Esta frase que da título a este artículo me ha acompañado durante años. Hubo una época de mi vida en que todo verano daba comienzo con ella. Uno de mis formadores se encargaba de recordárnosla. Y, de algún modo, al menos en aquellos años de juventud, aquel recordatorio funcionaba bien a modo de aviso para navegantes.
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Con el paso de los años he podido descubrir que el verano también puede ser la primavera de las almas. Esa primavera que tanto necesitamos en lo personal, eclesial y social.
Como un ‘carpe diem’ mal entendido
Sería una pena vivir el verano como un ‘carpe diem’ mal entendido, como un deslizarse por la pendiente de la ‘dolce vita’, buscando únicamente compensar el cansancio acumulado durante el curso. Esa expectativa suele conducir a una nueva frustración: descubrimos que tampoco en verano podremos hacer todo aquello que habíamos pospuesto.
Por eso digo que, con el paso de los años, he descubierto que los veranos también pueden ser un tiempo para volver a la experiencia de la desbordante gracia de Dios. El verano puede convertirse en un tiempo de gracia, un laboratorio donde ensayar un modo diferente de vivir que después pueda extenderse al resto del año.
¿Y cómo podría ser esto? Ahí van algunas pistas…
Parar
Parar. No para no hacer nada, sino para salir de la lógica de la productividad. El verano puede ser un tiempo para parar, al menos los que tenemos ese privilegio. Parafraseando al sociólogo Imanol Zubero, el verano ha de ser un tiempo propicio para ¡practicar la interrupción!
Atrevernos a salir de la lógica aplastante, dominante, agotadora del producir, del consumir y del optimizar. También nosotros, dentro de la Iglesia, caemos con frecuencia en la ilusión de que todo depende de nuestro esfuerzo, como si el Reino fuera el resultado de una buena planificación pastoral. O, por el contrario, descargamos toda la responsabilidad sobre Dios, olvidando que la gracia pide siempre nuestra colaboración libre.
Quizá el verdadero desafío sea aprender a vivir gratuitamente en un mundo que solo entiende la utilidad. “Practiquemos la interrupción” en todas sus expresiones: interrumpir la productividad; interrumpir el consumo; interrumpir la prisa; interrumpir el individualismo; interrumpir la hiperconexión; interrumpir incluso una pastoral que a veces mide su éxito por la actividad.
Estoy convencido al mil por mil de que Dios suele hablarnos precisamente en esas interrupciones.
Confiar
El verano podría ser ese ensayo, ese tiempo en el que nos atrevemos a confiar. En el que nos atrevemos a decirnos que no todo depende de nuestras fuerzas…, que perder el tiempo no está mal…
Es absurdo pensar que ganamos o perdemos el tiempo cuando, en realidad, es un regalo recibido. Quizás el verano podría ser un tiempo de oportunidad para cultivar un nuevo modo de habitar este mundo que con el paso de los años pudiésemos universalizar y extrapolar al resto de meses del año….
Orar
Un tiempo para la oración personal. Hay un libro que he descubierto gracias a la recomendación del Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de mi Diócesis de Bilbao. ‘Elogio Espiritual de la Imperfección’, de Alexia Vidot. En él he encontrado algunas notas sobre lo que es y no es la oración.
Quizás nos sirvan para caer en la cuenta de que necesitamos rezar porque es tan imprescindible como el respirar, el comer o el dormir. Alexia Vidot afirma: “Puede que rezar no sea otra cosa que pasar el tiempo en vano para Dios”. Pero, ¡qué escandalo! Cuando nos pasamos la vida optimizando el tiempo e intentando rentabilizar cada uno de nuestros actos… Pero, ¡cómo nos cuesta esto!
Sin embargo, nos seguirá diciendo Alexia: “Dárselo (el tiempo) a Él sin intentar retenerlo ni optimizarlo. No se trata de conquistar u obtener nada, sino, por el contrario, de rendirse para acoger a alguien distinto a uno mismo. (…) La oración no sirve para nada y sería inútil, e incluso absurdo, sopesarla para juzgar sus frutos.”
Celebrar y agradecer
Un tiempo para celebrar la vida, la familia, la amistad… junto a personas que quizás no hemos podido ver durante el resto del año. También un tiempo para celebrar la eucaristía, asomándonos allí donde estemos a alguna parroquia.
Será oportunidad para asomarnos al modo de celebrar de otras comunidades distintas a la nuestra de referencia y descubrir que a pesar de las diferencias que nos salten a la vista, somos todas hermanas y hermanos del que es nuestro Hermano Mayor y Señor, Jesús.
Tiempo para agradecer, para experimentar la gratuidad de cada momento: experimentar la gracia frente al rendimiento; la oración como tiempo “perdido”; el descanso como acto de confianza; la contemplación de la naturaleza; la Eucaristía; incluso la solidaridad nace de dejar de mirarnos exclusivamente a nosotros mismos.
El cultivo de la gratuidad quizás también pueda pasar por practicar una lectura pausada, no supeditada a ningún objetivo. Una lectura saboreada, incluso, que nos deslice hasta los brazos de Morfeo, debajo de un árbol, una tarde cualquiera.
Os tengo que confesar que, en lo que va de verano, ¡me he enamorado de santa Clara!, gracias al maravilloso libro de Dacia Maraini, titulado ‘Clara de Asís, Elogio de la Desobediencia’.
El cultivo del agradecimiento, de la gratuidad, nos predispone a la actitud del asombro. El verano también ha de ser tiempo para dejarnos asombrar. Por tantas pequeñas cosas de las que disfrutamos todos los días, o incluso asombrarnos de esa naturaleza regalada, que con tanto ahínco maltratamos y descuidamos.
Solo hay que ver el infierno de los incendios un verano y otro verano, que nos pilla sin haber tomado las medidas estructurales, serias, comprometidas.
Negando algunos una crisis climática que asoma por doquier. O nos tomamos en serio el cuidado de la tierra y de las personas o no habrá futuro para las generaciones venideras, a las que legítimamente también les pertenece esta tierra.
Mucha gente se asombrará contemplando el eclipse solar que acontecerá el 12 de agosto…, pero cuántos más estarán más pendientes de grabar con sus teléfonos móviles ese minuto histórico para subirlo a las redes sociales y así poder una vez más darse un chute de dopamina a base de likes…
Mirar de otra manera
En estos días he podido leer un artículo de Elena Unzueta, directora de Cáritas Bizkaia, titulado ‘Vacaciones, ¿para quién?’. Afirma Elena: “Aceptamos como normal que haya familias que trabajan y siguen siendo pobres, niños y niñas con menos oportunidades que otros”.
Nos explica Elena que el concepto vacaciones no significa lo mismo para todas las personas. Que aceptamos de forma acrítica que viajes, descanso, desconexión son experiencias universales. Y no lo son.
Hay en nuestros entornos demasiadas mujeres y hombres, madres y padres, que seguirán trabajando en condiciones absolutamente precarias para conseguir un exiguo salario que, como ya sabemos, es perfectamente compatible con situaciones de extrema pobreza.
Niños y niñas que no podrán salir de sus entornos habituales, ni siquiera participar de algunas actividades organizadas en su propio lugar de residencia. Niños y niñas que, cuando vuelvan al colegio en septiembre, no podrán compartir con otros ninguna historia de viajes, de playas paradisiacas, de parques temáticos…
Los datos deberían impedirnos cualquier indiferencia: “La pobreza severa alcanza a 122.000 hogares de Euskadi y 157.000 personas carecen de recursos para comprar medicamentos”. Esto no podemos normalizarlo. Esto hemos de interrumpirlo ya.
Afrontemos, cada cual desde su lugar y grado de responsabilidad, el sufrimiento evitable de tantas personas. Ejercitemos la solidaridad, la empatía, la cercanía al otro y la denuncia pública.
Un verano vivido desde la gracia también debería ayudarnos a cambiar la manera de mirar a quienes no pueden descansar.
En definitiva, este verano, que no volverá, puede ser una excelente primavera para el alma, siempre que miremos y aceptemos ¡nuestra imperfección! Condición ‘sine qua non’ para abrirnos a la gracia desbordante de Dios que, si nos dejamos, nos va a seguir alcanzando a tiempo y a destiempo, de las formas seguramente más inesperadas.
La primavera no fabrica las flores; simplemente, crea las condiciones para que brote la vida que ya estaba ahí. Eso es exactamente la gracia. No nos hace distintos por arte de magia. Nos posibilita florecer.
Quizá el verano siga siendo el invierno de las almas para quien simplemente cambia de escenario sin cambiar de mirada. Pero puede convertirse en una auténtica primavera cuando dejamos que Dios interrumpa nuestras inercias y ensanche nuestro corazón.
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Roberto Vidal es diácono de la Diócesis de Bilbao.
