos contemporáneos como la población palestina.
La disolución
Desde luego el ocaso de los Caballeros Templarios es un auténtico fenómeno histórico ya que pasaron de la gloria a la hoguera. La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón alcanzó durante dos siglos un inmenso prestigio militar y un poder económico sin igual en toda la cristiandad. Tras su nacimiento para proteger a los peregrinos en Tierra Santa, los templarios desarrollaron un complejo sistema financiero que los convirtió en los principales banqueros de Europa. Esta inmensa acumulación de riqueza y poder político, unida a su estatus de independencia que los hacía responder únicamente ante el Papa, sembró paradójicamente la semilla de su propia destrucción.
El principal arquitecto de su caída fue el rey Felipe IV de Francia, apodado el Hermoso. El monarca francés había vaciado las arcas de su reino tras años de conflictos bélicos, especialmente contra Inglaterra, y se encontraba profundamente endeudado con la Orden del Temple. Ante la imposibilidad de saldar sus deudas y movido por la codicia de confiscar los vastos tesoros templarios, Felipe IV orquestó una conspiración implacable para aniquilar a la institución, utilizando la religión como arma política.
El golpe se ejecutó con una precisión letal y simultánea. En la madrugada del viernes 13 de octubre de 1307, los soldados del rey arrestaron por sorpresa al Gran Maestre Jacques de Molay y a miles de caballeros en toda Francia. Para justificar la detención de los miembros de una orden monástica y militar tan respetada, la corona francesa lanzó una feroz campaña de difamación. Los acusaron de los peores crímenes imaginables para la mentalidad medieval: herejía, apostasía, escupir sobre la cruz, idolatría y sodomía. Sometidos a torturas brutales e inhumanas por parte de los inquisidores franceses, muchos templarios terminaron realizando falsas confesiones, proporcionando al rey la coartada perfecta que necesitaba.
El papel de la Iglesia en este oscuro episodio estuvo marcado por la debilidad ante el poder secular. El papa Clemente V, un pontífice francés que operaba desde Aviñón bajo la constante sombra y presión de Felipe IV, se mostró inicialmente escéptico y molesto por la intromisión del rey en asuntos eclesiásticos. Sin embargo, acorralado por las confesiones obtenidas bajo tormento y temiendo un cisma o represalias físicas por parte de la monarquía francesa, el Pontífice terminó cediendo. Obligó a todos los monarcas cristianos a arrestar a los templarios en sus respectivos reinos y convocó el Concilio de Vienne para decidir el destino final de la institución.
Fue durante este concilio cuando se selló el destino del Temple. En la primavera de 1312, Clemente V promulgó la bula papal ‘Vox in excelso’. Resulta revelador que el documento no condenara definitivamente a la Orden por los cargos de herejía, ya que nunca se demostraron de forma concluyente. En su lugar, el Papa argumentó que la mera difamación y el escándalo público habían manchado irremediablemente el nombre de los templarios, haciéndolos inútiles para el servicio de la Iglesia, por lo que decretaba su disolución apostólica definitiva.
Tras la supresión formal, el papado intentó proteger el patrimonio de la Orden transfiriendo sus bienes a los Caballeros Hospitalarios, la actual Orden de Malta. Sin embargo, en la práctica, Felipe IV y otros soberanos europeos ya se habían cobrado los supuestos gastos de los juicios saqueando las arcas templarias. El acto final de esta tragedia se consumó en marzo de 1314, cuando Jacques de Molay y el preceptor de Normandía, Godofredo de Charnay, se retractaron públicamente de sus confesiones forzadas y proclamaron la inocencia absoluta de la Orden. Como respuesta, Felipe IV ordenó que fueran quemados vivos en la hoguera en una pequeña isla del río Sena, en París, dando paso a una leyenda de martirio y misterio que, siete siglos después, sigue llamando a las puertas del Vaticano.
Los otros
Pero en la historia ha habido casos de órdenes suprimidas que se han vuelto a normalizar. El caso más evidente y universal es el de los jesuitas. Al igual que los templarios, los jesuitas experimentaron una dramática caída orquestada por el poder civil y avalada por un papado bajo presión, aunque, a diferencia de los caballeros medievales, ellos sí lograron su ansiada restitución oficial.
El conflicto comenzó en el siglo XVIII, una época dominada por la Ilustración y el absolutismo monárquico. La Compañía de Jesús se había convertido en una fuerza colosal, con un control casi absoluto sobre la educación de las élites europeas, una inmensa red de misiones y una notable influencia política en las cortes. Sin embargo, su característico voto de obediencia directa al Papa los convertía en un obstáculo intolerable para los monarcas absolutos, quienes buscaban consolidar su poder nacional y someter a la Iglesia a los dictados del Estado. Las monarquías borbónicas de Francia, España, Nápoles y el reino de Portugal comenzaron a ver en los jesuitas a una especie de estado dentro del estado, un rival al que era imperativo neutralizar para adueñarse también de su vasto patrimonio.
La ofensiva se inició con expulsiones a nivel nacional. El marqués de Pombal los expulsó de Portugal y sus colonias, medida seguida poco después por Francia y, de manera fulminante, por España bajo el reinado de Carlos III, quien los desterró de todos sus dominios americanos y europeos en una sola noche. No contentos con estas medidas unilaterales, los monarcas ejercieron una presión diplomática asfixiante sobre la Santa Sede para lograr la extinción total de la orden. El papa Clemente XIV, acorralado por las amenazas de las coronas europeas, cedió finalmente a las exigencias políticas. En el año 1773, promulgó el breve apostólico que decretaba la supresión universal de la Compañía de Jesús bajo el argumento pragmático de restaurar la paz en la Iglesia, evitando condenarlos por cuestiones doctrinales, en un asombroso paralelismo con la disolución del Temple.
A pesar de la contundencia del decreto papal, la orden no desapareció por completo gracias a un giro irónico de la historia. Monarcas no católicos, concretamente Catalina la Grande de Rusia y Federico el Grande de Prusia, se negaron a promulgar el documento en sus territorios. Ambos soberanos valoraban enormemente el prestigioso sistema educativo jesuita y decidieron proteger a los sacerdotes, permitiendo que la estructura y la identidad de la orden sobrevivieran en esos refugios mientras sus colegios e iglesias en el resto del mundo eran confiscados o desmantelados.
La normalización y el resurgimiento llegaron cuarenta y un años después, impulsados por un cambio radical en el panorama geopolítico. Tras los estragos de la Revolución Francesa y el fin de las guerras napoleónicas, las monarquías restauradas y el propio papado vieron en la antigua Compañía de Jesús a un aliado fundamental para reconstruir el orden social tradicional y revitalizar la educación católica. En el año 1814, Pío VII promulgó una bula restituyendo oficialmente a los jesuitas en todo el mundo y devolviéndoles su pleno estatus eclesial. A diferencia del trágico final del Temple que hoy motiva demandas en los tribunales, las circunstancias históricas y la supervivencia de un núcleo activo permitieron a los jesuitas volver a llamar a la puerta del Vaticano y, esta vez, encontrarla abierta.
A la vista de esto, todo es posible. La vuelta de los templarios no sería más problemática que algunos movimientos intervenidos en los que es difícil encontrar un auténtico crisma evangélico.


