La felicitación
La tarde del pasado sábado, 31 de enero, el papa León XIV compartió el almuerzo en los Jardines Vaticanos con una considerable delegación de peruanos, el país en el que fue misionero agustino y obispo en la diócesis de Chiclayo. La excusa de este encuentro fue la bendición de un mosaico dedicado a la Virgen María con distintas advocaciones y de una estatua de santa Rosa de Lima.
En su intervención destacó que “este gesto renueva los profundos lazos de fe y amistad que unen al Perú —como saben un país tan querido para mí— con la Santa Sede”. Ante los obispos que han tenido la visita ‘ad limina’, bajo una intensa lluvia, agradeció a los artistas responsables del mosaico y la escultura. Pero no fue la única felicitación. León XIV aprovechó para recordar “a toda la familia salesiana, justo en este día la fiesta de san Juan Bosco, estamos aquí reunidos, y los felicitamos a todos ellos”. “Que la Virgen María y todos los santos intercedan en nuestro camino hacia la Patria celestial”, señaló al final de su intervención antes de bendecir a todos los presentes.
Las bienaventuranzas
Esa misma tarde, las celebraciones de la eucaristía del domingo contaban con unas lecturas sugerentes para acercarse a la figura de san Juan Bosco. Las lecturas nos recogen un camino hacia la felicidad que rompe con la lógica del mundo, un camino que Don Bosco recorrió paso a paso. En la primera lectura, el profeta Sofonías lanza una invitación: “Buscad al Señor, todos los humildes de la tierra”. Y promete que Dios dejará un “resto”, un pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor.
Luego, san Pablo, escribiendo a los Corintios nos dice algo provocador: “Fijaos en vuestra asamblea, no hay muchos sabios, ni muchos poderosos… Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte”. ¿No es esta la historia de Juanito Bosco? Pensemos en ese niño campesino, de aldea, huérfano de padre, pobre, sin recursos, que soñaba con ser sacerdote. A los ojos del mundo, Juanito no era “nadie”. No tenía apellidos nobles, ni dinero. Pero Dios, como dice san Pablo, escogió lo que no cuenta para realizar una obra inmensa.
A esto se suma que Don Bosco entendió como hacer vida el evangelio de las bienaventuranzas. Su gran obsesión era la felicidad de sus muchachos. DE hecho escribió: “Uno solo es mi deseo: veros felices en el tiempo y en la eternidad”. Por eso, podemos decir que Don Bosco tradujo las Bienaventuranzas al lenguaje de los jóvenes:
- Dichosos los limpios de corazón: Don Bosco nos enseñó que la pureza no es una represión, sino una energía que nos permite ver a Dios y amar a los demás con libertad, sin poseerlos.
- Dichosos los que trabajan por la paz: En el Turín de la revolución industrial, lleno de odio y violencia, Don Bosco fue un constructor de paz, sacando a los chicos de la cárcel y dándoles un oficio y dignidad.
- Dichosos los mansos: Aquí está el secreto del Sistema Preventivo. No con golpes, no con gritos, sino con la amorevolezza, con la mansedumbre, con la caridad pastoral.
Para Don Bosco, ser santo no era hacer cosas raras ni sufrir inútilmente. Ser santo era estar siempre alegres haciendo el bien. Y las Bienaventuranzas son el mapa de esa alegría. San Juan Bosco fue ese hombre “pobre en el espíritu” que heredó la tierra; la tierra de los corazones de los jóvenes.

