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Hermano migrante, mi parroquia es tu casa

Migrantes parroquias Madrid

Mahamady tiene 23 años, pero ha (sobre)vivido mucho. Salió hace tres años de Burkina Faso. Dejó su casa solo y, en condiciones pésimas, pasó por Níger, Argelia y Marruecos. Trató de saltar la valla muchas veces. Tras diez meses de espera, lo consiguió. Pero no se encontró un panorama muy diferente…

“Me metieron –cuenta a Vida Nueva– en el CETI de Ceuta. Dormía con otras seis personas, no íbamos a clase, no me dieron información jurídica y solo estábamos allí, tirados y sin hacer nada. Me puse muy enfermo y estuve tres meses sin poder andar. No tenía fuerzas ni para hablar. Me llevaron a un hospital de Algeciras y, desde ahí, a Madrid. No conocía a nadie. Estando en Sol, vi a un hermano negro y le pregunté si sabía de algún centro de inmigrantes. Gracias a él, pedí la Tarjeta Roja [documento acreditativo de la condición de solicitante en tramitación de protección internacional, con validez de seis meses y que cubre algunos derechos mínimos, pero que, por ejemplo, no permite trabajar]. Al obtenerla, la Administración me derivó a esta casa, donde estoy muy contento”.

Cuando habla de “casa”, lo hace con todo el sentido del mundo… Junto a otros nueve jóvenes como él, vive en dos pisos en Malasaña. La respuesta que reciben es la que, gracias a las hijas de la Caridad (que han cedido el piso y participan activamente en el programa) y a los salesianos, les ofrece el Proyecto Pinardi-Nicoli, con cofinanciación del Ministerio de Empleo y Asuntos Sociales y que, a modo de red, impulsan en estos dos pisos de la capital y en las localidades madrileñas de Fuenlabrada y Parla; en Sevilla cuentan con otra vivienda, gestionada por la Fundación Proyecto Don Bosco. En total, en 2018 atendieron a 40 personas en las cinco viviendas.

Los chicos están acompañados por tres de las componentes del equipo motor de Pinardi-Nicoli: la hija de la Caridad Francisca García y las laicas Noelia Hidalgo y Ana San Celedonio. Están en este programa junto a cinco educadores, tres profesores de español, dos voluntarios, un psicólogo, un abogado y un administrativo. Ellas son el alma de algo que supera la idea de “proyecto”. “Esta es una casa –reconoce Hidalgo, a la que muchos llaman “mamá”– y nosotras somos parte de la misma, estando las 24 horas del día a su disposición. Les animamos a estudiar [van a clases de español y cursan FP], vamos en grupo a hacer turismo o les acompañamos a realizar cualquier gestión o al médico. Aquí comemos juntos, charlamos de todo, estamos pendientes de la actualidad de sus países para saber cuándo una situación les puede alegrar o preocupar, miramos con mucha atención los estados de su WhatsApp para detectar posibles estados de ánimo bajos… Se trata de ser una familia y vivirlo como una vocación”.

Salesianos al rescate

Otro ejemplo de este abrazo gracias al Proyecto Pinardi-Nicoli se da en la parroquia María Auxiliadora, en Fuenlabrada, que sostiene un piso en el que viven cuatro jóvenes refugiadas que no tenían ninguna red de apoyo. Su párroco, Jota Llorente, relata cómo, “hace un año, surgió la posibilidad de ayudar a estas cuatro jóvenes, de entre 18 y 21 años y originarias de Senegal, Guinea Conakry, Marruecos y Honduras. La novedad aquí es que nos dirigimos a la comunidad cristiana local por si querían implicarse, consiguiendo y gestionando un hogar para las chicas”.

“Fue así –continúa el salesiano– como la gente del barrio se volcó. Encontramos un piso justo en frente del templo y lo alquilamos, siendo un proyecto cofinanciado entre la Fundación Pinardi, la Fundación Don Bosco y la Administración. El resto se hizo poco a poco, contribuyendo unos a completar el menaje; otros, los muebles; otros, la cocina… Cualquiera se presta para ayudar en lo que sea. Por ejemplo, un día se les estropeó la calefacción. Las chicas me llamaron. Al no estar allí esa mañana, bastaron un par de llamadas telefónicas y, en menos de una hora, varios vecinos lo arreglaron”.

Una respuesta coordinada e integral en Granada

En la búsqueda de otras respuestas con esencia creyente, llegamos al 16 de diciembre de 2017, en Granada, cuando alguien alertó al comboniano Rafael Pérez de que había muchos inmigrantes refugiados del frío en la estación de autobuses. Corrió hasta el lugar y la realidad le aturdió: 56 subsaharianos estaban allí… porque no tenían otro sitio al que acudir. “Tras llegar en patera –cuenta a Vida Nueva–, la policía los llevó allí desde centros de Motril y Almería con la promesa de que una ONG iría a recogerles. Era mentira. No apareció nadie en tres días”.

“Uno de ellos –prosigue– me reconoció que, por la noche, cuando cerraban la estación, dormían en la calle, apretados entre sí en un rincón”. Llamó a varias entidades, pero, al ser sábado, todas estaban cerradas. Solo quedaba una opción: “Llevarme a los que pude a mi comunidad, donde vivo con otros tres hermanos. Hicimos dos viajes en furgoneta y pudimos acoger a 19 de ellos”. Tras siete meses de debates y propuestas, al fin cristalizó, en buena parte gracias al impulso de Manuel Velázquez, delegado de Migraciones de la Archidiócesis de Granada, una red ciudadana para migrantes en situación de emergencia.

“Se trata –explica Velázquez– del Protocolo PECOL, en el que estamos coordinados miembros de entidades religiosas, civiles y la Administración autonómica y local cuando hay situaciones de emergencia y llega un grupo de 10 inmigrantes o más. Lo que pasó ese 16 de diciembre, en la primera llegada colectiva a nuestra ciudad, nos dio una lección de lo que no puede volver a ocurrir nunca más. Ahora, ponemos en marcha una respuesta de 72 horas coordinada e integral: a través de diferentes nodos, cada uno de ellos en manos de una entidad y sus voluntarios, aseguramos servicios claves como la atención sanitaria, la asesoría jurídica, la dotación de ropa y alimentación, la traducción, la acogida… Un proceso en el que, a diferencia de lo que ocurrió ese día, el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía están al tanto de todo y contribuyen a dar respuestas”.

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