Aunque parece insólito hay una caso en el que la rutina, el apoyo comunitario y un propósito espiritual logran casi igualar la longevidad masculina con la femenina, contrarrestando la brecha habitual en la población general. Es, podría decirse, un milagro de la vida religiosa.
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El estilo de vida dentro de las órdenes religiosas resulta ser sumamente beneficioso para la salud masculina. Según el ‘Estudio de Monasterios Germano-Austríaco’, dirigido por el demógrafo Marc Luy y recogido por el portal katholisch.de, los hombres que viven en monasterios tienen una esperanza de vida considerablemente mayor que aquellos que viven fuera de ellos.
Un estilo de vida saludable
Los resultados de esta investigación a largo plazo indican que las condiciones de la vida religiosa logran casi neutralizar por completo la habitual diferencia de longevidad entre hombres y mujeres. Como contexto, los datos de ‘Statistik Austria’ señalan que los niños nacidos en 2025 tienen una esperanza de vida 4,45 años menor que las niñas. Sin embargo, los monjes fallecen, en promedio, a edades mucho más avanzadas que el resto de la población masculina.
Luy, investigador del Instituto de Demografía de la Academia Austríaca de Ciencias, explicó a la redacción de los periódicos eclesiásticos austríacos que esta longevidad no se debe a diferencias genéticas, sino fundamentalmente al estilo de vida. No se trata de un único elemento aislado, sino de la interacción de diversas circunstancias vitales.
La comunidad como prolongadora de la vida
El estudio identifica una serie de elementos clave en la vida monástica que actúan de forma conjunta para mejorar la salud física y mental. Estos factores crean un entorno comparable al de las famosas “Zonas Azules” (regiones del mundo con una proporción inusualmente alta de personas centenarias).
Los pilares de esta prolongada esperanza de vida incluyen:
- Vida en comunidad: Funciona como un elemento estabilizador, con efectos protectores similares a los que a menudo se asocian con el matrimonio.
- Rutina estructurada: Un día a día predecible, dividido entre el trabajo, la oración y la meditación, lo que contribuye notablemente a la reducción del estrés.
- Propósito claro: Tener una tarea espiritual y vital definida.
- Hábitos saludables: Horarios de comida fijos, control social positivo y cuidado mutuo, lo que se traduce en menores problemas de adicciones y en una detección más temprana de crisis físicas o psicológicas.
Otro hallazgo destacado del estudio es la desaparición dentro de los monasterios de la brecha de esperanza de vida ligada al nivel educativo, algo muy común en la sociedad general.
En la población civil, un mayor nivel de educación formal suele estar correlacionado con una mayor longevidad. Sin embargo, en el entorno monástico, los religiosos con menor educación formal se benefician enormemente al compartir las mismas condiciones de vida, dieta y atención médica uniforme que sus compañeros.
Finalmente, el estudio subraya una diferencia filosófica clave respecto a las tendencias modernas. A diferencia de la actual moda del ‘Longevity’ (el esfuerzo proactivo por alargar la vida mediante ‘biohacking’ o tratamientos), el objetivo de los monjes no es vivir el mayor tiempo posible. Para ellos, una vida más larga es simplemente un “efecto secundario” natural de su vocación y estilo de vida.

