Apenas lleva seis meses a los mandos de la plataforma social que cuenta con la mayor red capilar de solidaridad de nuestro país: más de 6.000 parroquias, cerca de 68.000 personas voluntarias y unos 6.000 trabajadores. María González Dyne (Madrid, 1973) atesora tres décadas de experiencia en cooperación internacional, además de su labor evangelizadora a través de Alpha.
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Este tiempo de aterrizaje en Cáritas Española, con cierto anonimato hasta que ejerza de voz y rostro de los más vulnerables, le está permitiendo colarse a pie de obra para certificar esa cronificación de la exclusión que denuncia FOESSA. “Siempre que puedo, los miércoles colaboro discretamente en mi Cáritas parroquial. Lo hago porque necesito conocer de primera mano los retos, el ambiente que se vive, las historias de las personas que llegan buscando ayuda. Eso me inspira y me ayuda a no perder nunca el contacto con la realidad”, comparte con ‘Vida Nueva’ en una de sus primeras entrevistas a fondo.
PREGUNTA.- Cuando se confirmó que estaría al servicio de este ‘buque’, ¿sintió vértigo?
RESPUESTA.- No diría vértigo, pero sí una enorme responsabilidad y mucho respeto. Ponerse al frente de una organización como Cáritas, con la que ya tuve el privilegio de trabajar hace casi treinta años, cuando nos contrataron a mi marido y a mí para desarrollar un programa en Kenia durante dos años, supone una gran responsabilidad.
Hablamos de una confederación que va camino de cumplir ochenta años de historia, que tiene un rumbo muy marcado y definido, y que sostiene tantísimas vidas truncadas, vidas en superación, vidas que simplemente buscan salir adelante. Para mí, fue un momento de decirme: “Cuidado, María, que esto es serio; esto es importante”. Es una tarea muy importante, que afronto con mucha ilusión y, sobre todo, con el deseo de seguir dando testimonio con claridad, firmeza y valentía.
Equilibrio ser-hacer
P.- ¿Tiene miedo de que su servicio como gestora en este edifico acabe absorbiendo lo demás?
R.- Esa parte del trabajo exige hacer un esfuerzo muy consciente para mantener siempre un enfoque de proximidad. No solo yo, sino también los directores y todos los equipos tenemos que estar cerca de las personas a las que servimos. Se trata de encontrar un equilibrio entre el ser y el hacer; entre la misión y la gestión. Ambas dimensiones van necesariamente unidas.
Un sacerdote me decía una vez que Cáritas contribuye a proporcionar medios para vivir, pero que lo verdaderamente importante es ofrecer también motivos para vivir. Vivimos un momento en el que los recursos son limitados y las necesidades aumentan continuamente. Tenemos la obligación de administrar con transparencia y eficacia los recursos que nos confían miles de donantes, empresas y colaboradores. Y eso exige una estructura compleja, pero siempre al servicio de la misión.
P.- Toma las riendas con el ‘Informe FOESSA’ en plena difusión. De todas las realidades que refleja el estudio de referencia en nuestro país en materia de exclusión, ¿cuál es la urgencia que más le interpela?
R.- Muchísimas, pero quizá caer en la cuenta de que no vivimos una crisis coyuntural, sino estructural. Tanto en España como en el mundo se ha cronificado la desigualdad. Hoy hay más de 9,4 millones de personas en situación de exclusión y 4,3 millones viviendo en la pobreza. Son datos que confirman una situación realmente preocupante y a la que tenemos que hacer frente.
En el foco están, entre otros asuntos, la enorme dificultad para acceder a una vivienda digna o la precariedad laboral, los desplazamientos forzosos, la brecha digital… Más que una urgencia, tenemos ante nuestros ojos un verdadero mapa de urgencias al que Cáritas, como Iglesia, debe responder con programas y planes concretos.
P.- En estos meses de rodaje, ¿qué rostro con nombres y apellidos le ha robado el sueño?
R.- Son muchas las historias en primera persona que estoy acogiendo después de visitar centros en Barcelona, en Santiago de Compostela o en Madrid. Pero hoy me quedaría con dos mujeres procedentes de Paraguay que llegaron a España buscando una vida mejor y terminaron cayendo en redes de trata de personas.
Es una realidad que me ha interpelado profundamente. También me han marcado rostros como los de José o Edison, personas atrapadas por las adicciones, que han ido perdiendo vínculos, derechos y oportunidades. Al visitar centros especializados en este área, he podido comprobar el enorme trabajo que se realiza para acompañar estos procesos.
Fortaleza de la red
P.- Ese acompañamiento de voluntarios y trabajadores es determinante. ¿Qué está aprendiendo de ellos?
R.- Lo que más me interpela es la fortaleza de la red de voluntariado que tenemos en toda España: son más de 67.000. Me ha impresionado profundamente su grado de compromiso, su disponibilidad para convertirse en esa mano amiga que genera esperanza y crea vínculos. También me llama mucho la atención la forma en la que acompañan a las personas: desde dónde lo hacen y con qué finalidad.
Y, por parte de los trabajadores, estoy conociendo a trabajadores sociales, educadores sociales, psicólogos, gestores… Personas que, por su formación y experiencia, podrían desarrollar su carrera profesional en otros lugares, pero que eligen Cáritas por su identidad y por su misión. Para mí, esa es la clave: la misión de Cáritas. Francamente, estoy muy ilusionada por el nivel de compromiso que encuentro en todas estas personas.
P.- Es el rostro visible de la entidad. ¿Qué le agobia más ante lo que pueda decir como Cáritas: el juicio de los políticos o el de los obispos?
R.- Cualquier espacio público impone respeto, pero creo que hay que situarse siempre desde la serenidad y, sobre todo, desde la fidelidad a la misión de Cáritas y a la centralidad de la dignidad de la persona, que es, en definitiva, la razón por la que hacemos lo que hacemos. Nuestra postura debe ser siempre la del diálogo, el consenso, el encuentro y la colaboración en todos los ámbitos: con la política, con los distintos interlocutores y desde el trabajo en red. Creo que esa es nuestra responsabilidad y que debemos ejercerla de la mejor manera posible.
P.- Pero cuando se es voz de denuncia de los más débiles, siempre acaba resultando incómoda para los poderosos…
R.- Esa parte la asumo, porque forma parte de la responsabilidad. Cuando hablamos de anuncio y denuncia profética, eso implica, en ocasiones, mantenernos firmes en nuestra misión y tener una voz clara, firme y sincera sobre por qué hacemos lo que hacemos. Y siempre sustentados en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, que son los pilares fundamentales que orientan toda nuestra acción.
P.- En ese escaparate público, León XIV ha situado a Cáritas en el primer plano de su viaje. ¿Cómo se asume ese legado?
R.- Ha sido un auténtico tiempo de gracia. El hecho de que el Papa haya querido poner el foco en esta realidad y situarla en el centro no es casualidad. Viéndolo también a la luz del viaje que realizó a Lampedusa, está queriendo colocar en el centro de su pontificado y de la Iglesia varias cuestiones fundamentales: la realidad migratoria, pero también la de tantas personas que viven invisibles a nuestros ojos.
Ha sido un momento que nos llena de responsabilidad, porque ahora nos corresponde impulsar y cultivar todo lo que ha supuesto este vendaval de gracia del papa León XIV y llevarlo a las periferias, en un mundo donde la cultura del descarte marca demasiadas veces las políticas. Ahí necesitamos valentía.
Trabajo por hacer
P.- El Papa insistió, una y otra vez, en la defensa de la dignidad de la persona migrada. Un mes después, ¿ha logrado rebajar los bulos y la criminalización de los migrantes o seguimos igual que antes del viaje?
R.- No creo que estemos igual que hace un mes, aunque es evidente que todavía queda muchísimo trabajo por hacer. El viaje del Papa ha supuesto un importante contrapeso moral frente a los discursos del miedo y de la desinformación. Ha abierto un espacio para la verdad, aunque la transformación del discurso requiere perseverancia. León XIV habló muy claro de la criminalización de las personas migrantes, calificándola de una “herida moral” para Europa.
El reto ahora, para las organizaciones de Iglesia, para toda la pastoral social y, en particular, para Cáritas, consiste en hacer visible lo que para muchos permanece invisible; recordar que detrás de cada rostro hay una persona, una familia y una dignidad inviolable e inalienable. Como Cáritas, tenemos que seguir estando al pie del cañón, aportando datos, testimonios y propuestas, y recordando las palabras de Jesús en el evangelio de san Mateo: “Fui forastero y me acogisteis”. La cuestión es cómo encarnamos hoy esa llamada evangélica en nuestra acción cotidiana.
P.- ¿Qué siente cuando escucha últimamente la expresión “prioridad nacional”?
R.- Me produce mucho desasosiego y tristeza. No porque cuidar de los propios sea ilegítimo. La Doctrina Social de la Iglesia reconoce claramente el amor a la propia patria. El problema es que esa expresión suele utilizarse para establecer jerarquías de dignidad. Para Cáritas, la prioridad son siempre las personas que viven en situación de vulnerabilidad o exclusión social. Esa debería ser la verdadera meta de una sociedad civilizada, como recordaba el Papa en su intervención ante las Cortes.
La Iglesia enseña que la dignidad humana es universal y no depende del origen ni de la nacionalidad. Cuando la prioridad nacional se convierte en exclusión, deja de ser patriotismo para convertirse en descarte. El gran reto consiste en recuperar un lenguaje inclusivo, que no enfrente a unas personas con otras y que sitúe siempre a la persona en el centro.
P.- Las previsiones iniciales del proceso extraordinario de regularización de migrantes se han visto ampliamente superadas. Unos hablan de colapso del sistema tras la regularización y otros dicen que simplemente ha quedado al descubierto que había más de un millón de personas sin dignidad reconocida. ¿Cuál es la realidad?
R.- Nos encontramos ante una radiografía social muy clara. Ya había más de un millón de personas viviendo en España sin derechos, sin seguridad jurídica y sin acceso pleno a servicios básicos. La cifra no habla de un colapso, habla de una realidad que ya existía. Lo que ha colapsado no es el sistema, sino la invisibilidad en la que tantas personas vivían. Desde Cáritas entendemos que la regularización extraordinaria supone una oportunidad para ordenar, integrar y proteger. Ese es el enfoque desde el que queremos plantearla. El reto ahora consiste en gestionar todo este proceso con agilidad, transparencia y acompañamiento.
