¿Cuál es la verdadera historia de Santa Lucía? La tradición católica ha transmitido a lo largo de los siglos que ni la tortura ni la muerte lograron cerrar los ojos de Santa Lucía. Mil seiscientos años más después de su fallecimiento, millones de personas le encomiendan sus oraciones para que les cuide la vista. Cada 13 de diciembre es el día de Santa Lucía. La Iglesia celebra a una joven de Siracusa cuya figura se ha vuelto inseparable del concepto de luz. Eso sí, hay sorpresa. Buena parte de la historia de Santa Lucía nació siglos después de su muerte.
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¿Qué le hicieron realmente a Santa Lucía?
Lucía murió en Siracusa, en la actual Sicilia, hacia el año 304, durante la sangrienta persecución desatada por el emperador Diocleciano. Los relatos más antiguos que conservamos sobre ella (una passio griega, escrita probablemente en el siglo V, y una passio latina compuesta a partir de la anterior hacia el siglo VII) la presentan como una joven de familia noble, huérfana de padre, que vivía con su madre Eutiquia.
El punto de partida de su historia es una enfermedad: su madre padecía hemorragias que no lograba curar. Madre e hija peregrinaron hasta la tumba de otra mártir siciliana, Santa Águeda, en la vecina Catania, para pedir la sanación. Allí, según la tradición, Lucía tuvo una visión de Águeda rodeada de ángeles, que le anunció que su madre ya estaba curada por la fe. A partir de ese momento, Lucía decidió consagrar su virginidad a Dios, renunciar al matrimonio pactado y repartir entre los pobres la dote destinada a su boda.
Ese gesto firmó su condena. El prometido, al descubrir que su patrimonio se había convertido en limosna, la denunció como cristiana ante el gobernador romano, el cónsul Pascasio. En el juicio se le exigió hacer sacrificios a los dioses romanos, pero ella se negó. Como castigo, Pascasio la acusó de comportarse “como una prostituta” y ordenó llevarla a un lupanar para ser violada.
Aquí los relatos introducen el primero de sus prodigios: Lucía se volvió tan pesada e inamovible “como un monte”. Ni cuerdas, ni una yunta de bueyes, ni (según algunas versiones) las artes de los magos consiguieron moverla. Tampoco el fuego que encendieron a su alrededor pudo con ella. Finalmente, un soldado le clavó una espada en la garganta. Aun herida, la tradición cuenta que siguió hablando y proclamando su fe, y que no murió hasta haber recibido la comunión. Sobre el lugar de su martirio se levantó después un templo.
Antes de que la mataran, intentaron apagarle la mirada
La imagen con la que hoy se reconoce a Santa Lucía es inconfundible: una joven que sostiene una bandeja con dos ojos. De ahí procede la creencia más extendida sobre su martirio. Una tradición popular muy arraigada en Sicilia cuenta que le arrancaron (o quemaron) los ojos como parte de la tortura. Otra versión sostiene lo contrario: que fue la propia Lucía quien se los arrancó. Un hombre poderoso se había prendado de su mirada, y ella, para desanimarlo y conservar su castidad, se habría quitado los ojos y se los habría enviado en un plato; Dios, después, le habría devuelto la vista con unos ojos aún más hermosos.
Sin embargo, el episodio de los ojos no aparece en los textos antiguos. No está en la passio griega ni en la latina y tampoco en la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, la gran recopilación de vidas de santos escrita hacia 1260 que fijó la imagen medieval de Lucía. Quienes han estudiado a fondo el asunto (desde el análisis de esa Leyenda áurea hasta los estudios sobre la hagiografía española) coinciden en que el motivo de los ojos es una incorporación tardía.
La leyenda del autocegamiento no se documenta hasta los siglos XV y XVI, en obras como el De claris mulieribus de Jacopo Filippo Foresti (1497) o la Parthenice del carmelita Battista Spagnoli (1502), quien identifica al propio juez Pascasio como el pretendiente por el cuál la santa se habría arrancado los ojos.
En la tradición española, el primero en recogerla fue Alonso de Villegas en su Flos sanctorum, en el siglo XVI; y no todos la aceptaron. El jesuita Pedro de Ribadeneyra, más riguroso con las fuentes, desconfiaba de la historia precisamente porque no figuraba en los relatos primitivos.
Si tenemos todo esto en cuenta, la mártir “que murió con los ojos abiertos” sería, sobre todo, una imagen devocional. Lo que los textos más antiguos narran no son los ojos, sino la garganta, el fuego y su firmeza inquebrantable. Aun así, su culto es de los más celebrados del catolicismo. Lucía aparece en el Martirologio Romano, su memoria es obligatoria. ¿Cuándo se celebra Santa Lucía? Cada 13 de diciembre. Es una de las poquísimas mujeres cuyo nombre se pronuncia en el Canon Romano.
Oración a santa Lucía para curar la vista. Representación de la santa según Francisco de Zurbarán (1625). Detalle de sus ojos en una bandeja.
Por qué Santa Lucía es la patrona de la vista: el origen de la devoción
Entonces, si el episodio de los ojos es tardío, ¿cómo llegó Lucía a ser la patrona de la vista y de los ciegos? La respuesta se encuentra en dos capas que con el tiempo se superpusieron.
La primera, su nombre. Lucía comparte raíz con la palabra latina lux, lucis, que significa luz. Antes de que nadie hablara de sus ojos, su devoción se orientó hacia lo luminoso. En el siglo IX, el canon del obispo Metodio la invocaba diciendo que “lleva el nombre de la luz” e “ilumina a los ciegos”. Desde muy pronto se la contó entre las “vírgenes prudentes” que aguardan al Esposo con la lámpara encendida.
La segunda capa es la imagen de los ojos en el plato. Una vez que se difundió, la asociación quedó grabada en el imaginario popular: quien reza por su vista reza a Santa Lucía.
Y podemos agregar una tercera capa adicional. La fiesta de Santa Lucía es el 13 de diciembre. Antes de la reforma gregoriana del calendario, eso caía cerca del solsticio de invierno, la noche más larga del año. No es casualidad que un refrán italiano diga que Santa Lucía es el día más corto que existe. La santa de la luz se celebraba en la víspera de la mayor oscuridad: la coincidencia reforzó siglo a siglo su papel como figura que ayuda a pasar de las tinieblas a la claridad.
Es una devoción que hoy sigue viva. En 2024, con motivo del Año Luciano, el cuerpo de Santa Lucía viajó desde Venecia (donde se custodia desde hace ocho siglos) hasta Siracusa, la ciudad donde brilló por primera vez su testimonio. En una carta a la Iglesia siracusana, el papa Francisco recordó que “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna” y subrayó lo importante que es rezar para que sanen nuestros ojos, uniendo la vista del cuerpo a la del corazón.
Oración a Santa Lucía para curar la vista
Rezar a Santa Lucía por la salud de los ojos es una de las prácticas más antiguas y sencillas de esta devoción. Aquí van tres oraciones distintas.
Oración 1. La colecta oficial del 13 de diciembre
Te rogamos, Señor, que nos ayude la gloriosa intercesión de santa Lucía, virgen y mártir, para que, quienes celebramos su fiesta en la tierra, podamos contemplar su gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Oración 2. Súplica devocional por la vista
Oh, Lucía amada, que estás en el cielo, sé nuestro modelo y nuestra abogada. Tu amor nos asista, oh virgen gloriosa; tu fe poderosa nuestra alma revista, y esté nuestra vista siempre en Dios fijada.
Oración 3. Fragmento de la novena a Santa Lucía
¡Oh gloriosa santa Lucía!, concede a nuestros ojos la salud y la fuerza necesaria para cumplir con nuestras responsabilidades y enfrentar los desafíos de la vida con valentía y determinación. Te pedimos que ilumines nuestro camino y nos guíes en la toma de decisiones importantes. Ayúdanos a discernir lo que es justo y verdadero, a evitar las tentaciones y engaños del mundo. Amén.
